Libertad e igualdad/2

Para buena parte de nuestra tradición política la igualdad no es algo que necesite una justificación. Es una tradición que no se pregunta ¿igualdad para qué? La igualdad, lo mismo que la libertad, son fines en sí mismas. Los hombres tenemos los mismos derechos, se dice, porque nacemos iguales en dignidad. A tal punto es así que quienes están obligados a explicar sus pretensiones son los que justifican alguna forma de desigualdad, como es el caso de los que sostienen, por ejemplo, que cierta desigualdad es necesaria para estimular la iniciativa de los miembros de una sociedad, en particular de los más talentosos. La pregunta que sí admite esa tradición es igualdad de qué o, si prefieren, qué igualdad.

La defensa de la igualdad se ha complicado bastante porque los regímenes que la han invocado en el pasado reciente han desembocado en un fracaso estrepitoso y erigido sociedades en las que la desigualdad terminó campando por sus fueros. Sin embargo, se me ocurre que la libertad, la igualdad o la fraternidad, los ideales en general, no fracasan. Fracasan los intentos de realizarlos, los procesos y formas institucionales que se dieron los hombres para alcanzarlos. Se puede discutir que esos ideales sean realizables, incluso que sean deseables, pero no de que hayan fracasado en sentido estricto.

Aprovechando los problemas a los que se ve enfrentado el ideal de igualdad, sus detractores nos presentan una caricatura del mismo, que consistiría en que todos recibiremos exactamente el mismo ingreso, trabajaremos la misma cantidad de horas, vestiremos las mismas prendas, pensaremos más o menos lo mismo y pediremos idéntico postre a la hora del almuerzo. Pero la igualdad de la que habla nuestra tradición de pensamiento no se resuelve con una regla de cálculo, no es igualdad en el sentido de lo mismo, de lo idéntico, sino igualdad en el sentido de lo justo. Y no siempre lo idéntico es lo más justo. ¿Hace falta explicar que dar lo mismo a personas con necesidades diferentes no equivale a hacer justicia?

La igualdad de derechos, al menos en las democracias occidentales, está, con algunas excepciones, reconocida. La que se echa en falta es la igualdad de posibilidades de elegir la propia vida, es decir una igualdad de facto. En otras palabras, igualdad para elegir, valga la paradoja, una vida singular, única e irrepetible, imaginada por cada uno. Y para ello, ya se ha dicho, no bastan los derechos. No es que no sean necesarios, sino que son insuficientes.

El ideal de igualdad quiere decir que no puede justificarse ninguna desigualdad o privilegio económicos sin que medie una responsabilidad del individuo que la padece. Por ejemplo, una persona que alega que, pudiendo hacerlo, no quiere trabajar o que quiere hacerlo en menor medida que el resto. Pero en una sociedad justa nadie debería verse privado de los recursos necesarios para elegir su propia vida por circunstancias que no dependen de ellos. Un minusválido, una persona que proviene de un hogar sin educación no son responsables de su condición. No la eligieron libremente. Tampoco se eligen el sexo o la raza, por lo que tampoco debería aceptarse una menor participación en la riqueza social por ser mujer o negro.

Cuando no hace tanto uno de mis hijos me preguntó si no era injusto que el Estado le quitara lo suyo a alguien que tuvo la “suerte” de ser rico, le respondí que no veía mal que la sociedad premiara el esfuerzo o los méritos de las personas, pero que no veía por qué debería hacer lo mismo con la “suerte”, que nada tiene que ver con méritos ni con esfuerzos. La suerte es lo que a cada uno le toca, no somos responsables de ella. Si algo debería hacer una sociedad justa es precisamente compensar las desventajas de los que tuvieron “mala suerte”, es decir de los que vienen con desventajas desde la cuna.  En otras palabras: el ideal republicano del que el socialismo es heredero sostiene que la única desigualdad aceptable es la que resulta de las responsabilidades de los individuos, y no parece que el talento o la cuna en la que se nació estén entre ellas.

La igualdad que verdaderamente importa no es, por tanto, la de ser igualmente libres de interferencias (que iguala a personas diferentes), ni la igualdad de oportunidades, que da por buenas aspiraciones imposibles de universalizar, y a las que muchos no podrán acceder, ni la igualdad distributiva (una mujer embarazada necesita más que una que no lo está) ni la igualdad de resultados, aquella preocupada porque al final de sus respectivos consumos todas las personas obtengan el mismo grado de satisfacción y bienestar –independientemente de con qué bienes se considere cada uno satisfecho– porque esa idea de igualdad no distingue entre demandas caprichosas o irresponsables de las que no lo son, y considerará tan valioso satisfacer la aspiración a contar con un jet privado como la de contar con una bicicleta para trasladarse. La que importa es la igualdad de capacidades.

Quien más ha reflexionado sobre la importancia de la igualdad de capacidades, de posibilidades efectivas de elegir la propia vida, ha sido el premio Nobel de Economía Amartya Sen. Para él, la igualdad de bienes no es la más importante, porque sujetos que disponen de los mismos medios no necesariamente alcanzarán las mismas realizaciones si las circunstancias de sus vidas son diferentes. Esas diferencias pueden ser de cualidades físicas, de condiciones ambientales y climáticas en las que viven los individuos, de medio social, de educación, relativas a los tipos de conducta y convenciones que reclama la sociedad a la que pertenecen, etc.

Si no se contemplan estas diferencias, se simplifica la relación entre medios y fines. Con los mismos medios no necesariamente se realizan los mismos fines; y además se fetichizan los medios, como si fuesen valiosos en sí mismos. Sen dice que lo importante no es lo que los medios pueden hacer por nosotros, sino lo que nosotros podemos hacer con esos medios. Sostiene que “habría que tener en cuenta no solo los bienes primarios que poseen las personas, sino también las características personales relevantes que determinan la conversión de los bienes primarios en la capacidad de la persona para alcanzar sus fines”. “Si los seres humanos fueran muy similares, esto no tendría mucha importancia, pero la experiencia indica que la conversión de los bienes en capacidades cambia de una persona a otra sustancialmente, y la igualdad de lo primero puede estar alejada de la igualdad de lo segundo”, explica.

El concepto de capacidad, entonces, no vendría a ser si no otro término para libertad. De hecho, añade: “En este sentido, la capacidad de una persona corresponde a la libertad que una persona tiene para llevar una clase de vida u otra”. La libertad, dice, no es lo que queremos, sino lo que podemos hacer. Esa capacidad traduce, pues, nuestro grado de libertad. Si esa igualdad de capacidades estuviera asegurada, seríamos todos igualmente libres, no como ocurre en la actualidad, en la que algunos lo son más que otros, porque en las actuales circunstancias allí donde la política no interfiere, solo el poder del dinero es capaz de derribar las barreras que limitan la libertad.

El ser humano no solo valora lo logrado sino también el cómo, esto es su participación en el proceso para obtenerlo. El individuo no es un receptor pasivo de un criterio de buena vida. Por eso, a la concepción que solo se preocupa por el resultado, Sen opone otra en la que al resultado se integra el valor del proceso. La libertad, además de un valor instrumental, tiene un valor en sí misma. Ahí radica la razón de que no sea lo mismo llevar una vida que, aunque queremos, no hemos elegido que una en la que a nuestro querer se une la libertad. Librado a sus solas capacidades, es posible que un analfabeto no se plantee demasiadas opciones de autorrealización. Pero tal vez su participación en el debate público amplíe el campo de las posibilidades que se puede imaginar. Es decir que los demás pueden y tienen algo para decir de su horizonte de elecciones. Una razón más para impugnar la idea de libertad como no interferencia en los “asuntos privados” de cada uno.

Que la igualdad de capacidades para buscar la autorrealización sea la igualdad que realmente importa y que ella no equivalga a una igualdad aritmética de bienes distribuidos, no quiere decir que cierta igualdad de bienes primarios no importe en absoluto. No importaría si partiéramos del supuesto de la abundancia. Si todos pueden acceder a los bienes que desean, la justicia distributiva tendría una importancia secundaria. La abundancia aseguraría que cualquier proyecto de vida, fuera el que fuera, encontraría los medios para realizarse. Pero no es el caso. La disposición de ciertos recursos materiales es un requisito para poder elegir la propia vida, eventualidad que se dificulta cuando estoy obligado a trabajar por un tiempo y en unas condiciones impuestos por otros. En un contexto de escasez (no de penuria sino en el sentido de que no hay de todo para todos), la igualdad distributiva es casi un imperativo moral.

La disposición de esos bienes primarios, sin la cual el emprendimiento de una vida elegida es sencillamente una quimera, debería estar asegurada colectivamente, no librada a la buena voluntad grupal o familiar. ¿Por qué es importante esta última precisión? Porque si lo que necesito para escoger y realizar mis propósitos está sujeto a las condiciones que me impone un jefe tribal, el pater familias o un patrón, ya no puedo elegir con libertad, estoy sometido al dominio de otros. Las cosas serían muy diferentes si los bienes básicos que me permiten elegir con libertad la vida que quiero llevar, estuvieran voluntariamente asegurados entre todos y no me fueran conferidos con otra condición que la de reconocer ese mismo derecho a los demás.

La igualdad de la que he hablado hasta ahora contribuiría además a realizar otro ideal propio de la tradición republicana y de la socialista: la igualdad política. Cuando las disparidades económicas y sociales son muy marcadas, se traducen en diferentes capacidades de influencia política. Al menos desde Rousseau sospechamos que una persona que dispone de grandes recursos económicos tiene una mayor capacidad de influencia política, más poder de torcer la voluntad de otros. Por eso proponía que “nadie sea lo suficientemente rico como para (poder) comprar a otro ni nadie tan pobre como para verse obligado a venderse”.

No voy a extenderme en este tópico. Baste con decir que la participación de los ciudadanos en la cosa pública es un ingrediente fundamental de la tradición republicana. No se opone a la representación, por cierto, pero ocupa un lugar destacado por varias razones: porque deben contemplarse los intereses de todos y eso sólo es posible si se los expone en la arena política; porque hay problemas que nos afectan a título individual pero que sólo pueden abordarse colectivamente, porque las mejores “soluciones” suelen ser el resultado de la deliberación pública, en la que se está obligado a argumentar las preferencias, cosa que no ocurre cuando simplemente se toma una decisión por el voto, determinado por preferencias prepolíticas, caprichosas o egoístas, que se cuecen en la tinta de la privacidad, y no necesitan justificarse y, finalmente, porque la participación es un antídoto ideado por los republicanos para controlar el peligro siempre latente de la autonomización de los representantes.

Ahora bien, la igualdad de influencia política o la igualdad de capacidad de participación son impensables en el reino de la desigualdad económica y social. No es, por cierto, un descubrimiento del socialismo. Los primeros republicanos estadounidenses del siglo XVIII ya lo sabían. Según John Adams, “los hombres (…) que están totalmente desposeídos de tierra (…) dependen tanto de otros hombres que carecen de una voluntad propia. Hablan y votan tal como les recomienda algún hombre rico que ha moldeado sus mentes para que defiendan sus intereses de propietario”.

No quiero terminar dejando la impresión de que nuestro presente es el colmo de la desigualdad. Es cierto que si el ideal de igualdad se mantuvo incólume a lo largo de los siglos es porque la desigualdad siempre estuvo presente. Pero también es posible que Alexis de Tocqueville tuviera razón cuando afirmó que “cuando la desigualdad es ley común de la sociedad, las desigualdades más evidentes no saltan a la vista” y que “el ansia de igualdad es mayor cuanta más igualdad hay”.

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One Response to Libertad e igualdad/2

  1. gold price dice:

    Por ello esta concepción liberal, que se basa en la libertad y la neutralidad como bienes primarios, no es neoliberal. No obstante, dado los equívocos del término liberal, es mejor sustituirla sencillamente por democrática. Rawls defiende que una teoría de la justicia no puede anular ni los talentos naturales ni las contingencias o desigualdades sociales, que van a incidir en la estructura política, económica y social. Lo que sí debe es partir de ellas para contrarrestar sus efectos. Siendo las desigualdades hechos inevitables, lo que debe hacer una teoría de la justicia es intentar corregirlos, en formas que beneficien a los desfavorecidos.

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