El ministro y la lucha de clases

EFH1

Los nuevos tiempos escandalizan a muchos viejos tupamaros. Demasiados cambios para asimilar de un solo golpe a los setenta y pico. Parecen añorar las certezas de toda la vida, cuando no había dudas sobre dónde estaban los buenos y los malos y cinco consignas bastaban para tomar partido ante los problemas del mundo.

Que ahora se aspire a la igualdad entre hombres y mujeres, que se hable del derecho de los homosexuales a casarse o de legalizar el consumo de marihuana les provoca un gran dolor de cabeza y, sobre todo, un gran desconcierto. ¿Cómo hemos llegado a esto? Nuestro ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, tiene la explicación de la actual preocupación de la izquierda por la ampliación de los derechos democráticos: se trata de una agenda inventada por Estados Unidos y la socialdemocracia europea para evitar hablar de la lucha de clases. Así de simple.

No deja de resultar raro el énfasis puesto en la lucha de clases por un ministro que durante su última entrevista muestra una delirante obsesión por tener Fuerzas Armadas más poderosas y aviones ultramodernos para defender a la patria (esa abstracción que no sabe de diferencias de clase internas) de los ataques de quienes aparentemente se quieren quedar con “nuestros” recursos y matar a 3.000 millones de personas.

Es verdad que cuando los gays o cualesquiera otros grupos unidos en torno a una identidad de sexo, raza o nacionalidad, intervienen en polìtica únicamente para hacer valer lo propio, desentendiéndose de una perspectiva de conjunto, ciudadana, se erosiona el espacio público. Pero no parece que la furia del ministro tenga que ver con semejantes reflexiones. Da toda la impresión de que su desprecio de las aspiraciones democráticas mencionadas más arriba es una simple pataleta de un reaccionario que, amparado en un concepto que aún goza de cierto prestigio entre sus huestes, prefiere burlarse de los reclamos de unos movimientos que impugnan sus certezas sobre el orden del mundo. O bien es el resultado de un enorme equívoco, que comparte con muchos otros, acerca del estatuto de la lucha de clases.

A diferencia de las aspiraciones de las mujeres y los homosexuales a la igualdad, de los ecologistas a evitar el despilfarro de recursos y a proteger el entorno en el que vivimos y de los asalariados a mejorar sus condiciones de trabajo, la lucha de clases no es un programa de acción o algo susceptible de ser promovido o fomentado, como simplistamente creen algunos izquierdistas y denuncian muchos conservadores (por ejemplo, los que alegan que tales o cuales personas u organizaciones “fomentan la lucha de clases”), como si su ocurrencia obedeciera a la voluntad de alguien. La de la lucha de clases es más bien una teoría interpretativa, está más cerca de la filosofía de la historia que, como ha sido dicho, de un programa para la acción. Para Marx, la lucha de clases permitía comprender la dinámica de la sociedad. Se puede discutir hasta que ardan las candelas si esa teoría es apropiada para dar cuenta de lo que ha acontecido en el pasado y lo que acontece en el presente, pero no deberíamos oponer la lucha por un derecho a una teoría interpretativa de la historia. O por decirlo en menos palabras: ¿por qué habría de optarse entre defender el derecho de los homosexuales a casarse y la teoría en cuestión? El dilema sólo existe para quien cree que unos movimientos sociales que luchan por la igualdad de derechos es de la misma entidad que una teoría, la de la lucha de clases. O sea, un mamarracho. Es como sostener que necesariamente deberíamos optar entre defender el sufragio universal o la teoría de Thomas Carlyle sobre el papel de los grandes hombres en la historia.

Constatado el mamarracho, no resisto la tentación de decir algunas cosas sobre la vulgarizada teoría de la lucha de clases. Hasta un inconmovible defensor de la vigencia del pensamiento de Marx, como Terry Eagleton, sostiene en su Por qué Marx tenía razón que tal vez no deba tomarse en sentido literal la célebre sentencia del Manifiesto Comunista de que “la historia hasta nuestros días ha sido la historia de la lucha de clases”. Después de todo, esa obra era un texto de propaganda política y estaba llena de recursos retóricos. Me resulta difícil creer que Marx, cuyo pensamiento era mucho más sofisticado y complejo que el de los marxistas que repiten esa frase, la concibiera en sentido literal. Sólo mediante un pasmoso reduccionismo o una monumental ignorancia de la historia, puede pensarse que las controversias entre luteranos e Iglesia Católica en el siglo XVI –o la actual guerra civil en Siria, o la discriminación de los homosexuales, o el auge del nacionalismo catalán o la evolución de las ciencias y las artes… o los delirios de grandeza de Berlusconi– se explican por, o son un mero subproducto de, la lucha de clases. La historia registra demasiados acontecimientos (me refiero naturalmente a acontecimientos políticos) que no pueden ser reducidos a una lucha entre clases. Es más, no pocos episodios del pasado pueden interpretarse como una lucha entre sectores de una misma clase. Las últimas guerras mundiales, sin ir más lejos, han sido guerras entre burguesías de diferentes países. ¿Qué pitos toca la lucha de clases en la guerra de las Malvinas?, ¿y en la historia de la ciencia?, ¿y en los conflictos étnicos y religiosos? Sencillamente, la lucha de clases no puede explicarlo todo.

Tampoco se puede pretender, como de alguna  manera sugiere nuestro ministro de Defensa, que todas las aspiraciones democráticas o las luchas por la igualdad y en contra de la discriminación y la opresión (entre ellas nada menos que las de las mujeres, que constituyen la mitad de la población) se subordinen a una lucha que alguien ha decretado que es la más importante de todas. Puede comprenderse que en una sociedad sometida a una dictadura, por ejemplo, se alegue que conviene aparcar momentáneamente determinados reclamos para cumplir el propósito de terminar con la tiranía, pero no puede extrapolarse sin más esa forma de razonar a todos los conflictos y problemas de sociedades complejas y democráticas como las actuales. No se ve por ningún lado por qué, pongamos por caso, aspiraciones que no llevan la marca de una reivindicación de clase, como son las aspiraciones a la igualdad y la no discriminación de los gays y las mujeres, o a favor del laicismo en la educación, o de los habitantes de un barrio a vivir en un ambiente no contaminado, serían incompatibles con aquellas que sí llevan ese sello.

La política, sobre todo la política contemporánea, no se deja explicar únicamente por la lucha de clases. Sólo excepcionalmente el conflicto objetivo de intereses ha asumido la forma de una batalla política abierta y declarada entre clases. Particularmente en la actualidad, en la que casi han desaparecido los partidos políticos de clase y es casi imposible establecer una correspondencia automática entre la pertenencia a una clase social y las preferencias políticas.

No obstante, ¿quién se atrevería a negar que la política no se ocupa únicamente de dirimir conflictos y oposiciones de ideas u opiniones, sino, y sobre todo, de intereses y aspiraciones? Pero esa constatación no equivale, en primer lugar, a afirmar que esos intereses y esas aspiraciones no pueden ser objeto de deliberación pública para establecer cuáles deben atenderse y cuáles ignorarse según criterios de justicia. Si así no fuera, no habría política en sentido estricto, sino una mera lucha de poder, que se dirimirá por la fuerza de cada cual. En segundo lugar, reconocer que el conflicto de clases tuvo y tiene una influencia nada desdeñable en la dinámica de la sociedad tampoco equivale a sostener que la historia es un mero subproducto de ese conflicto, o que su curso está determinado por él. Por último, constatar que el conflicto de intereses ocupa un lugar preminente en la sociedad es una cosa y otra diferente es sostener que esa disputa lleva siempre la marca de clase; y otra muy diferente es hacerse la ilusión de que si desapareciesen las clases sociales, desaparecerá el conflicto y viviremos en eterna armonía.

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