Siria

De nuevo suenan tambores de guerra en Medio Oriente. Esta vez las miradas y las armas apuntan a Siria, un país que desde hace dos años y medio se desangra en un conflicto interminable. Las revueltas de Egipto, Túnez y Libia fueron un juego de niños si se las compara con los más de 110.000 muertos que, según los cálculos más conservadores, ya se han cobrado las matanzas de Bashar al Asad y la guerra civil.

Si se excluyen la invasión y la guerra de Irak y el genocidio de Ruanda, nada comparable ha ocurrido en el mundo en las últimas tres décadas en términos de vidas perdidas. La mayoría, la gran mayoría, de las víctimas son civiles no combatientes y opositores a un régimen que no dudó en reprimir despiadadamente a un movimiento que en sus inicios tuvo el mismo carácter pacífico y masivo que otros de la llamada Primavera Árabe. Hoy el escenario ha cambiado: tenemos una guerra civil. Muy desigual si se repara en las fuerzas de las partes involucradas, pero guerra civil al fin.

Frente a la magnitud de la matanza, nadie puede fingir ignorancia ni mirar para el costado. Ese nadie incluye, por supuesto, a las Naciones Unidas y a los gobiernos pero también a las instituciones, partidos y personas que alegan estar preocupados por impedir las masacres, respetar los derechos humanos y promover la justicia y la democracia en el mundo, porque, a diferencia de otras épocas, esos loables empeños ya no admiten que se los invoque únicamente de fronteras para adentro.

Alegar que el actual conflicto en Siria sólo incumbe a los sirios –como sigue alegando cierta mentalidad anclada en los años de la Guerra Fría e ignorante de los avances que se han producido en materia de legislación internacional sobre derechos humanos– es en el mejor de los casos un acto de cinismo y, en el peor, de complicidad con un matarife como Asad. Lo mismo si se invocan los principios de no intervención o autodeterminación: el primero implica dejar a las víctimas de los dictadores libradas a su propia suerte –un asunto problemático para quienes se dicen solidarios con los oprimidos del mundo– y, obviamente, renunciar a pedir ayuda al mundo si el día de mañana se vieran, nos viéramos, en parecidas circunstancias. El segundo supone aceptar la indemostrable conjetura de que ahora mismo los sirios se están autodeterminando.

El problema, el eterno problema, es que los tiranos como Asad no suelen avenirse a razones ni a argumentos para dejar de matar. Ya ha asesinado a decenas de miles y nada indica que las palabras o las leyes vayan a disuadirlo de seguir haciéndolo. De modo que el resto de los Estados enfrentan el dilema de usar o no usar la fuerza para impedírselo.

El aparente uso de armas químicas por el régimen no es un asunto insignificante pero tampoco altera sustancialmente los términos de este dilema. ¿O acaso lo que sugieren las Naciones Unidas, Obama y los líderes mundiales es que están dispuestos a tolerar que Asad siga matando con armamento convencional pero no con armas químicas? Como toda regla, la prohibición de usar armas químicas, que está vigente desde hace casi un siglo, tiene algo de arbitraria. Sin embargo, en algún lugar hay que poner el límite de aquello que se puede o no se puede hacer. Y para el derecho internacional el recurso a las armas químicas es uno de esos límites. En cualquier caso, admito que reducir el problema a ese uso equivale a disimular aquello que está en juego en Siria, y que no es otra cosa que evitar que se siga masacrando a la población.

Tras el genocidio de Ruanda, la ONU puso en vigor el principio de la Responsabilidad de Proteger, una responsabilidad que concierne a la comunidad internacional cuando el gobierno de un país no es capaz de evitar los crímenes contra su propia población o, como en el caso sirio, es el primer responsable de esos crímenes. Entiéndase bien, no se trata de un derecho a intervenir, sino de una obligación. En el mundo en que vivimos, en el que ya no hay propiamente un “afuera” con el que tengamos una relación de exterioridad, no es posible desentenderse de los crímenes que tienen lugar en un barrio de la ciudad global, por más que ese barrio no sea el nuestro. Aunque la política siga siendo nacional, los derechos humanos ya son, afortunadamente, un asunto global (no recuerdo que ninguno de los que hoy se indignan ante la posibilidad de una intervención en Siria manifestara la misma preocupación por la detención y procesamiento de Pinochet fuera de Chile).

Como toda responsabilidad u obligación, la de proteger a las víctimas de crímenes de lesa humanidad o genocidios está sujeta a determinados requisitos. No cualquiera puede invocar ese principio para hacer lo que se le ocurra. Entre otros requisitos para usar la fuerza hay que contar con que sea efectivamente la protección de poblaciones amenazadas lo que esté en juego, que sea el último recurso, que esté explícitamente autorizado por las Naciones Unidas (en concreto por su Consejo de Seguridad) y que tenga razonables posibilidades de tener éxito (de lo contrario contribuirá, como suele decirse, a echar más gasolina a la hoguera).

Por estos motivos no pueden parangonarse todas las intervenciones militares de los últimos años. El establecimiento de una zona de exclusión aérea en Libia fue legal y contribuyó decididamente a volcar el curso de la guerra en contra de Gadafi. La invasión de Irak ordenada por George W. Bush fue el ejemplo opuesto: una decisión unilateral, sin la autorización del Consejo de Seguridad que, además, sumergió al país durante años en una violencia sectaria y política de la que aún no termina de salir.

Todo indica que la operación que se dispone a emprender  Obama formará parte de esta segunda categoría de intervenciones: será absolutamente unilateral e ilegal y los resultados de unos días de bombardeos no resolverán absolutamente nada, la guerra seguirá su curso, acaso el régimen emplee armas químicas si no lo ha hecho ya y el cese de las matanzas estará tan o más lejos que antes de la intervención. No vale argüir aquí que no hay más remedio que ignorar al Consejo de Seguridad, porque Rusia tiene allí poder de veto; es la legalidad que tenemos, una legalidad muy discutible, por cierto, pero no vale impugnarla o defenderla a conveniencia de parte. Probablemente no esté desencaminada la idea del gobierno de Estados Unidos de que las matanzas perpetradas por el régimen de Damasco no deberían quedar impunes porque, si así fuera, los tiranos y tiranuelos seguirán haciendo de las suyas. Pero desde el punto de vista del derecho internacional es totalmente irrelevante. Lo mismo que la arrogante pretensión de que la palabra de Estados Unidos debe tomarse en serio.

Este juicio sobre una eventual intervención militar de Estados Unidos no tiene ningún parentesco con las críticas enfocadas en los viles propósitos que “necesariamente” tienen que estar detrás de cualquier iniciativa de ese país. Después de todo, no tenemos que resolver dilemas morales (quiero suponer que todos condenamos las matanzas y la dictadura de Asad), sino cómo terminamos, si es que podemos terminar de una vez, con lo moralmente condenable, lo que constituye un asunto eminentemente político. Conviene hacer esta precisión porque cada vez que el gobierno de Estados Unidos emplea la fuerza militar en algún punto del planeta, o no la emplea (porque para denunciar al imperialismo vale tanto una cosa como la otra), se multiplican las voces que nos recuerdan el doble o el triple rasero de Washington a la hora de tomar decisiones. Los ejemplos disponibles son casi infinitos: recurrió a la mano dura con los militares birmanos pero recibe con los brazos abiertos a los dirigentes chinos, defendió los ataques contra Gadafi pero mantiene un silencio ensordecedor frente a los militares egipcios que acaban de dar un golpe de Estado, amenaza con bombardear Siria pero muestra una irritante tolerancia con las tropelías israelíes en la Franja de Gaza. En fin, que no vale la pena insistir en lo que los listos de la clase parecen haber descubierto, esto es que la política exterior estadounidense –y las relaciones internacionales en general– no están regidas por principios altruistas ni por el apego al derecho, sino por los intereses y la fuerza.

Hay que decir con todo que el horno global no está para bollos unilateralistas y que Estados Unidos no está en condiciones de prescindir olímpicamente de los demás actores internacionales. Es más, hay ocasiones en las que no parece estar demasiado a gusto con las cargas derivadas de su condición de gendarme planetario. A juzgar por las postergaciones, las dudas y la disposición al compromiso mostradas por Obama, esta anunciada operación de castigo a Siria parece ser una de esas ocasiones.

No se trata, pues, de poner de relieve lo evidente. La cuestión, creo yo, reside en si nos limitamos a denunciar esa inconsistencia de la política estadounidense o si la aprovechamos para terminar con (algunos) autócratas que han sobrevivido al cambio de siglo. Si Barack Obama se aviniera a esa exigencia de coherencia absoluta, lo más probable es que terminase por tolerarlos a todos (¿o alguien cree que se enfrentará a China por la represión en el Tibet o que romperá con la Junta militar egipcia?). Y nosotros deberíamos preguntarnos si preferimos que se ponga fin a dos dictaduras aunque cuatro queden en pie o si nos regimos por el inmaculado principio de “terminamos con todas o con ninguna”.

Tampoco cabe oponerse a una intervención militar por la incertidumbre y la inestabilidad que sobrevendrían tras una eventual caída de Asad, como nos recuerdan con tono de ‘ya lo advertimos’ quienes señalan con el dedo el caos de la Libia posGadafi… y los propios tiranos de esa parte del mundo, que siempre utilizaron la amenaza del fundamentalismo islámico para justificar sus respectivos regímenes y buscar el apoyo occidental. Va de suyo que nada (ni la ONU ni las potencias del mundo ni la mayor buena voluntad) puede garantizar una democracia estable en unas sociedades que vivieron sojuzgadas en los últimos cuarenta años y que no cuentan con partidos sólidos ni con una tradición política democrática. Pero se me ocurre que el pase a retiro de un dictador, o el cese de una matanza, justifican asumir los riesgos que nos auguran. La caída de una dictadura casi siempre incluye cierta dosis de inestabilidad.

Los anuncios de que una intervención exterior sumergirá a Siria en un baño de sangre parecen ignorar que Siria ya es un baño de sangre.

No descarto que muchos de los que lean estas líneas queden decepcionados por la abundancia de problemas expuestos y la escasez de tomas de partido indubitables e inequívocas a las que algunos están inclinados en circunstancias como éstas. Es que rechazar el único “remedio” presentado hasta ahora a la tragedia siria (los bombardeos estadounidenses) por ser manifiestamente ilegal y de escaso o nulo impacto, no significa que podamos permitirnos asistir de brazos cruzados a los desmanes de Asad. Ya tenemos demasiados antecedentes de genocidios y crímenes que nadie evitó para no intervenir “en los asuntos internos de otros países” o para no “agravar” un conflicto. ¿Nos resignaremos a contar los muertos y a ventilar nuestra indignación moral en foros internacionales y canales de televisión como cuando “descubrimos” el genocidio de Ruanda y la limpieza étnica en la exYugoslavia? Podemos, tal vez debamos, gritar “¡Así no, Barack!”, pero la pregunta que queda es ineludible: “¿entonces cómo?”.

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2 respuestas a Siria

  1. Escorpión dice:

    Por si a algún incrédulo le quedan dudas sobre lo que está sucediendo en Siria, sobre los crímenes que se están produciendo. Son los resutlados de la comisiòn investigdora independiente sobre Siria creada por la ONU

    http://www.ohchr.org/EN/HRBodies/HRC/IICISyria/Pages/IndependentInternationalCommission.aspx

  2. Explorador dice:

    Está bien el articulo y no desilusiona; Lo mejor es enemigo de lo bueno. No se si podemos hablar de “guerra civil” cuando están entrando miles de combatientes desde Irak y Turquía, anoto por eso de retirar la idea de una guerra emprendida por un movimiento plenamente Sirio en contra de su dictador.

    Luego está Irán que tiene un tratado de mutua defensa con este país y Rusia con su única base en el Mediterráneo y extranjero. Esto igual parece que lo tienen mas o menos negociado con los Estados Unidos.

    A los habitantes de siria les ha tocado la desgracia de ser un punto de inflexión en el tablero, de aquí puede salir un nuevo orden mundial o una cagada de proporciones siderales.

    En fin, nos queda comentar la jugada.

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