Libertad e igualdad/1

Los ideales de libertad e igualdad tienen una larga historia en nuestra cultura política. Al menos desde la Ilustración y hasta no hace tanto se los consideraba indiscutibles, fines en sí mismos y no medios para vaya uno a saber qué. Sin embargo, en nuestros días ya no concitan tanta unanimidad. No pocos las consideran incompatibles y sostienen que la consecución de una exige la resignación de la otra. Obligados a elegir, nuestros liberales contemporáneos se inclinan por la libertad, mientras que los socialistas (o para ser más precisos, la versión autoritaria triunfante del socialismo) prefieren la igualdad, o lo que ellos asumen por tal. Me propongo hacer una incursión tentativa en el tema (ínfima en relación con lo que se ha escrito y dicho al respecto), de la que no estarán ausentes las cautelas, las dudas ni, tal vez, cierto caos argumental.

Tampoco descarto que sea necesario aclarar que la libertad tiene muchas, tal vez infinitas, dimensiones, pero estas líneas se ocuparán únicamente de su dimensión política, social y económica, no de aquella que se vincula, por ejemplo, con el coraje y el atrevimiento que también se necesitan para ser libres ni con su opuesto, la servidumbre voluntaria, que no se explican únicamente por determinaciones sociales.

Es común que entre nosotros se entienda la libertad como no intromisión de los demás en nuestras vidas (y se vea al Estado como representación de los demás), es decir que nos consideramos tanto más libres cuanto menos interfieren los demás en nuestras elecciones y decisiones. Los liberales ponen énfasis en esta dimensión negativa de la libertad, en aquello que no se nos puede prohibir. Los demás serían así un problema para nuestra libertad y el paradigma de hombre libre tendría algo de Robinson Crusoe en su isla. Pero si se concibe la libertad de forma más exigente –como hacen ciertas tradiciones republicanas y socialistas–, y se la piensa como capacidad efectiva (como poder) de elegir el propio itinerario existencial, ya no basta con que nadie interfiera en mis asuntos privados. Necesito otras condiciones. Otras condiciones que precisamente sólo pueden asegurarme los demás.

La aspiración a tener una casa en la costa (imagen de la libertad si las hay) sirve para ilustrar la idea de libertad concebida de una y otra manera. Por razones ambientales fácilmente comprensibles, el número de casas de veraneo en la playa es finito, no todos podemos tener una. Ese acceso también está limitado por razones económicas, puesto que los bienes escasos suelen ser caros. Desde el punto de vista liberal, la libertad estaría asegurada si a nadie se le prohíbe tener una, si esa aspiración no sufre ninguna interferencia legal o política. Sin embargo, como ha sido dicho, no todos los ciudadanos de este país (y de casi ningún otro) pueden tener su propia casa en la playa. Por tanto, no todos podemos ser libres a la vez. Cuando se trata de una sociedad con recursos finitos, cuando no hay para satisfacer todos los deseos de cada cual, la libertad es un juego de suma cero. Si uno tiene más, otro tendrá menos. El número de posibles casas en la costa es finito; cada vez que uno se hace con una, reduce la libertad de los demás para acceder a otra. Por tanto, por más estricta y rigurosa igualdad de oportunidades que exista en una sociedad dada, cuando no hay de todo para todos (y no parece que alguna vez lo vaya a haber), la no interferencia no basta para asegurar la libertad de todos; la única forma de asegurar esa libertad de acceder al disfrute de la playa es entre todos, es decir discutiendo y eventualmente poniéndonos de acuerdo en cómo lidiar con la escasez. Por decirlo a lo bestia: entre todos deberíamos ver qué solución encontramos para que cada uno pueda veranear en la playa, la que obviamente no puede consistir en que cada uno tenga su propia casa. No quiero extenderme en este aspecto de la discusión, pero en condiciones de escasez o de limitaciones de carácter ecológico, obviamente una política justa necesariamente estará obligada a valorar qué aspiraciones (no de quiénes) pueden ser satisfechas y, por tanto, estará obligada a sopesarlas y a considerar cuales son más justas de contemplarse, un asunto del que debería ocuparse la política como quehacer colectivo. Desde una perspectiva de izquierda, las aspiraciones más problemáticas de asumir son, por tanto, aquellas que, con el grado de desarrollo dado y con las constricciones ambientales del caso, no pueden universalizarse. Si el ejemplo precedente no resulta convincente, tomemos el de la aspiración a vivir como el norteamericano medio: universalizar el estilo de vida y consumo de los estadounidenses es sencillamente imposible porque, como se ha dicho a menudo, se necesitarían los recursos naturales de cinco planetas. La condición para que algunos gocen de la libertad de elegir ese estilo de vida consiste, pues, en vedársela a otros muchos, una circunstancia que no puede resultar deseable en una sociedad preocupada por la justicia. Sin interferencias políticas el goce de la libertad de la que hablamos quedará restringido únicamente a quienes disponen de recursos económicos suficientes.

Ya no es tan sencillo, pues, sostener que la libertad empieza allí donde los demás se abstienen de prohibirme algo o ponerme límites a mis aspiraciones. Da la impresión de que el liberal sólo ve a los demás como un problema para su libertad y no como una garantía de ella, como un límite a su libertad y no como la posibilidad de aumentarla, imagina que se es libre frente a los demás y nunca con los demás. Pero si no pienso sólo en mi libertad, sino en la de todos –incluidos naturalmente los que librados a su propia suerte jamás podrían disfrutar de esa libertad–, la única forma de asegurarla es socialmente, políticamente, y ya no resulta tan evidente que los demás no tengan nada que decir acerca de mis elecciones, en particular cuando ellas limitan la libertad de los demás.

Que sea legítimo que los demás opinen sobre, e interfieran en, mis aspiraciones no supone que ello ocurra a lo Pol Pot, como sugieren con evidentes propósitos denigratorios quienes creen que únicamente una autocracia puede poner esos límites. ¿No pueden ser acaso el resultado de una democracia participativa y deliberativa? ¿No pueden acaso ciudadanos comprometidos con ideales cívicos respetar autolimitaciones decididas entre todos y fundadas en criterios de justicia? Las leyes que obedezco voluntariamente no son un recorte a mi libertad, sino más bien condición de ella (no ignoro que, dadas las actuales disposiciones del individuo contemporáneo, aquí reside el aspecto más incierto de este planteamiento).

Supongo que a todo esto se refería Marx cuando afirmó que en una sociedad justa la libertad de cada uno debe ser condición de la libertad de todos (“el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”, escribió en el Manifiesto Comunista). Lo interesante de este pasaje es que impugna tanto la concepción liberal de la libertad como no interferencia, como no prohibición, que como se ha visto no asegura la libertad de todos, pero también la idea de “libertad colectiva” con que el socialismo real pretendió autojustificarse y que viene a decir que una sociedad puede ser libre sin que cada uno de sus miembros lo sea. Se puede dar vuelta la frase de Marx para dificultar aun más su lectura en clave soviética: la condición de la libertad de todos es la libertad de cada uno. Definitivamente, creo que Marx era un defensor de la libertad del individuo. No sólo el socialismo real ha sacrificado la libertad de los individuos de carne y hueso en el altar de la abstracta libertad colectiva. También el utilitarismo –para el cual la justicia consiste en el mayor bienestar para el mayor número posible de personas–, contempla esa misma posibilidad.

Los problemas de la libertad concebida como no interferencia no atañen únicamente al acceso a bienes más o menos privilegiados, acotado por razones ambientales. Conciernen también a otros de consumo más extendido, pero también (o sobre todo) a las posibilidades de que cada uno elija los caminos de su autorrealización con independencia de poderes arbitrarios o de los azares de la cuna en la que se nació. Para la gran mayoría, la libertad de elegir la propia vida (nunca absoluta, como todas las libertades), no sólo no excluye la interferencia de los demás, a través de una política democrática, sino que la exige.

Por ejemplo, no basta con que no se me prohíba viajar al extranjero o estudiar música. La no interferencia en esas aspiraciones no significa que las pueda realizar. Por ejemplo en el caso de tener que trabajar diez horas diarias por un salario miserable. Cuando se trata de aspiraciones razonables para un determinado grado de desarrollo, esto es que la sociedad las puede universalizar con los recursos de que dispone y sin destruir su entorno o comprometer el bienestar de algunos o de las generaciones futuras, entonces deberíamos intentar garantizarlas entre todos.

El concepto de libertad desde este ángulo está unido al de poder. No es mera ausencia de coacción, sino capacidad real de conseguir algo, de obtener un resultado.

De nuevo aquí, se puede apreciar la diferencia de perspectiva. Para la perspectiva liberal, los impuestos, por ejemplo, son una interferencia en la libertad de las personas (que unas veces se acepta con mucho y otras con poco disgusto, pero siempre se la ve como una interferencia en lo mío).

En una sociedad que dice estar preocupada por la libertad de todos (es decir una que no se conforma con la desigual distribución actual de la libertad) debería ser perfectamente normal aceptar la interferencia política que supone alterar la distribución “natural” de la riqueza. El derecho y la política son de hecho interferencias en el orden social.

Un apunte más sobre el tema de la libertad negativa: no la considero sinónimo de libertad formal como se decía antaño. Que en el ámbito político no se me prohíba manifestarme, organizarme, decir lo que pienso, que no se me persiga por expresarme, no son ciertamente meras formalidades. Que para garantizar la autonomía de cada uno no baste con reducir al mínimo las prohibiciones, no significa que la ausencia de ese tipo de prohibiciones sea una formalidad intrascendente. Si no, pregúntenle a las mujeres afganas, que no siempre tienen derecho a estudiar, a elegir con quién casarse o a vestirse como les venga en gana.

Segunda parte: https://jorgebarreiro.wordpress.com/2012/10/08/libertad-e-igualdad2/

Anuncios

5 respuestas a Libertad e igualdad/1

  1. Sergio Villaverde dice:

    Alrededor de Igualdad y Libertad se han construido “ficciones necesarias” , como bien señala Marina en “La pasión del poder”. Estas ficciones se hicieron claramente necesarias a partir de la Revolución Francesa, pero no se ha construido ninguna para la tercera pata: la Fraternidad. El tema es que sin Fraternidad tanto la Libertad como la Igualdad son imposibles

  2. Pablo Azzarini dice:

    No encuentro el caos en tus disquisiciones, y es bienvenida tu propuesta de pensar en esto.
    Pienso en la discriminación positiva, en la gente con problemas motrices… en cómo asegurar y cómo repartir.
    Considerando los bienes de uso, en unas décadas vamos a tener que administrar mejor si no queremos un mundo de countries fortificados por un lado y hordas ululantes por el otro.
    Y administrar en este caso es articular deseos y posibilidades.
    Y que haya patria para todos, por favor, aunque sea poquita y por turnos.
    Paz.

  3. Es interesante cómo se desarrolló el concepto de igualdad en las comunidades de software libre y de forma más general, en lo que se llama “cultura libre”. En estos casos se trata claramente de un ejemplo de libertad como capacidad para hacer: para usar, para copiar, para modificar, para cambiar, un software o cualquier obra o proceso intelectual que se comparte.

    Lo interesante es que estos ejemplos muestran cómo, cuando no hay escasez sino abundancia (porque se trata de bienes intangibles, básicamente conocimiento) la libertad no es solamente posible, sino que es casi un imperativo. De hecho, muchas veces se establece en estas comunidades la obligación de “compartir igual”, es decir, que lo que nace y se concibe libre, no sea cercado, siga siendo libre.

    Es curioso como una obligación de “compartir igual”, que en defintivia es una interferencia del colectivo sobre la posible voluntad que pueda tener alguien de no compartir, está protegiendo en este caso la libertad de todos.

  4. Liberté, Egalité, Fraternité … et Savoir-faire: c’est le pied de la chaise oublié, mis à l’écart avant et après 1789 … et toujours ce qui nous manque… Il y a des bonnes intentions mais cela ne suffit pas, on sait bien!

  5. Ya lo creo que el ideal de fraternidad también es importante. No parece que fuera por casualidad que alguna vez se la reclamó junto a la libertad y la igualdad. Es inseparable de los otros y, además, de gran actualidad, porque la fraternidad presupone que todos los demás tienen dignidad –no valor, porque no son una cosa—, una dignidad que les viene de su condición humana. Por eso mismo no me puedo servir de ellos como instrumento para mis propios fines. Sí, ya sé que más de uno estará pensado que son palabras bonitas pero algo abstractas. Sin embargo, tienen mucho que ver con nuestros problemas actuales, aquí y en casi todo el mundo, porque la fraternidad, justamente, no exige simetría entre lo que se da y se recibe, como pregona el principio mercantil; también se puede otorgar algo simplemente porque el otro lo necesita. ¿Por qué no? Porque es un semejante dotado de dignidad y para darle algo, no tenemos por qué preguntar siempre “¿y nosotros con esto qué ganamos?”.

    Nadie puede negar la actualidad (¿o caducidad?) de este ideal, cuando cada día asistimos a alguna manifestación de ira, malhumor o desprecio por los planes de emergencia o de ayuda a los pobres. En el taxi, en la cola del supermercado, la queja es siempre la misma: son unos vagos, se les regala un subsidio para que no hagan nada, yo me rompo el lomo y no me dan nada (sólo falta que alguno diga que ya le gustaría a él ser pobre). Entendámonos, no estoy abriendo juicio sobre las bondades (o defectos) de los planes puestos en práctica por el actual gobierno, sino defendiendo la idea de que para dar algo, no necesariamente hay que exigir algo a cambio. Eso es la fraternidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: