El mal

Nadie sabe, ni sabrá, qué pasó por la cabeza de Adam Lanza para que el viernes 14 de diciembre se levantara con ganas de volarle la tapa de los sesos a su mamá, y se la volara nomás, cargara un fusil de asalto y dos pistolas en el auto, se dirigiera a una escuela del apacible pueblo de Connecticut en el que vivía, matara a 26 personas, entre ellas veinte niños de entre cuatro y siete años, y luego se suicidara.

La mirada fetichista atribuye la tragedia a las armas que circulan libremente en Estados Unidos. Pero las armas no matan, matan las personas (del mismo modo que el tabaco no daña la salud, en todo caso la daña el fumar). Hay muchas personas, millones tal vez, que tienen un arma en la mesita de luz por si a alguien se le ocurre ingresar a su casa a robarle el iPad o el perro, pero no suelen dispararle a quemarropa a un párvulo en el salón de clase. Invertir tan fantásticamente la relación entre cosas y seres humanos es algo propio de una cultura que ha dotado de vida a los objetos inanimados y que atribuye a éstos la culpa de que los hombres hagan lo que supuestamente no harían de no tener tan tentadoramente a mano el objeto maldito. Pero sin armas de fuego a la vuelta de la esquina, Adam Lanza se hubiera servido de un bidón de gasolina y una caja de fósforos o de cualquier otro medio al alcance de la imaginación para hacer el mismo mal que hizo.

No estoy diciendo que sea una buena idea vender fusiles semiautomáticos por internet, sino que es demasiado simple atribuir la masacre de Newtown a que en Estados Unidos es legal comprar armas y demasiado ingenuo creer que la prohibición garantizará que tragedias como ésta no volverán a repetirse.

La mirada terapéutica viene a decirnos que Lanza era un enfermo, que su comportamiento fue propio de un loco de remate. Y santas pascuas. Al atribuirle esa condición, la locura y el mal quedan hermanados. Al otro lado de la línea: los sanos y el bien, o sea todos nosotros, inmunizados contra la tentación de dispararle a un infante a dos metros de distancia y contra cualquier otra que la moral imperante considere condenable. Pero también hay malas noticias para esta explicación: la mayoría, la inmensa mayoría, de los que podríamos presentar como la personificación del mal (y la historia es generosa en esta materia, como sabemos) eran o son gentes de lo más normales, que amaban a sus hijos, estaban llenos de amigos y no tenían dificultades de aprendizaje en la escuela.

A su manera, la explicación terapéutica viene a decirnos que únicamente un enfermo puede elegir el mal. ¿Pero alguien duda acaso de que no hace falta estar loco para optar por el mal, que esa posibilidad es inherente a nuestra humana condición y a nuestra irrevocable libertad?

La mirada sociológica pone la lupa en los hábitos culturales, las costumbres dominantes en el mundo en el que vive o vivió el agente del mal. De acuerdo con ese punto de visto, Adam Lanza, como muchos de su generación, se habría entretenido demasiado con los videojuegos, confundido el universo virtual con el real, sus padres le habrían dejado demasiado tiempo a solas, era un perdedor en un tiempo que ordena ser exitosos…  y todo lo que ustedes quieran. Se han mencionado muchos fenómenos sociales en los que puede encuadrarse la figura de Lanza, pero de ninguno de ellos puede decirse que determinó su conducta o que suministra una explicación del horror al que asistimos la semana pasada.

Tras la masacre de Newtown: propaganda de mochilas infantiles anti-bala.

Tras la masacre de Newtown: propaganda de mochilas infantiles anti-bala.

Lo cierto es que por más que le demos vueltas y más vueltas, no sabemos qué pudo empujar a un ser humano a vaciar varios cargadores sobre 20 criaturas indefensas. El asunto desafía todas las categorías de las que nos servimos para hacer inteligible el mundo. En el fondo, la respuesta a por qué un muchacho de pueblo (introvertido pero bastante ‘normalito’) se levantó una mañana con ganas de matar es un gran misterio.

Y eso es lo que nos resulta más insoportable e intolerable. Es fuente de nuestro mayor desasosiego. De todas las amenazas, la que nos provoca más inquietud es la que no tiene explicación, la que es imprevisible porque puede encarnarse en cualquiera, en todos, incluso en personas tan normales como nosotros mismos. Quizás esto explique que la tragedia de Newtown nos haya tomado del pescuezo y nos dejara más perplejos (y asustados) que otras a las que asistimos casi cada día a través de los medios y en las que también están involucrados niños (niños y niñas asesinados, mutilados, violados, esclavizados) pero para las que tenemos explicaciones consoladoras a mano.

La explicación que andamos buscando, de hallarla, no pasará de ser un analgésico efímero para las inquietudes del alma. Así de vulnerables y frágiles nos sentimos. El fenómeno ya ha sido extensamente estudiado: de cuanta mayor seguridad disfrutan los humanos tanto más insoportable les resulta la incertidumbre; cuanto más saludable es una generación, peor soporta el menor riesgo sanitario, cuanta más libertad tiene una sociedad tanto menos tolera cualquier manifestación de autoritarismo.

A pesar de todos los justificados post con que designamos a nuestra contemporaneidad, en algún punto seguimos siendo clásicamente modernos y la modernidad vino con la promesa de que la razón y la ciencia harían de nuestras vidas y nuestro futuro algo enteramente previsible y seguro. Y a pesar de que vivimos más seguros que ninguna otra generación en la historia, es improbable que esa promesa se cumpla cabalmente. Y eso nos decepciona e irrita. Si aún faltaba alguna confirmación del carácter ilusorio de las aspiraciones a extirpar el mal del mundo y a vivir en total seguridad, la masacre de Connecticut nos la acaba de suministrar.

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3 Responses to El mal

  1. Quizá lo suyo sea realista, pero suena pesimista, como si ya no tuviera usted la menor fe en sus antiguas convinciones socialistas. Es, a mi juicio, la cosificación de las personas, su mercantilización, un prerequisito para este tipo de masacres sin aparente ton ni son. Quiero decir: la mejor manera de prevenirlas es esmerarnos en dar a los jóvenes una educación basada claramente en la necesidad vital de cultivar la fraternidad y la solidaridad,

  2. Fe, lo que se dice fe, no tengo en nada. No la tuve antes ni la tengo ahora. Sobre mis convicciones socialistas, creo que lo escrito en los posts anteriores (sobre la libertad y la igualdad) dice más que cualquier cosa que pueda escribir ahora a las apuradas. Salute, Pájaro

  3. Pablo Azzarini dice:

    Y sí, Barreiro, el bien y el mal son las dos caras de la moneda. Como usté dice, la modernidad prometía razón y buenos pensamientos, pero el humano sigue siendo tan racional como irracional. Mire si no la cantidad de gente que cree en algún tipo de deidad salvadora.
    A veces pienso si no serán condiciones naturales de la especie que la han ayudado a dominar lo que se propuso. La capacidad de atacar a otros capaz que se vincula al instinto de supervivencia tanto como el asociarse con otros.
    Aunque también pienso que por algo será que más del 80 por ciento de estos ataques pasan en Estados Unidos. El contexto sociocultural debe de ayudar, ¿no?

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