Política, moral y aborto

La campaña para convocar a un plebiscito para derogar la ley que legalizó el aborto descansa en unos argumentos –si es que se los puede llamar así–  terroristas, engañosos y simplificadores. El más grotesco de todos es el que pretende que con la legalización del aborto se otorga una patente para asesinar. Tal es el caballito de batalla de los Pro-Vida y a ese caballito es al que hay que combatir: un embrión de ocho o diez semanas no es una persona, no es un sujeto de derechos, no puede vivir fuera del cuerpo de la madre; un embrión no es un ser humano, es un ser humano en potencia. Dado que mis argumentos en favor de la legalización del aborto siguen siendo básicamente los mismos que cuando nuestro ex presidente Tabaré Vázquez vetó una ley en ese sentido, reproduzco el artículo que escribí entonces.

La polémica por la legalización del aborto en este país parece una nave a punto de naufragar en el mar de la confusión y la manipulación. Si se sigue este rumbo a nadie debería extrañar que lo único que se escuche sean falacias y mentiras. Todavía no se ha acusado a los partidarios de legalizar el aborto de asesinos, pero tengan paciencia que la condena llegará. Si el presidente veta una ley que legaliza el aborto apelando a sus personales convicciones morales, sin siquiera aclarar en qué consisten esas convicciones, es muy difícil discutir. Así no hay argumento que aguante ni polémica que dé frutos. En esta atmósfera todo es posible y nada es lo que parece.

1. Se sugiere, por ejemplo, que quienes proponen legalizar el aborto somos partidarios del aborto, como si los que defendemos ese derecho fuéramos una pandilla de frívolos que poco menos que nos encanta que se recurra al aborto como método anti-conceptivo ordinario. Pues no: a nadie le seduce la idea de abortar. Sucede que a veces las mujeres quedan embarazadas en contra de su voluntad y no parece que por ese “pecado” se las deba condenar a tener un hijo que no desean.

Tampoco hay que fiarse de la apariencia de que quienes están a favor de mantener la prohibición son almas piadosas que quieren ahorrarle a las mujeres la “traumática experiencia” del aborto. Digan lo que digan los prohibicionistas, no han acabado ni acabarán jamás con la extendida práctica del aborto. Lo único que consiguen y conseguirán los enemigos de la despenalización es que las mujeres pobres se sigan practicando abortos en condiciones inseguras y riesgosas y las que tienen dinero en condiciones relativamente aceptables. Y esto lo saben perfectamente quienes se rasgan las vestiduras y las sotanas ante la palabra aborto, lo que pone en evidencia su hipocresía y su responsabilidad por la muerte de mujeres como consecuencia de abortos realizados en condiciones infames.

2. Otra falacia, en este caso del presidente, consiste en pretender que su condición de médico es un motivo razonable y suficiente para rechazar de plano la despenalización del aborto. El argumento es absolutamente pueril y, en el asunto que nos ocupa, tan convincente como apelar a la condición de vegetariano o de hincha de Danubio, pongamos por caso. Si no fuera porque se trata de una velada advertencia a sus colegas de este país – ‘entérense de que prestarse a hacer un aborto está muy mal’–, el argumento movería a risa. ¿No sabe acaso el presidente que miles de médicos en todo el mundo, no sólo son partidarios de legalizar el aborto, sino que además ayudan a abortar a las mujeres en hospitales públicos? En lo que atañe a las “razones científicas” evocadas, aunque nunca explicitadas, por el presidente para oponerse a la legalización, francamente quedo pasmado. Ya me dirán ustedes qué pito toca la ciencia en el aborto. Es un mamarracho pretender que la ciencia misma puede darle la razón a los prohibicionistas  (ni a quienes defendemos la legalización, por cierto). Estamos ante un debate eminentemente político. Con fundamentos bioéticos o morales, si prefieren, pero eminentemente político.

3. Cuando se afirma que el asunto de la legalización del aborto remite a las convicciones morales de cada uno también se lleva agua al molino de la confusión, porque ésa es apenas una parte de la verdad. La sociedad moderna es moralmente plural. A diferencia de lo que ocurría en las sociedades premodernas, o en las actuales teocracias islámicas, el Estado no prescribe ahora comportamientos morales o religiosos ni exige a los ciudadanos que sigan determinadas conductas. Los egoístas o los envidiosos, por ejemplo, pueden gozar de mala prensa entre sus vecinos y amigos, pero en una sociedad democrática no van a parar a la cárcel, porque las leyes no están para castigar a los que se apartan del camino recto, sino para proteger derechos. Las creencias morales son asunto privado, no político. Se dice con mucha frescura que la controversia sobre el aborto es un asunto de morales y convicciones contrapuestas como si con eso se la zanjara definitivamente. No hay nada que hacer, se nos vendría a decir, cualquiera que sea la solución por la que se opte, aquellos cuyos criterios morales no sean tenidos en cuenta se sentirán lastimados. Pero aquí, y de nuevo en contra de las apariencias, no estamos frente al desafío de tener que optar entre morales contrapuestas, sino frente a un asunto eminentemente político, es decir a la necesidad de elegir –y este es el centro de la cuestión– qué criterios deben regir las relaciones entre normas morales particulares y normas legales. Es decir, un asunto del mayor alcance político. De cómo se aborden esas relaciones dependerá, en parte, qué tipo de democracia tendremos. Cuando Tabaré Vázquez afirma que vetará cualquier ley que legalice el aborto porque sus convicciones morales así se lo indican, no sólo está manteniendo una prohibición absurda; también está haciendo gala de una determinada concepción política, aquella que sostiene que es lícito imponer una moral a los ciudadanos. Una concepción que se parece demasiado a la de los ayatolás y los frailes.

¿Cuál sería, pues, la ley más justa en relación con el aborto en una sociedad laica que no acepta los imperativos morales de la iglesia católica, que, digámoslo sin eufemismos, son los que asoman la cabeza detrás de la prohibición? La ley más justa en este asunto será la que mejor preserve la pluralidad de principios morales que existen en la sociedad. Y esa no es otra, mal que les pese a las almas piadosas, que la legalización del aborto. Por una razón muy sencilla: la legalización del aborto no violenta las convicciones religiosas y morales de quienes creen que el aborto es algo inaceptable. La prohibición, en cambio, y aquí reside la gran diferencia, sí impide a aquellas mujeres que no comparten esos criterios morales a interrumpir un embarazo no deseado.

La despenalización –parece que hace falta recordarlo– no obligará a las damas de rosario, crucifijo y misa diaria a practicarse un aborto si no lo desean. El maniqueísmo es tan descarado en este asunto que frente a la propuesta de legalizar las drogas hoy proscritas o el matrimonio entre homosexuales,  nunca falta quien diga indignado: “¡Nos quieren convertir a todos en drogadictos y maricones!”.

4. Finalmente, otro tópico del que hay que cuidarse es el que afirma que los prohibicionistas son defensores de la vida, así a secas, y los partidarios de legalizar el aborto, enemigos de la misma.

Es falso que los partidarios de mantener al aborto en el territorio de lo delictivo sean partidarios de respetar la vida en general, porque en ese caso deberían oponerse también a la tala de árboles, a los mataderos y a terminar con cualquier forma de vida, incluida la de las cucurachas. En este carnaval semántico, todo está patas para arriba. Yo supongo que los salvadores de fetos quieren decir otra cosa: que están a favor, al igual que los que no tenemos esa vocación, de respetar un tesoro único e irremplazable, la vida de cada ser humano, con lo que la reflexión ya adquiere una dimensión filosófica y moral de mucho mayor calado que el caricaturesco “defensores versus enemigos de la vida”.

No pretendo dar aquí una respuesta definitiva a la pregunta de qué es un ser humano. Pero sí oponerme a que esa respuesta, sobre todo cuando de ella dependen las leyes de una sociedad democrática, ignore olímpicamente a toda la tradición occidental, a la que pertenece el cristianismo por cierto, y, por ende, a todo el derecho y la filosofía desde la Antigüedad hasta nuestros días, y nos remita a lo que dicen las sagradas escrituras o la doctrina de Benedicto XVI sobre el tema.

La vida estrictamente humana en la tradición occidental no es un asunto meramente biológico. La individualidad de los animales está genéticamente determinada, pero el hombre se convierte en tal en un proceso social y cultural. El feto no es un ser humano, sino un ser humano en potencia, por la misma razón que un huevo no es una gallina (y casi nadie confunde a uno con la otra). El feto tampoco es una persona, ya que ésta no es una categoría biológica, sino jurídica y social. Nadie se convierte en persona por multiplicación celular, sino por convención. No conozco ninguna legislación en nuestra civilización que considere que el feto es un sujeto de derecho. Hasta lo que alcanza mi conocimiento, en toda nuestra cultura moderna se es persona después del nacimiento, salvo para los cristianos por supuesto. Para ser sujeto de derechos hay que ser una persona, por tanto estar dotado de autonomía y el feto podrá ser cualquier cosa menos autónomo. No me opongo a que quienes así lo deseen retrotraigan la discusión a la Edad Media y refloten la “apasionante” discusión sobre el momento en que el proyecto de nuevo hombre empieza a estar dotado de alma, si en el momento de la concepción, a los tres meses de la misma u horas antes del alumbramiento. Pero no cuenten conmigo.

Paradójicamente, en el altar de esa idea abstracta de vida terminan sacrificándose miles de vidas concretas, de mujeres de carne y hueso cuyas existencias quedan segadas por abortos mal realizados o arruinadas por embarazos no deseados llevados coactivamente a término. Es que hace falta tener un ideal demasiado abstracto de vida humana para poder ignorar y condenar vidas humanas concretas, hechas y derechas, o torcidas da igual, pero siempre con pasados y presentes únicos e irremplazables, en nombre de la salvación de una vida en potencia.

No seré yo quien niegue que esa persona en potencia que es el feto tiene la maravillosa posibilidad de convertirse en hombre o mujer, pero que esa maravilla ocurra o no, debe ser una potestad de la mujer que lo lleva en su vientre, y sólo de ella, no una obligación impuesta a todas por un dogma, un pontífice… o un presidente.

Anuncios

4 Responses to Política, moral y aborto

  1. boatandil dice:

    Leer este escrito, reflexión, es halagador viniendo de una mente humana fluida, abierta, plural. No queda nada ni mucho para comentar. Lo ha dicho todo. No es lo mismo una bellota que una encina. Desde la concepción hasta nacer se es un ente potencial, no tiene “personería jurídica” (Concejo Europeo). Se es persona al nacer (España a las 24 hs), desde el punto de vista conceptual jurídico.(La pena de muerte mata a una persona jurídica). Estar a “favor” de despenalizar el aborto significa estar a favor de evitar muertes de mujeres, que dejan una sociedad “tocada”, huérfanos, etc.(Afríca la mujer es el pilar básico social). No es estar en contra de la vida, es a favor de dar garantías legales y sanitarias, evitando las desigualdades discriminatorias para que cuando una mujer decide NO SER MADRE, se le reconozca este derecho, así como se le reconoce el de SER MADRE. Es decir que para evitar ese embarazo NO deseado no deba correr el riesgo de cárcel o de muerte.
    Pretender evitar el aborto penalizándolo es ser corto de neuronas, ¿que país o sociedad consiguió erradicaro?. Esconderse bajo conceptos y convicciones religiosas personales para “vetarlo” es de corta personalidad humana. ¿Excomunión?, leer Derecho canónico, 1.323, además la historia de la iglesia y los papas no son ejemplos de sexualidad a copiar, PIO IX (1922-30) encíclica “Casti Connubiis”). Además se sigue “tirando” mucha tinta sobre este debate y perdiendo mucho tiempo, mientras se pierden muchas vidas con el aborto ilegal y clandestino. Agreguemos, ¿quién apoya las guerras, las violaciones, las desigualdades, las torturas?: NADIE. Pero, como el aborto, EXISTEN, y se debe hacer algo para evitar muertes y sufrimientos.
    El aborto no se eliminará de la faz de la tierra, quizás se podría disminuir (aunque la población femenina mundial, también aumenta). Se podría lograr con Educación, Información, Educación Sexual, igualdad social (menos machismo), PERO quienes son detractores del aborto son los mismos que ponen trabas e impiden la aplicación de estos programas.
    Yo no soy creyente, solo creo en las relaciones humanas (que pueden resultar buenas o malas), y es de agradecer al ser humano con su solidaridad y alguna filantropía, que ha mejorado la atención de estas mujeres (al menos las pudientes, aunque no comparto la desigualdad social), con técnicas menos agresivas y peligrosas, como me alegro mucho de la existencia de medicamentos para que la mujer pueda interrumpir su embarazo NO deseado, dentro de la ilegalidad obligatoria, pero más segura.

  2. magdalena dice:

    excelente, muy claro, ojalá que muchos lo lean y que todo salga bien

  3. TRF56 dice:

    Pero no habrá que ir a firmar el 23, “compañeros”, para que el pueblo se pueda expresar? No era eso lo que decían los compañeros cuando había que derogar la ley de Caducidad o el plebiscito del agua y de Ancap? Ahora NO hay que ir a firmar, parece, que contradicción más monumental!! Parece que es bueno que el pueblo se exprese en algunas causas y en otras no. Qué me contás

  4. Te cuento que te equivocás de interlocutor. Tus sarcasmos e ironías deberían dirigirse a quienes adoptaron la postura que señalás. Yo no voy a concurrir el domingo a habilitar el plebiscito sobre la ley que legalizó el aborto porque creo que la citada ley es, sin ser la panacea, mucho mejor que lo que teníamos antes (es decir la prohibición total). No me encuentro entre los que piensan que todo, absolutamente todo, debe ser resuelto mediante el expeditivo trámite de un plebiscito ni que el procedimiento plebiscitario sea el más democrático (como cree cierto izquierdismo infantil). No tengo el menor empacho en sostener que la ley de la discordia es totalmente legítima, que pasó todos los filtros democráticos previstos y que no necesita ser refrendada (ni derogada) en ninguna otra instancia. Es más, creo que los plebiscitos suelen simplificar las controversias hasta la caricatura, reducen las opciones a dos (sí-no, blanco-negro, derogo-mantengo, en contra o a favor), y los ciudadanos suelen votar, no sobre la base de una comprensión y entendimiento del asunto en cuestión, sino por simple identificación con el partido que defiende una u otra postura (recordemos el plebiscito sobre el agua). A pesar de que el debate en el Parlamento cuando se aprobó la ley no fue lo que se dice un ejemplo de deliberación, fue mucho más interesante que lo que tenemos en estos días, en los que todo se ha limitado a decir: “el 23 no voto” o “el 23 voto para que el pueblo decida”, es decir la nada más absoluta.

    La que está en problemas, creo yo, cuando afirma “Yo no voy a concurrir para habilitar el plebiscito” es aquella parte de la izquierda que siempre defendió el dogma plebiscitario, aquella izquierda capaz de proponer un referéndum hasta para decidir la compra de un oso panda por el Zoológico Municipal “porque-la-democracia-directa-es-la-más-democrática-de-todas”. La que se contradice brutalmente a sí misma es esa izquierda que siempre pidió a los ciudadanos que “firmen para habilitar el plebiscito para que todos podamos decidir” y “luego voten lo que quieran”. Mantuvo ese discurso con los plebiscitos sobre la Ley de Caducidad, sobre Ancap, sobre las empresas públicas, sobre el agua, etc. De modo que estamos de acuerdo: quien hace la apología de la democracia directa tiene que ser consecuente…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: