La prensa como enemigo

La furia de varios gobiernos sudamericanos –progresistas para más datos–  contra los medios de comunicación, que supuestamente desinforman, tergiversan y manipulan la realidad ya forma parte del paisaje nuestro de cada día. Algunos pocos llegan a clausurarlos; algunos más los demandan ante la justicia, pero la gran mayoría se queja del trato que reciben de la prensa, a la que acusan de ignorar sus logros y magnificar sus fracasos.

Rafael Correa y Hugo Chávez están a la vanguardia de la satanización de los grandes medios, cuyos inconfesables propósitos denuncian sin pausa. En Argentina el asunto ha llegado al paroxismo. De creer al gobierno de CFK, Clarín y La Nación mienten hasta en los resultados de los partidos de fútbol. Y por propiedad transitiva, es imposible que digan la verdad cuando hablan, por ejemplo, del enriquecimiento del matrimonio presidencial.

Pero quedémonos en nuestra provincia. Aquí la furia contra los medios es de baja intensidad, como casi todo lo nuestro, pero no por ello menos insistente. Tanto Tabaré Vázquez como José Mujica acusaron y acusan a los grandes medios de comunicación de ocultar las bondades de sus respectivos gobiernos con el propósito de erosionar el apoyo popular a la izquierda.

La indignación de la izquierda con los medios de comunicación es casi atávica y parte de ciertos presupuestos implícitos y explícitos. Entre los primeros hay que señalar la idea de que los ciudadanos estarían congénitamente incapacitados para percibir las buenas obras de una administración de gobierno. En breve, serían idiotas. Desde que la izquierda accedió al gobierno municipal de Montevideo hace más de veinte años se escucha la teoría pueril de que uno de los problemas que padece la gestión municipal (y ahora la nacional) del Frente Amplio consiste en la dificultad de comunicar sus logros y éxitos. Ahora toda la política parece resumirse en un asunto de comunicación. Hay que saber comunicar, lo que en español básico equivaldría a decir que los vecinos de un barrio que disfrutan de mejores servicios municipales o los trabajadores que reciben salarios más elevados no serían capaces de percibir por sí mismos semejantes mejoras. Habría que informarles, además, de que sus vidas están cambiando para bien.

A este desprecio (algo elitista hay que decir) por la capacidad intelectiva de los ciudadanos hay que sumar, según esta versión, la labor de zapa de los grandes medios, interesados en llevar agua al molino de la oposición y en difundir una visión de las cosas funcional al mantenimiento de los privilegios de determinados grupos. El presupuesto explícito del que se parte es el de la omnipotencia de los medios: los medios de comunicación serían capaces de persuadir a la audiencia de casi cualquier cosa. ¡Menos a los defensores de la teoría, faltaría más!…, que serían inmunes a su venenoso influjo. Se trata de una teoría que gozó de gran prestigio en los años 60 y 70, pero ya no es capaz de explicar nada y además basta el más vulgar empirismo para desacreditarla: si los medios son tan poderosos, ¿cómo es posible que el Frente Amplio haya ganado las últimas dos elecciones? No hay que descartar que algunos medios logren imponer una agenda pública, por así decirlo; pero establecer en qué pensar no equivale a persuadir a alguien de lo que debe pensar sobre un determinado asunto. La teoría de la omnipotencia de los grandes medios es insostenible en una era en la que se han alterado completamente las relaciones entre emisores y receptores de mensajes, cuando los primeros son casi tan abundantes como los segundos y las voces que se expresan en el espacio público son de una pluralidad inédita. Hablar de monopolio en ese contexto resulta incomprensible. Sin ir más lejos, en este país el monopolio de los grandes grupos económicos nacionales está acotado a la televisión abierta y con la inminente llegada de la televisión de alta definición no le quedará siquiera esa parcela. En la prensa escrita, en la radio, en internet, en la televisión por cable, hace rato que se ha instalado el pluralismo.

Digámoslo de una vez para evitar equívocos: el diario El País, los canales privados de televisión y otros grandes medios defendieron impúdicamente a la dictadura, son propiedad de grupos económicos privilegiados o portavoces de partidos políticos y suelen suministrar información sesgada y generalmente interesada. ¿Y ahora qué? Estamos igual que al principio. Rasgarse las vestiduras por ello es perfectamente inútil, porque el problema no reside en que determinados medios mientan o tergiversen  la realidad. Está antes y consiste en creer (o hacer creer) que hay un relato periodístico verdadero, auténtico, del que esos medios se habrían apartado.

Los presidentes de izquierda acusan a los medios de manipular, ocultar, recortar interesadamente la realidad. Los medios acusados se defienden alegando que ellos no manipulan nada, que apenas se limitan a “dar cuenta” de los hechos y que cuando opinan lo dejan claramente establecido para que nadie se llame a engaño.

De modo que tanto la izquierda indignada como los medios criticados están de acuerdo en al menos una cosa: la llamada realidad es un ente objetivo, que está ahí, mansa y disponible, al margen del punto de vista del observador, esperando a que alguien dé cuenta de ella y anuncie al mundo las buenas (o malas) nuevas. Si se procede con honestidad, nos vienen a decir aunque no lo digan con estas palabras, el resultado del quehacer de la prensa sólo puede ser un producto llamado noticia, que no debería dejar lugar a dudas ni mover a controversia… los periodistas serían simples mediadores entre una realidad objetiva y el receptor de un relato, la noticia. Si todos hicieran lo que se debe, en esa mediación no debería ocurrir nada raro, como se desprende de la metáfora del espejo: la prensa sería (o debería ser) un espejo que se limita a reflejar la realidad. Según esta extendida visión de las cosas, el asunto se complica si (y sólo si) los informadores deshonestos intentan colar de contrabando en el relato periodístico sus inconfesables propósitos, sus prejuicios o cualquier otro punto de vista.

No comparto esa pretensión de que sólo la deshonestidad o la falta de escrúpulos (que ciertamente no se echan de menos en la prensa) son las responsables de que el resultado de la actividad periodística (incluida, por supuesto, la del llamado periodismo de información) no siempre sea un producto sobre el que existe un consenso generalizado, como debería ocurrir, según los apóstoles de la objetividad, si todos los periodistas hicieran lo que se debe.

No pretendo descubrir nada nuevo si afirmo que eso que llamamos realidad es una construcción del intelecto humano que, para entendernos, propongo diferenciar claramente de lo real (el conjunto de hechos y acontecimientos despojados de cualquier interpretación que ocurren al margen de nuestra voluntad y conciencia). Si lo real y la realidad nunca coinciden no se debe sólo, ni principalmente, a razones espurias, o a que los periodistas estén al servicio de determinadas estrategias políticas. La primera operación de construcción de la realidad es la selección de aquella parte de lo real que la prensa considera que merece ser convertida en noticia. Como no es posible dar cuenta del todo, hay que seleccionar… y omitir (nunca se insistirá lo suficiente en que la manipulación de lo real no reside tanto en lo que la prensa dice explícitamente como en lo que no dice). La manipulación –porque construir la realidad supone manipular lo real en el buen sentido de la palabra– está antes, mucho antes, de que los hechos se pasen por el tamiz de los propios puntos de vista; reside en la mirada inicial que le dedicamos a lo real, una mirada que no es un mero movimiento de pupila, sino que está cargada de moral, de criterios valorativos, de cultura en general. Si selecciono para convertir en noticia determinados hechos y no otros estoy construyendo una realidad y si selecciono otros, el resultado será una realidad diferente. No hay un criterio único, universal, para decidir qué es lo importante a la hora de convertir un hecho o acontecimiento en noticia. Que la novedad sea el principal criterio que emplean los medios para decidir qué merece formar parte de la realidad y qué merece ser excluido de ella debería bastar para demostrar que la prensa, como no podría ser de otro manera, no da cuenta de lo que acontece, sino apenas de una parte… ya que en eso que consideramos lo real hay tanta (o más) rutina y repetición que novedades.

Otro requisito de esta construcción de la noticia deriva de una exigencia ineludible que sólo una mente limitada puede atribuir únicamente a cálculos políticos: la necesidad de interpretar, que, como se sabe, también es un asunto que sólo está al alcance del intelecto humano. Los hechos desnudos no nos hablan de las relaciones causales que existen entre ellos (a pesar de lo que sostiene el lugar común, si hay algo que no hacen los hechos es “hablar por sí mismos”). Sin establecer relaciones entre los sucesos y acontecimientos, es decir sin interpretar, lo real se nos haría ininteligible, sin interpretar apenas podríamos dar cuenta de una suma de acontecimientos inconexos, que se nos presentarían a nuestros sentidos como un caos. Para empezar, esa operación sería imposible sin el lenguaje. Incluso si fuera posible poner uno al lado del otro todos, absolutamente todos, los acontecimientos que ocurren en el mundo en un determinado lapso, tampoco obtendríamos una idea de lo real si no abstraemos e interpretamos. La única forma de citar un hecho sin convertirlo en discurso (por tanto, en interpretación) consistiría en señalarlo con el dedo.  Esta exigencia ineludible de interpretación podría ser ignorada si la apariencia y la esencia de las cosas coincidieran, si fueran idénticas como dos gotas de agua entre sí. Pero sabemos que eso no ocurre nunca, particularmente en sociedades complejas como las actuales, en las que los hechos nunca son transparentes ni exponen de buenas a primeras su verdad a la mirada del observador.

La noticia es nada más y nada menos que el resultado de esas operaciones de selección e interpretación de lo real. De ellas derivan su irrevocable ambivalencia y su carácter esencialmente discutible… no de la perfidia de los “malos” de la película (aunque eventualmente los haya). Sin embargo, algunos, como el presentador que dice “les traemos las noticias”, pretenden que éstas andan por ahí caminando a su aire hasta que un sagaz periodista las agarra del pescuezo y las lleva a los estudios del canal o a la redacción del periódico. Por el mismo motivo ese presentador no debería decir “Así está el mundo, amigos”, afirmación que disimula todo lo que estuvo en juego a la hora de producir la “realidad” y evoca una objetividad de la que carece.

Salvo que fuera posible dar cuenta del todo, lo que equivaldría a convertir a los periodistas en una suerte de cartógrafos capaces de elaborar  un mapa del mundo a escala real, se convendrá que abstraer, manipular, omitir y destacar, interpretar, antes que perversas y condenables son tareas ineludibles en el quehacer periodístico. Las hacen (las hacemos) todos, todos los días. Incluidos, conviene subrayarlo, quienes dan “buenas noticias” sobre los gobiernos progresistas y no son objeto de sus iras.

Obviamente no incluyo el mentir entre los requisitos del quehacer periodístico. Pero tampoco en este terreno las cosas ocurren como alegan los teóricos de la conspiración y la omnipotencia de la prensa. En rigor todo parece indicar que la dirección de las influencias en la relación medios-audiencia no es la que sugieren los indignados con la prensa. El propósito de un gran medio es antes que cualquier otro ganar audiencia. Su éxito es directamente proporcional al número de sus lectores, oyentes, o lo que sea. De modo que es más frecuente que los medios tiendan a confirmar las ideas, los prejuicios y los gustos de su audiencia, que a inducir cambios en sus formas de pensar. Es más, tiendo a pensar que las personas eligen hoy los medios que leen o escuchan por afinidad política e ideológica, esto es para que les aseguren en sus creencias. Vistas así las cosas, la mentira sería, como suele decirse, de patas cortas y de rédito incierto. Descubrir la mentira en un contexto de proliferación de medios alternativos de comunicación es cada vez más fácil. Por otro lado, un diario que miente sistemáticamente es un diario que dilapida el mayor activo que puede tener cualquier medio, su credibilidad. Un medio que miente es inocuo.

Convertir a la prensa en el enemigo es tan viejo como la existencia de la prensa misma: a los gobiernos siempre les disgustó que los medios divulgaran versiones de los hechos que no coincidían con la suya. En ese sentido, Chávez, Correa, Cristina, Mujica no inventaron nada. La mala noticia, una más, para los gobiernos es que lo tienen cada vez peor. Pretender detener la libre circulación de información en los tiempos que corren no es fácil ni siquiera para las dictaduras.

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5 Responses to La prensa como enemigo

  1. Marcos dice:

    Estimado Jorge: un comentario al pasar, Chávez, Fernández y Mujica están casi siempre entre las personas a las cuales la televisión dedica más tiempo (medido en cantidad de segundos). No me cabe ninguna duda de que el desprestigio de estos presidentes (si ocurre o está ocurriendo) es consecuencia (entre otras cosas) de sus propias palabras. Me encanta que hayas denunciado el “dogmatismo de la comunicación”: si las personas no gustan de tí es porque no sabes comunicarte. La única persona que recuerdo que alguna vez lo denunció públicamente es César Aguiar. Es una especie de falsa teoría que tiene consecuencias nefastas: los partidos se preocupan por comunicar tanto o más que por pensar e implementar políticas que generen consecuencias positivas para la convivencia. Me gustaría utilizar tu blog para denunciar otro dogma nefasto: el que afirma que existen tantas realidades como mentes que perciben la realidad. Hay una enorme diferencia en afirmar que reconstruimos en nuestra mente la realidad de acuerdo a nuestro punto de vista, cultura, etc., y afirmar que efectivamente “construimos” la realidad con nuestros relatos. la realidad existe y es independiente de nuestra mente y podemos acercarnos a la verdad sobre algo aunque no definitivamente ni de una vez (y la discusión, la buena discusión donde se respeten reglas de argumentación es la principal herramienta intelectual que tenemos para avanzar en el conocimiento del mundo). Daría para más porque es un tema de primer orden en la discusión intelectual actual, si se quiere la polémica entre realismo (filosófico) y constructivismo. La sigo en otro momento. Un fuerte abrazo!

  2. Totalmente de acuerdo. No es lo mismo decir que reconstruimos lo real de acuerdo con nuestros puntos de vista que afirmar que lo real no existe, que sólo existen “relatos” sobre lo real. Sí, da para mucho más, en particular sobre el estatuto de la verdad. Precisamente sobre esto estoy leyendo bastante. Aún naufrago en dudas, incertidumbres e ignorancias, pero en principio aquello de “cada uno tiene su verdad” o que “la verdad no existe” no me convence en lo más mínimo. La afirmación “la verdad no existe” ya es muy vulnerable, es contradictoria consigo misma porque es una aserción con pretensión de ser verdadera. Afirmar algo ya tiene una pretensión de verdad.

    • Eduardo dice:

      Estas acotaciones últimas de Marcos y de Jorge resultan importantísimas para la buena salud de la auténtica comprensión. La verdad existe y es externa a nosotros. Y, en cierta medida, puede ser menos o más, peor o mejor conocida. Conseguimos aproximarnos mejor a ese conocimiento si alcanzamos a complementar nuestros respectivos puntos de vista con los de los otros. Eligiendo bien a estos otros, dialogando con ellos, cooperativamente, puede obtenerse una mejor, en el sentido de menos insegura y más apropiada, versión de la realidad. La ‘adequatio intellectus ad rem’, magister dixit.

  3. Marcos dice:

    Jorge: te recomiendo “La construcción social de qué?” de Ian Hacking y “La construcción de la realidad social” de John Searle. Un abrazo!

  4. san juan dice:

    Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Le dice Pilato: “¿Qué es la verdad?” Y dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún delito en él”.

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