El legado chavista

Chávez2Se dice que al chavismo no lo podemos comprender quienes no somos venezolanos ni estamos familiarizados con la política y la sociedad venezolanas. Es una línea de argumentación –aunque el vocablo resulte algo generoso–, a la que apelan quienes pretenden justificar gobiernos o posturas políticas nada fáciles de defender. El asunto funciona más o menos así: cuando las personas o las políticas a las que se adhiere no resultan susceptibles de ser defendidas con buenas razones, entonces se recurre al criterio de la distinción: “es que tú no lo comprendes, ni lo puedes comprender, porque eres de otra parte”.

Sin embargo, el chavismo es un ejemplo de manual de populismo y del más tradicional caudillismo hispanoamericano. Para Chávez y sus herederos, las mediaciones y representaciones propias de la política son una estafa, un asunto “maloliente” como llegó a decir alguna vez. Es de suponer que por eso mismo intentó dar un golpe de Estado para hacerse con el poder. Para el chavismo, la política es un asunto despreciable y sus instituciones, un engaño. El pueblo no sería una realidad plural, sino Uno y encarnaría la virtud en oposición a la impostura de la política. En la Weltanschauung bolivariana el pueblo y su voluntad serían evidentes, estarían directamente disponibles, al menos para el genio y la sensibilidad del líder. No necesitarían la mediación, la deliberación o el arbitraje propios de la política. La política se resumiría en la relación Chávez-pueblo. Por eso la Asamblea Nacional renunció alguna vez a sus potestades y le otorgó poderes extraordinarios, por eso el partido oficialista –el PSUV– apenas decora las decisiones del Ejecutivo. “Chávez no soy yo, Chávez es un pueblo”, escribió él mismo en la última carta antes de su muerte. Y “el pueblo es Chávez” fue una de las consignas de la última campaña presidencial. Chávez ordenaba en público a sus ministros que enviaran tropas a la frontera, que rompieran relaciones diplomáticas con tal o cual país.

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La hugolatría descrita por Enrique Krauze en su El poder y el delirio sería más un credo laico, una religiosidad profana, que una ideología política propiamente dicha. En Caracas se pueden comprar imágenes de Chávez como se hace con las de cualquier santo a la salida de un templo. Es que el líder carismático, casi divino, que está más allá y más acá de la política, es un rasgo común a todos los populismos. En el caso que nos ocupa, ese rasgo entronca además con la tradición caudillista del continente.

Basta un líder para interpretar el sentir y el latir del pueblo. Y un enemigo, por cierto. El pueblo no necesita de la política. Necesita un gran líder y un gran enemigo, porque la identidad del pueblo emergería de la oposición a ese enemigo. Tal vez por eso, Chávez siempre ha estado inclinado a tener grandes, enormes, enemigos. Los enemigos de Chávez cambian con las circunstancias, pero siempre tiene uno a mano. En primerísimo lugar, Estados Unidos, el imperialismo. También en esto el chavismo muestra cierto patetismo: su mayor enemigo es uno de los principales compradores de su petróleo.

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Los regímenes como el chavismo suelen buscar su legitimidad en el pasado. Sus designios pretenden justificarse en que son la continuación de un pasado primigenio sagrado, en este caso el representado por la gesta de Simón Bolívar, traicionado por todos los que le siguieron hasta el advenimiento del nuevo comienzo, el día del fallido golpe de Estado del coronel Chávez.

Pero sólo un delirio inconmensurable puede convertir a Bolívar en un protosocialista. Bolívar era, como no podía ser de otra manera, un hombre de su tiempo. A veces admirador del republicanismo y la democracia de los padres fundadores de Estados Unidos, a veces caudillo brutal y tiránico.

También por estas latitudes asistimos pasmados al mamarracho de convertir a un caudillo de las pampas en el inspirador de movimientos políticos contemporáneos. Pero aquí el asunto tiene su gracia: existe un Artigas para cada sensibilidad. Chávez, en cambio, considera que él, y sólo él, es el depositario del legado de Bolívar. “Bolívar y yo dimos un golpe de Estado. Bolívar y yo queremos que el país cambie”, fueron las palabras que pronunció durante la primera entrevista que dio a la prensa.

Chávez1Con el mito del nuevo comienzo se pretende reducir toda la historia de Venezuela desde la independencia hasta la llegada de Chávez al poder a un largo paréntesis en el que habría reinado la corrupción, la tiranía, y la miseria, como si toda la historia de Venezuela pudiera resumirse en el último gobierno de Carlos Andrés Pérez, como si Venezuela no hubiera sido uno de los pocos países sudamericanos que atravesó los 60 y 70 sin dictadura. La dificultad de Chávez para conducir, como pretende, a Venezuela “hacia el mismo mar hacia donde va el pueblo cubano, mar de felicidad, de verdadera justicia social, de paz”, reside en que las cosas en el mundo se han puesto un poco más difíciles que en 1959 para las dictaduras, pero también a las reservas democráticas que aún existen en la sociedad venezolana, y que el chavismo hace de cuenta que no existen.

El grotesco episodio de la exhumación del cuerpo de Bolívar hace pocos años para “demostrar”, contra toda la evidencia historiográfica disponible, que fue asesinado (¿por algún ancestro de Alvaro Uribe?), y la construcción de un enorme mausoleo al mejor estilo fascista evocan la resurrección de un Bolívar que volvería a vivir gracias a Chávez y en Chávez.

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La  ideología chavista es una pompa de jabón. El socialismo del siglo XXI es un guiso sazonado con banalidades extraídas de la ideología tercermundista y castrista de los 60, un muestrario de museo. A Chávez le hubiera encantado ser un guerrillero de los 60 o 70. Pero ha llegado treinta años tarde. Las referencias ideológicas, las fuentes de las que supuestamente se nutre el chavismo, constituyen un cocido con ingredientes tan contradictorios entre sí que ni el chef más experto sería capaz de fusionar. En el discurso de Chávez aparecen un día la madre Teresa y Rosa Luxemburgo, al siguiente el Che, Jesucristo y Lenin y al siguiente Bolívar y Marx. Chávez dijo que se había convertido al marxismo sin haber leído “una sola palabra de ese señor”. ¿Fue alguna vez Hugo Chávez socialista?, le preguntaron al periodista, ex guerrillero y ex dirigente del MAS venezolano Teodoro Petkoff. “Chávez no proviene de la izquierda. Viene de un grupo de conspiradores militares, sin formación en los valores o la literatura de izquierda”.

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El peronismo, el trabalhismo brasileño y tantos otros movimientos populistas tuvieron la misma pretensión de singularidad de la que ahora se ufana el chavismo, basada en la supuesta excepcionalidad de sus respectivas sociedades y culturas nacionales, al parecer ininteligibles para quienes no tenemos sangre argentina, brasileña o venezolana en nuestras venas. De creer esta versión de las cosas, el populismo no sería el resultado de procesos políticos específicos pero tan analizables y comprensibles como cualesquiera otros, sino que estarían en el ADN de determinadas sociedades y pueblos. Quienes suelen justificar los rasgos menos gloriosos del chavismo, algunos de los cuales jamás osarían defender en otras circunstancias (como la reelección presidencial indefinida, por poner apenas un ejemplo) en nombre de la singularidad ambiental, antropológica o cultural de una Venezuela supuestamente ajena a las tradiciones políticas democráticas e incomprensible para la sensibilidad cosmopolita, nos dicen a su manera que los venezolanos estaban poco menos que condenados a padecer al régimen bolivariano. Caribe, mulatas, ron y caudillismo bolivariano estarían indisolublemente ligados. Bullshit!

Tengo amigos chavistas que, en esta misma línea, justifican los cuentos de buenos y malos que abundan en los discursos del comandante, y que parecen destinados a un público de escasa capacidad intelectiva, por no decir estúpido, con el compasivo argumento de que “están dirigidos al pueblo” o “a los venezolanos”, como ocurrió hace unos años cuando, tras ser precedido en la tribuna de la ONU en Nueva York por George W. Bush, Chávez comentó “¡qué olor a azufre que hay aquí!”.

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He aquí otras de las paradojas del chavismo y del populismo en general. Un movimiento y un régimen cuya popularidad supuestamente emana de haberle devuelto la dignidad al pueblo, de haberle hecho sentir a los pobres que eran respetados, apenas logra ocultar su elitismo cuando recurre a una narración elemental de buenos y malos para dirigirse a “las masas” (¿la única que serían capaces de comprender?), convertidas en receptoras de la ayuda del Estado, en beneficiarias de una distribución más equitativa de la renta petrolera, fuerza de choque contra los escuálidos, vivadores del comandante (‘todos somos Chávez’), pero jamás sujetos de la política, ciudadanos, protagonistas del quehacer público, personas en condiciones de elegir con autonomía sus propios periplos existenciales sin depender de las condicionadas dádivas oficiales.

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“Aquí hay una revolución militar en marcha y debe ser permanente, no puede detenerse”. La frase la pronunció Nicolás Maduro, vicepresidente de Venezuela. No sabemos si se trató de un acto fallido pero el sentido de la misma es inequívoco. La mitad de los gobernadores de Venezuela son militares leales a Chávez y en el gabinete hay tres ministros militares. Una personalidad tan poco sospechosa de antichavismo como el ideólogo de la revolución bolivariana y del socialismo del siglo XXI, el académico alemán Heinz Dietrich, aseguró que “los cubanos no tienen influencia en la sucesión. Los militares leales a Chávez, éste sí es el factor clave”.

El 4 de febrero de 1992 el entonces coronel Chávez intentó un golpe de Estado que terminó en un estrepitoso fracaso (decenas de muertos incluidos). Lejos de tomar distancia de aquella aventura antidemocrática, los chavistas siguen celebrándola como la fecha del nuevo comienzo de Venezuela. Un vulgar intento de golpe de Estado ha sido bautizado por el gobierno como Día de la Dignidad Nacional. “El 4 de febrero no ha terminado, su espíritu insumiso debe acompañarnos cada día”, escribió Chávez en su última carta.  “Cuánto lamento estar ausente físicamente del territorio patrio por primera vez en esta luminosa fecha de parto”. ¡Luminosa fecha de parto!

Chávez4El chavismo ya ha tenido demasiadas deserciones como para confiar su estabilidad y pervivencia a una sigla decorativa como el PSUV en la que conviven nacionalistas puros y duros y seudomarxistas. Para Chávez y la plana mayor del chavismo, la garantía última de la continuidad de su “revolución” son los militares, a los que ha dado toda clase de prebendas y privilegios, además de toneladas de ideología bolivariana. ¿Habrá sido suficiente para garantizar su fidelidad?

“Nuestro movimiento nació en los cuarteles. Ese es un componente que no podemos olvidar nunca, nació allí y las raíces se mantienen allí”, asegura el presidente.

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El chavismo no es una dictadura convencional, como pretende el anti-chavismo más ramplón y conservador dentro y fuera de Venezuela. Una cosa es que Chávez invoque a Cuba como modelo y otra muy diferente es que su revolución bolivariana se parezca al régimen castrista. Hay quien afirma que Chávez hasta estaría dispuesto a comprarse la revolución que no ha tenido lugar en Venezuela, pero por el momento su revolución no pasa de ser retórica revolucionaria, gestualidad revolucionaria, propaganda para animar a los suyos, como la de las leyendas de los paquetes de café venezolano, en los que se lee “Hecho en socialismo”.

El mundo en el que el comandante llegó al poder no es el mundo de 1959. Tuvo su lógica que en plena Guerra Fría la revolución cubana se echara en brazos de la Unión Soviética y erigiera una autocracia a su imagen y semejanza. El problema del chavismo, uno de los tantos que tiene, es que desprecia la diferencia de contexto y circunstancias, como si siguiéramos en la Guerra Fría y los poderes mundiales no tuvieran cosas más importantes a las que dedicar sus energías que terminar con un experimento, el del socialismo del siglo XXI, al que podrá definirse como se quiera menos como una amenaza para esos mismos poderes. Diríase que Chávez tiene nostalgia de aquellos tiempos y se empeña en copiar, en contra de sus intereses y de la legitimidad de la que goza –y de las recomendaciones del propio Fidel– los peores rasgos del régimen cubano. De no ser por su generosidad petrolera, Venezuela sería hoy uno de los países más aislados del mundo.

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Como suele decirse, el régimen boliviariano camina permanentemente por la cornisa democrática. No es una dictadura pero parece querer imitarlas, tan convencido como está de que hacer una revolución socialista consiste en algo parecido a lo que hizo Fidel Castro en Cuba. En Venezuela el gobierno ha terminado con la independencia de la justicia. Los magistrados que no se avienen a seguir los dictados del gobierno son perseguidos y encarcelados. Gracias a la total subordinación del sistema judicial, el gobierno ha perseguido (detenido u obligado a exiliarse) con argumentos peregrinos a líderes opositores y sindicales. El gobierno ha abusado de sus facultades de control de las frecuencias radioeléctricas para castigar a los medios que emiten una programación crítica. Entre 2000 y 2012 hubo 2.345 cadenas nacionales (retransmisiones obligatorias en radio y televisión) en las que Chávez monopolizó la palabra para insultar y amenazar. La Asamblea Nacional autorizó en 2010 al Ejecutivo a gobernar por decreto durante 18 meses; tras ganar un candidato opositor las penúltimas elecciones locales en Caracas, el gobierno nacional le recortó por sí y ante sí, y con total impunidad, sus prerrogativas y recursos económicos. No hubo fraude en ninguna de las elecciones convocadas durante los catorce años que el chavismo lleva en el poder, pero en todas ellas el oficialismo hizo un uso obsceno de los recursos públicos y se desarrollaron en un clima de intimidación y ausencia de reglas parejas para todos los participantes que hubieran sido motivo de escándalo en cualquier otro país imperfectamente democrático.

Recordarán ustedes, cuando tras ser derrotado en el plebiscito de 2007 sobre la reelección presidencial indefinida, el mundo entero felicitó a Chávez porque después de una madrugada de titubeos reconoció el triunfo de la oposición. No tengo recuerdo de ningún otro presidente que haya sido elogiado por admitir que fue derrotado en las urnas. Ni de ningún jefe de Estado de nuestras imperfectas democracias que dijera: “la oposición no volverá al poder, ni por las buenas ni por las malas”.

El curso de la transición en Venezuela, el desprecio de las disposiciones constitucionales mientras Chávez estuvo en Cuba, son un vivo ejemplo de cómo entiende el chavismo la democracia y la política: sus procedimientos están enteramente subordinados al propósito de conservar el poder. La idea es que habiendo ganado Chávez las elecciones, ¿qué más da que jure o no jure ante el Parlamento, qué más da que esté en Venezuela o no esté, qué importa que esté en condiciones de gobernar o no? En su nombre todo está permitido.

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Cualquier política que quiera cambiar el rumbo bolivariano del país está obligada a (re) conocer la especial y en apariencia sólida relación entre el chavismo y una parte de los pobres y desheredados de Venezuela y a comprender las causas y mecanismos de una adhesión de la que no es fácil separar los ingredientes sociales y políticos de los emocionales.

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En muchos otros países latinoamericanos los votantes también han mantenido en el gobierno a quienes han mejorado sus condiciones de existencia, gracias a programas de salud y educación, o subsidios en dinero. No hay ningún misterio detrás de esta adhesión ni, por supuesto, ninguna identificación ideológica inequívoca. Muchos gobiernos de la región que han hecho tanto o más que el chavismo –y con menos grandilocuencia verbal­– por reducir la pobreza y distribuir mejor la riqueza no han tenido la absurda pretensión de estar construyendo una sociedad sobre bases enteramente nuevas o de que el apoyo que reciben en las urnas equivale a una identificación de las grandes mayorías con proyectos tan pomposos y de resultados tan inciertos como el del socialismo del siglo XXI. No descarto que de haber sido pobre y venezolano hubiera votado por Chávez. ¿Pero eso qué demostraría? Ahmadineyad, Fujimori, Hitler, Bordaberry también llegaron al poder gracias al voto popular.

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Habrá qué ver, sin embargo, qué quedará del entusiasmo por el socialismo bolivariano tras la resaca del faraónico gasto electoral del gobierno y la reciente devaluación (anunciada por todos, menos por las eminencias grises del gobierno bolivariano) y el programa de choque que están implementando en estos días los delfines del comandante. Habrá que ver si el chavismo es algo más que distribución de la renta petrolera a través de programas sociales + apología del pueblo venezolano, habrá que ver si esa adhesión resiste una devaluación de más de 30% de la moneda, la inevitable disparada de la inflación (ya es una de las más altas del mundo) y el consiguiente desplome del poder de compra de los salarios, en un país que tiene un déficit fiscal de algo menos del 20% del Producto Interior Bruto, entre otras cosas porque en el año electoral de 2012 el gobierno incurrió en el gasto público más elevado de la historia del país, una deuda externa que es ahora diez veces mayor que en 2003, un sistema bancario muy frágil y en el que la capacidad productiva ha caído drásticamente, y cuyo indesmentible testimonio es el desabastecimiento y el rampante mercado negro.

La ciencia económica chavista cree que puede eludir todas las determinaciones de la economía de mercado nacionalizando unas cuantas empresas e invocando las palabras mágicas abracadabra, revolución y socialismo. A la vista está que no. Ni siquiera una montaña infinita de petróleo ha logrado impedir que el porfiado mercado diga presente (o ausente) en los anaqueles de Venezuela.

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Los rasgos del chavismo hasta aquí descritos (liderazgo carismático, desprecio de la política, reducida a relación directa entre el líder y la masa, apología de un pueblo único cuya voz justifica ignorar cualquier legalidad republicana, culto a la personalidad, autoritarismo, aparato de propaganda asfixiante y permanente presencia en los medios, elogio de los militares, pretensión de haber echado las bases de una nueva era, designios basados en el pasado primigenio, traicionado por quienes le precedieron y del que pretende ser su auténtico (y único) continuador, persecución del adversario, entre otros) son más propios del fascismo que de las tradiciones republicana y socialista que alguna vez encarnó la izquierda. Me pregunto cuántos de esos entusiastas del chavismo que no viven en Venezuela aceptarían las desmesuras del comandante que tanto festejan en caso de tener que padecerlas en su propio país.

La clave para develar el misterio de esta celebración del chavismo por parte de la izquierda como si fuera una de sus expresiones más auténticas, es su anti-americanismo. Desde hace unas (pocas) décadas quienquiera que lance el menor exabrupto contra Estados Unidos y lo haga responsable de todos los males del mundo es acogido con algarabía en las filas de izquierda y considerado ipso facto un amigo de la casa. Decididamente, en esta versión, ser de izquierda sale barato.

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9 Responses to El legado chavista

  1. Luis dice:

    Excelente análisis. Siempre es un placer leerlo, coincida con usted o no, aunque en general lo haga, como en este caso.
    Desde la Argentina, sigue llamándome la atención la postura favorable a Chávez que tiene cierta izquierda. Mejor dicho: no me llama la atención si no que me alarma. Lo mismo me sucede con el apoyo de ciertas figuras provenientes de la izquierda a las prácticas de la ETA o a teocracias como la de Irán.
    La negación de ciertos valores de la democracia liberal y de las ideas del iluminismo no pueden más que otorgar más poder a sistemas políticos que no sólo no dejan de ser capitalistas sino que, además, suman a ello el mesianismo, el fundamentalismo y la falta de transparencia y tolerancia característica de los regímenes totalitarios. Evidentemente tampoco leyeron a Marx, o lo leyeron muy mal.
    Saludos.

  2. Efectivamente, parece que Chávez es o está cercano a Dios. Me lo confirma la lectura hoy de sus declaraciones al llegar , al parecer, a Venezuela tras su más bien opaca estancia en Cuba: “Estoy aferrado a Cristo”(…) Más proximidad imposible…

    No me resulta fácil desde una España viviendo una de las mayores crisis, política, económica, social y moral de su historia, evaluar la figura de este atrabiliario personaje pero si un dirigente de tales impulsos nacionalistas se encuentra aferrado a tal personaje histórico, a mí me da que pensar y me da que desconfiar.
    Es un poco, salvando las distancias y no solo las oceánicas, como el berreta Rajoy que declara haber incumplido las promesas electorales pero haber cumplido con su deber. Creo que ambos personajes se dirigen a “la gente” como si se tratara de retrasados mentales. Hacer referencia a lo inefable, tanto si se trata de la segunda persona de una misteriosa trinidad como si se refiere al “deber”,no da mucha confianza en un político.
    Bien está que el Papa de Roma se aferre a su dios , ahora en su próximo y voluntario retiro y entienda que es tal su deber pero en el ámbito terrenal hay que exigir a los gobernantes que nos hablen al pueblo llano de lo que nos ocupa, preocupa e incluso angustia sin que inevitablemente nos tomen por gilipollas (DRAE).

    Excelente análisis el tuyo Coco, como siempre.

    A propósito de que no se puede entender el chavismo sin ser venezolano puede que suceda entonces como con Cristo, que no se le puede entender sin ser cristiano. Discrepo: yo cuando era cristiano creía entenderlo muy bien, ahora que no lo soy creo entenderlo mejor. Apunto además eso de “En Madrid no nos entienden”, que decían muchos vascos quedándose en exclusiva la cabal comprensión de lo que era “el conflicto” y la incapacidad del resto del mundo para entenderlo.
    Lo exclusivo de las sectas, del carisma, la fe ciega en el líder, la posesión de “la verdad”. En efecto, en realidad es desprecio a “la gente”.

    Acriollado como me siento, y aparte de notar que estoy matando sapos a gritos, estoy, desde acá, “hasta las bolivianas”.

    Un abrazo

    • Sì, Enrique, al parecer a Chávez no le basta con basar sus designios en la voluntad de Simon Bolívar. Ahora parece haber entablado relación con el mismísimo Jesucristo. Le veo a usted muy ágil y ducho en el empleo de la palabra berreta. Un abrazo.

  3. Pincho dice:

    Brillante Coco! Faltó decir solamente, para redondear bien la cosa, que Dios está con Chávez, y no sólo porque él lo mencione todo el tiempo – en vano – lo que es un pecado, sino que hasta aparece en membretes oficiales. Esta es una característica sintética de los tiempos y una demostración de la dialéctica por la que evolucionan las sociedades. Y otra cosa: no es sólo característica latinoamericana la de esta forma social y de relación entre pueblo-gobierno, sino que en el mundo entero y en toda la Historia los casos se repiten. Guillermo Tell sólo los suizos! ¿Algo peor que una dictadura militar? una dictadura cívico-militar, para-militar, pseudo-militar, ersatmilitar.
    Respecto al tema: veo + el problema por lo que se avecina, ya que los militares pseudo-democráticos, ersatdemócratas como Chávez y los civiles pseudo-militares como Castro, dejarán sus herederos no al estilo monárquico sanguíneo como los coreanos del norte, ni a la vieja usanza euroasiática, sino a la nueva usanza -nueva considerando que es del siglo pasado- de la izquierda bolchevique comunizante. Una forma de civilización que se puede adoptar, como hicieron los chinos liderados por el gran Mao, pero jamás usar como fundamento, pues está demostrado que no dura más de dos generaciones con suerte, y no es lo mismo un líder como Mao que un lider como Stalin o el Duce. Capaz que estoy errando, pero me suena que sociedades que no reniegan y son mas tolerantes con su historia, tradiciones y cultura, funcionan mejor, aunque no con menos problemas, como Inglaterra y Brasil. La primera un ejemplo de conservación de su estilo, historia y tradiciones a rajatabla, que sin dejar de ser sanguinarios históricamente, no cargan con el peso de las reales cabezas, sino que las mantienen con amor. El segundo, un ejemplo de democracia del siglo XXI, con dos gobiernos de izquierda como nosotros, pero manteniendo su espíritu imperial que incluye desde “nuevos” ciudadanos afrodescendientes hijos de esclavos hasta la realeza monárquica, incluyendo varias generaciones de millonarios patriotas y una cohesión cultural que nos sorprende y nos maravilla. No lo vemos en las telenovelas venezolanas ni argentinas ni chilenas. La relación aquí entre el poder y el pueblo es abismal y no importa de qué signo político sea el gobierno, como está demostrado. Aclaro que cuando digo “pueblo” no estoy aludiendo al populacho, sino al conjunto de ciudadanos responsables.
    Abrazo grande

  4. Annabel Ferreira dice:

    Excelente análisis, gracias y saludos desde Estocolmo.

  5. Daniel dice:

    Coco, leì atentamente, y hasta el final, tu excelente anàlisis. Te cuento que -con los matices del caso- lo encuentro muy acertado.
    Tengo una valoraciòn un poco diferente con respecto a la democracia venezolana.
    Creo que -mas allà de compartir contigo que transitaron el perìodo de las Dictaduras Còndor sin caer en èl- Venezuela es una sociedad con caracterìsticas cuasi feudales, los ricos son ricos por derecho divino, y los pobres son siervos de la gleba.
    Esto hace que su democracia fuera una farsa en la que los pobres votaban a los ricos porque “ellos son los que mandan, y nosotros lo mas que podemos hacer es votar a alguien que robe pero sacuda el àrbol” (esto que te escribo es casi textual, me lo dijo un Venezolano en Bejuma, explicando a Carlos Andrès).
    La revoluciòn chavista en sus comienzos, fuè la ùnica forma de romper esa contradiccion, y las primeras leyes, fueron muy acertadas.

    Pero el proceso se agotò velozmente, tal vez, no por errores de Chavez, sino de los otros dos integrantes del Trinvirato de Gobierno (Bolivar y Cristo).

    Creo que la estrategia final, transformar el Triunvirato en Tetrarquìa, (Chavez – Bolivar – Cristo – Maduro) està destinada al fracaso.
    No me atrevo a hacer pronòsticos, pero el futuro serà complicado para Venezuela, y para todos los que de una forma u otra, nos beneficiamos de la generosidad petrolera de Chavez.

    Abrazo

    DNA

  6. Patricia dice:

    si el feudalismo de venezuela es de larga data, pero lo q parecia al comienzo ser un “despertar!” fue un engaño, llamemos a las cosas por su nombre ENGAÑO. no se dadinero asi como asi, SE EDUCA! , NO SE VA A BUSCAR A LA GENTE CON LOS GORROS ROJOS PARA CONCURRIR A LOS ACTOS , la gente debe ser libre! y si no vas , no tenes empleo! El poder fue el enemigo de Chavez, él regalaba el petróleo de los venezolanos sin consultarnos, EL PETROLEO ES DE VENEZUELA, DE LOS VENEZOLANOS, y contradictoriamente Chavez tiene el tratado bilateral, por así decirlo, de toda le venta de petroleo a USA … SIN MAS COMENTARIOS, una sociedad muy dividida, donde su Presidente fomentó el odio…

  7. las circunstancias hacen que en estos momentos Venezuela sea la nación cuestionada ….. pero en mi modesto pensar creo que América Latina esta enmarcada politicamente y económicamente en el ejemplo Chavista …. es de preocupante la situación y lamentablemente no hay quienes sean capaces de revertirla de una manera justa hacia el PUEBLO quien en difinitiva hacen las naciones

  8. ranacasti dice:

    Muy buena la columna.
    La pregutna seria de que otra forma Venezuela podia salir del pozo en el que estaba. Los gobernantes pre chavistas era y son (alguno quedara) verdaderos demonios vende patrias casi al mismo nivel que los africanos expertos en la materia. Dejan chico a ladrones y villanos que tuvo argentina, brasil y chile… no se hasta donde la balanza es negativa con las pocas alternativas existentes.

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