Idolatría de la juventud

larrañaga-lacalle-pou-elecciones-2014-eLos políticos y especialmente los expertos en el arte de navegar en el mercado político —que es a lo que a menudo se reduce la política en estos tiempos— nos anuncian cada tanto un nuevo santo al cual encomendarnos, un nuevo fetiche al que adorar, cuya sola invocación produciría milagros tan grandiosos como regenerar la política o tan prosaicos como ganar una elección. Aquí y ahora el nuevo evangelio se llama juventud.

En este país nunca sabemos de qué se habla cuando se habla de juventud. ¿Incluimos en categoría tan huidiza a los que ya pasaron la cuarentena?, ¿nos referimos a los jóvenes que mastican su frustración en el Barrio Borro, a los que desprecian a los “planchas”, a los que no estudian ni trabajan, a los indiferentes a la política? El joven al que la corrección política imperante le atribuye el papel de rescatar a la política del marasmo en el que supuestamente se halla –y el derecho a ocupar una parcela de poder político por el mero hecho de serlo– es un joven sin atributos, una figura neutra, abstracta, inhallable.

Ahora mismo los partidos que tienen líderes jóvenes exponen sus edades como trofeos, porque sospechan que la sociedad tiene en gran estima ese rasgo. Por parecidas razones, los que tienen dirigentes más mayorcitos se desgañitan por decorar sus hojas de votación con candidatos nacidos en años más recientes, como quien pretende redimirse de un pecado inconfesable.

Dejemos de lado el mimo y la condescendencia que se le dispensa a la juventud en casi todos los ámbitos de la sociedad, la condición de víctima que le atribuye la corrección política y ciñámonos al papel purificador de la política al que estaría abocada. No porque no haya relación, que la hay, entre los primeros y la inclinación a convertir la mocedad de un político en mérito o virtud cívicos, sino simplemente para no perdernos por las ramas del argumento e ir directamente a lo nuestro.

Desde una perspectiva estrictamente política, ¿por qué los ciudadanos deberíamos preferir a un candidato joven a uno maduro o anciano?, ¿existen virtudes o atributos políticos propiamente juveniles que se puedan comparar con ventaja con los de los viejos? En lugar de interrogarse sobre estos asuntos –ineludibles cuando se sostiene que una de las tareas de la hora es reemplazar al supuestamente vetusto elenco político actual por otro de menos edad–, quienes peroran sobre el papel de la juventud en la política se dividen entre los que señalan el nombramiento de un joven, una mujer o un miembro de cualquier minoría supuesta o realmente discriminada, en un cargo oficial o su inclusión en una hoja de votación como ejemplos de lo que se está haciendo para corregir injusticias,  y quienes los denuncian como un vil engaño a los ciudadanos para que no reparen en todo lo que aún queda por repararse. Pero ninguno se formula la pregunta de por qué la política saldría ganando si tenemos más jóvenes en cargos públicos y partidarios.

La idea de que los partidos políticos necesitan renovarse, que su anquilosamiento exige pasar a retiro a unos líderes que se resisten a aceptar su ocaso se ha instalado en la sociedad y forma parte del sentido común. Ha estado explícita o implícitamente presente en las trifulcas de todos los partidos políticos en las recientes elecciones internas, y no seré yo quien la contradiga. No es un discurso estrictamente nuevo. Cada vez que los ciudadanos manifiestan alguna forma de decepción con la política –y tenemos asegurada la decepción cuando el ciudadano se comporta como un consumidor que concurre al espacio público únicamente a maximizar sus beneficios–, los partidos no tienen otra ocurrencia que presentar un nuevo rostro para seducirlos. Ahora ese nuevo rostro debe tener pocas arrugas y no más de 50 años. Nada de qué sorprendernos, pues ya estábamos advertidos de que, a diferencia de la vejez, que siempre está de más, lo característico de la juventud es que siempre está de moda.

Lo relativamente nuevo es el sofisma de que la renovación política consiste en un cambio generacional. No encuentro ningún argumento satisfactorio para pensar que ese eventual reemplazo traerá las soluciones que esperamos de la política. Aunque si es cierto lo que afirma André Malraux de que “la juventud es una religión a la que (tarde o temprano) uno acaba convirtiéndose”, tal vez no sea exactamente un argumento lo que el lector esté aguardando.

Hay políticos jóvenes que expresan lo peor de la vieja política y políticos viejos suficientemente lúcidos y con el coraje intelectual necesario como para pensar en alternativas nuevas a problemas inéditos… o a los de toda la vida. Es una obviedad, claro. Pero dada la generalizada inclinación por la corrección política (y el elogio de la juventud es una de sus manifestaciones), a veces es necesario recordar lo obvio.

Es posible que esta ilusión de la que hablo sea hija de otras: por ejemplo, de una que, según la historiadora Ludivine Bantigny, nos viene del siglo XIX y que consiste en considerar a la juventud el sujeto de la regeneración de la sociedad, el símbolo de la renovación social, la categoría social por excelencia capaz de emprender las transformaciones que andamos necesitando. Pero hay algo que precede (no cronológica sino lógicamente) a esta retórica celebración de la juventud como sujeto privilegiado del cambio y que convendría interrogar. Ese algo que late en la identificación de la juventud con el cambio es el fetichismo del cambio mismo, de lo nuevo, la muy moderna convicción de que la subversión de lo dado siempre es deseable, de que como todo puede ser profanado, porque nada es sagrado ni está protegido de la crítica, todo debe ser cambiado. Sin embargo, entre ese podemos y ese debemos a veces crecen, como hongos después de la lluvia, la pura novelería y la confusión de lo estrictamente nuevo con la última versión de lo mismo, males que afectan a los jóvenes, aunque no solo a ellos por cierto. Al menos en política (aunque sospecho que en todos los ámbitos de la vida) convendría no sacralizar el cambio al punto de perder de vista que hay tradiciones que merecen ser preservadas. Sin ir más lejos, en medio de tantos populismos, identidades tribales y fundamentalismos de todas las hechuras, hay aspectos de las tradiciones republicanas de este país de los que no convendría renegar frívolamente. No para adorarlos ni rendirles tributo con discursos altisonantes como hacen los reaccionarios, sino para cambiar lo que haya que cambiar pero cuidándonos de no arrojar a la criatura con el agua sucia.

Pienso en cualquiera de los muchos problemas que hoy erosionan a la política y la despojan de su potencial emancipador y justiciero y no logro identificar ninguno cuya solución sea más factible si tenemos jóvenes en lugar de viejos al frente de los partidos.

Por poner un ejemplo: uno de los problemas de la política contemporánea reside en que se focaliza exclusivamente en el presente, ha renunciado a pensar el futuro, porque su empeño consiste más en adaptarse al mundo común que en darle forma según criterios de justicia. Casi toda la acción política está hoy organizada en torno al horizonte de ganar elecciones. Esta tiranía del presente es un enorme problema para la política, porque las decisiones concernientes a la mayor parte de los asuntos de nuestro tiempo (y la implementación de cualquier reforma) no son abordables en los tiempos cortos de los ciclos electorales ni con la velocidad de las lógicas económica o tecnológica, que le exigen a la política que se someta a ellas. Los electores también están imbuidos del mismo vértigo: sólo les interesa el aquí y el ahora. Pues bien, el sentido común y la pegajosa retórica de los jóvenes portadores de futuro sugerirían que nada mejor que ellos para hacerse cargo del futuro. Con toda una vida por delante –en contraste con quienes ya han agotado buena parte de las propias–, serían los que estarían en mejores condiciones para evitar las prisas. Nada menos evidente en una época en la que la cultura social, en especial la cultura juvenil, está fascinada por la velocidad y en la que la espera resulta irritante.

Comprendo mejor, en cambio, la elevada cotización de los títulos juveniles en la política tal cual es, es decir en una preocupada por las imágenes, los gestos y los rostros de los candidatos. Es que en la era de la mediatización de la política, su personificación es una exigencia casi inevitable, porque para la gramática de los medios, las ideas son demasiado abstractas y no interesan a nadie (especialmente para la televisión, que se maneja con imágenes). Lo que necesita la política mediatizada son historias contantes y sonantes de hombres de carne y hueso. En este contexto sería lo de menos que “la juventud [tenga] el temperamento vivo y el juicio débil”, como sostuvo Homero, o que “[sepa] lo que no quiere antes de saber lo que quiere”, como escribió Jean Cocteau. Pero si entre las virtudes cívicas incluimos, entre otras, la prudencia de los antiguos, la sabiduría, la capacidad argumentativa, la disposición a deliberar y a regirse por el criterio de justicia, las ventajas de tener más jóvenes en el elenco político resultan cualquier cosa menos obvias.

Aclaración para mentes binarias: no estoy sugiriendo, por mera oposición, que tener 70 o más años baste para encarnar esas virtudes o que –¡dios nos libre!– Tabaré Vázquez sea su máximo exponente.

Lo que estoy afirmando, por si no se notó, es que la pretensión de que la juventud está llamada a renovar y regenerar la política no tiene grandes asideros; es parte del decálogo de la corrección política contemporánea. Los jóvenes son, junto a las mujeres, los gays, los negros, los pueblos originarios y cualquier minoría supuesta o realmente estigmatizada (con identidad propia, eso sí), los nuevos héroes discretos de una época posheroica, en cuyo espacio público aumentan los aspirantes a representar a esos grupos y disminuyen los interesados en ocuparse de todos.

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Una respuesta a Idolatría de la juventud

  1. Pablo dice:

    Muy buena, Barreiro, muy divertida. Rengo, ciego, joven, barbudo, surfista, viejo o epiléptico, a quién le debería importar.
    Lo interesante sería que tuviera buenas ideas, ganas de laburar, capacidad de articulación, de gestión…
    El viejo Chifflet se fue por lo de Haití, entre otras cosas, supongo.
    El Sendiquito estuvo levantando la mano desde que empezó este nuevo show. Hasta se sacó el bigote. Daba vergüenza.
    Son personas públicas. Eso implica, en estos tiempos, que tienen que hacer equilibrio entre Código País y Verano Perfecto.
    Pobres de ellos, y de nosotros.

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