Sobre identidad y política

identidad3 La idea de que la identidad de las personas y los grupos tiene un papel relevante en política es relativamente nueva, pero ya ha transformado radicalmente los modos de tramitar los asuntos colectivos. Hemos pasado de las clases como categoría clave del análisis y el quehacer políticos y de la igualdad como aspiración, a las de identidad, minorías, grupos de adscripción, con su reivindicación del derecho a la diferencia y el reconocimiento, típicamente posmodernos.

La forma en que el marxismo hegemónico y el liberalismo entendieron y siguen entendiendo la política tiene no pocos problemas. No los voy a abordar aquí, no teman. Sólo quiero señalar el contraste entre una política que pretendía ocuparse de todos –incluso el socialismo más clasista tenía un horizonte universalista, pues con su emancipación, el proletariado iba a liberar a la humanidad entera– y otra, la actual, en la que el espacio público está superpoblado por una serie de grupos y minorías anclados en identidades sexuales, étnicas, culturales, religiosas, que se ocupan de lo particular, que no pretenden hablar en nombre de ningún bien común, sino que reclaman reconocimiento en el espacio público y presencia en las instituciones políticas por ser quienes son, desentendiéndose del conjunto.

Actualmente el espacio público es un espacio fragmentado. En nombre de alguna de las incontables identidades particulares parece haber desaparecido el horizonte de lo común. Pululan los colectivos de un solo tema y escasean los que se ocupan de todos. Cualquiera que lleve adherida la etiqueta de progresista debe hablar en nombre de algún movimiento con identidad sexual, racial, religiosa o cultural propia. La última versión de lo políticamente correcto viene con pueblo originario, cultura ancestral y perspectiva de género incluidos. Hasta los barrios y clubes de fútbol se ufanan –¡adivinen!– de su singular e irrepetible identidad.

El fenómeno permitió que la desigualdad y la discriminación que sufrían esos grupos se expusieran crudamente a la luz pública. Su voz fue y es necesaria para recordarnos esos problemas, pues quienes no los padecen no suelen siquiera percibirlos. Mi propósito no es, sin embargo, insistir en sus méritos, pues gracias a la imperativa celebración de la diversidad que caracteriza a nuestra cultura política, los grupos identitarios tienen abogados de sobra. Lo que propongo, sepan disculpar, es hablar de los problemas del irresistible ascenso de la política identitaria.

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La política, la política moderna al menos, aspiró a corregir las desigualdades resultantes de aquello que no depende de nosotros, como la cuna en la que nacimos, la raza o el sexo que tenemos y configurar una sociedad de iguales. Para eso era imprescindible reducir la influencia de lo que no depende de nuestras elecciones (el origen social, la tradición, la cultura en la que se nació, los condicionamientos biológicos), de modo de equilibrar las posibilidades de todos de elegir y desarrollar un proyecto propio, es decir la vida que se quiere llevar, que después de todo en eso consiste la libertad. Antes de que la preocupación por la identidad se hiciera omnipresente, la política –especialmente una política transformadora, de izquierda– se proponía precisamente “ignorar” esas determinaciones no elegidas, no en el sentido de negar su existencia, sino en el de trascenderlas.

La “identidad democrática” (permítanme la licencia) no está obsesionada con las diferentes identidades grupales, sino con los derechos comunes de todos los humanos. Acepta las peculiaridades de cada uno, pero no las adora ni les garantiza su eterna pervivencia, porque quiere que las personas dejen de ser prisioneras de un destino determinado por el origen. Ese vástago del republicanismo que es el socialismo, no sacralizaba a la clase obrera, creía que estaba llamada a desaparecer, pues le parecía que su condición era terriblemente limitada, como lo es la de cualquier grupo definido en torno a un único y reductor rasgo.

Los grupos identitarios (cuyas diferencias no puedo abordar en un espacio limitado como este), parecen, en cambio, más preocupados por ufanarse de sus orígenes, por lo que son, por aquello que es inmodificable de su condición, como le ocurría al Goofus Bird, el pájaro de “El libro de los seres imaginarios” de Borges, que construía su nido al revés y volaba para atrás porque no le importaba a dónde iba, sino de dónde venía. De acuerdo, no somos iguales, pero la política republicana es un proyecto de igualdad, no de celebración de las diferencias.

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La política no es posible cuando no hay espacio público, dice el filósofo Daniel Innerarity, ese lugar donde se ponen en juego los diferentes intereses y deseos, donde se consideran las distintas reivindicaciones, y cuyas síntesis y decisiones pueden implicar postergar algunos de esos intereses particulares. Sin ese poner en juego los propios intereses y convicciones no hay política. Y eso es lo que ocurre cuando el reclamo identitario (y no solo el identitario) pasa al primer plano o cuando se incursiona en el espacio público sólo para hacer valer “lo propio”.

Ahora forma parte de nuestra normalidad política que grupos religiosos reclamen subsidios para sus escuelas; que los ortodoxos judíos justifiquen la limitación de los derechos de “sus” mujeres en nombre de sus particulares creencias; que los llamados pueblos originarios tengan (como en el Estado plurinacional de Bolivia) un sistema de justicia propio, diferente al que están sometidos el resto de los ciudadanos (y que incluye castigos físicos); que los nacionalistas catalanes no quieran compartir con el resto de los españoles “sus” impuestos; que en este país los legisladores evangélicos sostengan que respetarán la constitución siempre y cuando no vaya contra la ley de dios; que la discriminación positiva no se asuma como un mal menor, como política circunstancial y paliativa, sino como un ideal regulativo, como una conquista. Lo que late detrás de estos ejemplos es la pretensión de sustraerse a las reglas que nos rigen a todos y que ha llegado incluso a la desmesura de reclamar el blindaje frente a la crítica y el sarcasmo, a la exposición de razones (que ahora se consideran ofensas), como aducen los fundamentalistas islámicos (y los inciertos descendientes de charrúas) ante la indulgente “comprensión” de no pocos multiculturalistas e izquierdistas.

Algunos protestarán por haber incluido a los colectivos citados en la misma bolsa, pero me permito recordarles que a la hora de invocar la singular identidad de cada cual, la nuestra no tiene estatus de nobleza. A la hora de jugar al juego de las identidades, los del Ku Klux Klan también tienen derecho a la suya. Conviene no olvidar que en la llamada sociedad civil hay de todo, como en botica.

Hay una diferencia sustancial, que en la fiesta identitaria no siempre se percibe, entre exigir el cumplimiento del derecho de un negro o un gay a no ser discriminados por su condición a la hora de ingresar a la universidad (o a un bar), a que se escuche su voz en política y creer que existen derechos específicos de negros, gays y mujeres. Lo que hay que corregir son las desigualdades que les impiden ejercer sus derechos, no crear derechos especiales para ellos… como creo que ocurre con la figura del feminicidio de reciente creación (y estoy dispuesto a dejarme convencer de lo contrario con argumentos, no con consignas).

No discuto que para corregir las desigualdades entre razas, sexos y culturas haga falta algo más que apelar al respeto de las reglas de igualdad que rigen para todos en las democracias contemporáneas. Lo que discuto es la convicción de que el remedio a una universalidad que no llega a ser tal sea impugnar a la universalidad como tal (por cierto, no hay que confundir universalidad con homogeneidad). La falta de igualdad en la sociedad no se corrige adorando y cultivando las diferencias. La desigual capacidad de influencia política tampoco se supera repartiendo nichos de influencia. Con la actual deriva, el peligro es que terminemos identificándonos, no con los que compartimos una aspiración, o un proyecto, que remiten al futuro, sino con aquellos que se nos parecen.

Nada tengo en contra de la discriminación positiva propia de la ley de cuotas, siempre y cuando, claro, se acepte que es una disposición que no puede durar eternamente, que no es aceptable reservarle una parte de la representación política a un grupo particular de ciudadanos. Mi crítica está dirigida a una concepción que parte del supuesto, ampliamente compartido por el sentido común, de que lo lógico sería que la composición de las instituciones políticas reflejara más o menos fielmente la estructura de la sociedad. Se lo reconozca o no, lo que se viene a decir es que si hay 50% de mujeres en la sociedad, a la corta o a la larga, tendremos que marchar hacia un Parlamento con 50% de mujeres, y con un porcentaje de legisladores negros y de homosexuales equivalente al peso que esas minorías tienen en la población. Es esta idea la que pretendo impugnar. Porque presupone que la mejor democracia es aquella en la que hay uno de cada en las instituciones. Si la representación se llegara a repartir como una torta entre los diferentes grupos adscriptivos para que se ocupen de “sus” problemas en el espacio público, se impone una pregunta: ¿y quién se ocupa de los problemas de todos? ¿O ya no hay más problemas de todos?

Si la política fuera una traducción exacta de la sociedad civil, terminaría en una guerra o bien en una feria a la que se concurre a reclamar lo propio, una conducta que, paradójicamente, se parece más a la del consumidor que a la del ciudadano. En el espacio público es donde se ponen en juego esas aspiraciones, donde se discuten y tramitan, cosa que no puede ocurrir cuando se entiende a la justicia casi exclusivamente como el reconocimiento de lo mío congelado en su radical inmediatez. Con la caída del ideal socialista, dice Zygmunt Bauman, “las reivindicaciones sociales se encuentran huérfanas. Estallaron en infinidad de demandas difusas. Guerras por el reconocimiento cuya primera víctima fue el ideal de una sociedad justa”.

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Para la justicia lo básico es el respeto igualitario hacia los individuos, no hacia los grupos. La igualdad entre grupos no equivale a la igualdad entre personas. Los grupos de identidad pueden gozar de parejos derechos y representación y, sin embargo, sus miembros sufrir desigualdad y opresión. La libertad del individuo frente al grupo es primordial, tanto en la sociedad en general como en el seno de las comunidades de identidad. Vale aclararlo porque la exigencia de respetar las tradiciones y especificidades de determinadas comunidades culturales, religiosas o étnicas a veces va de la mano del desprecio de la libertad de los miembros de esa comunidad. ¿Qué autonomía es más importante en una sociedad democrática, la de una “cultura” que impone a sus miembros la exigencia de que se casen entre sí o la de la joven afgana que quiere casarse con un joven británico? No deja de ser llamativo que quienes reclaman el respeto al sacrosanto derecho a la diferencia de las comunidades culturales no digan una palabra del derecho a la diferencia de los individuos que las integran.

La libertad cultural puede, y debe, incluir la libertad de cuestionar las tradiciones del grupo de pertenencia (por ejemplo la de la joven afgana cuya familia ha emigrado a Europa). La diversidad no se garantiza solo ni principalmente con la conservación de las diferentes “culturas”, sino también, y acaso principalmente, con el derecho a elegir de los miembros de esas culturas. La estigmatización de gays y lesbianas es antes que un ataque a una “identidad” genérica, un ataque a la libertad de elección de los individuos que tienen esa inclinación sexual.

La libertad también puede tener que ejercerse en oposición a la diversidad cultural. Nacer en una cultura particular no es precisamente un ejercicio de libertad cultural. Decirle a un niño: “como has nacido entre nosotros, esta comunidad (religiosa, cultural, étnica, nacional) es y será tu identidad” no es fomentar la libertad que le permitirá elegir.

El multiculturalismo goza de buena prensa. Tal vez porque arraiga en el sentido común (“cada cual es como es y nadie tiene derecho a impugnar las tradiciones y la ‘cultura’ de otros”). Pero convendría establecer alguna distinción entre las diversas formas de entenderlo: una celebra la diversidad per se, la otra pone el énfasis en la libertad de razonar y elegir y celebra la diversidad cultural siempre y cuando sea elegida con tanta libertad como sea posible por las personas involucradas. El respeto por la cultura no puede sacralizarse al punto de estar por encima de los individuos de carne y hueso.

A veces el multiculturalismo hegemónico se parece a la imagen de dos barcos que se cruzan en el mar por la noche sin siquiera hacerse señas. ¿Un multiculturalismo deseable es el de dos tradiciones que coexisten sin que haya diálogo o crítica posible entre ellas, “toleradas” una y otra? ¿No hay juicio razonado posible sobre esas tradiciones? ¿Hay que preservarlas a todas, cual especies en vías de extinción?

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No quiero terminar sin dedicar unas líneas al origen de no pocos de los equívocos señalados más arriba, que no es otro que la propia idea dominante de identidad. La pertenencia o la identidad no es un destino, no se las carga como se carga con el propio hígado. Ni está ahí para ser descubierta, se la puede elegir. No está definida únicamente por nuestra pertenencia a una comunidad específica, ya sea sexual, nacional, generacional, de clase, religiosa, ideológica o deportiva. Tenemos varias identidades, que se superponen, unas permanentes, otras efímeras. Definirse por una única y exclusiva condición, supondría, como dice el premio Nobel Amartya Sen, reemplazar “la riqueza de llevar una vida humana abundante con la estrechez estereotipada de insistir en que toda persona está ‘situada’ exclusivamente en un grupo orgánico”.

En lo que concierne a la “identidad nacional”, por ejemplo, a cuya búsqueda tantas energías han dedicado  los intelectuales de este país, sin demasiado éxito a la vista, lleva implícita la idea de que nuestra identidad está exclusivamente definida por el lugar en el que nacimos. Y ello, además de ignorar las numerosas y heterogéneas identidades de grupo de quienes vieron la luz en determinado territorio (¿habrá acaso muchos uruguayos que sólo se sientan uruguayos y nada más que uruguayos?), supone un empobrecimiento, una amputación de nuestra propia condición. Somos mucho más que nuestra profesión, que el modo de vivir nuestra sexualidad, que la clase a la que pertenecemos y, ni qué hablar, que la nacionalidad que indica nuestro pasaporte. Y la forma de articular todo eso que somos simultáneamente, es tarea del individuo. No existe ninguna inapelable determinación del rebaño que nos pueda ahorrar la responsabilidad de decidir qué debe estar primero y qué debe quedar subordinado. No hay “valores colectivos” que reemplacen la ardua tarea de decidir qué queremos ser. Tal vez será por eso que quienes no tienen nada de qué envanecerse, se enorgullecen de asuntos sobre los que no tienen arte ni parte, como el lugar donde nacieron, si son mujeres o descendientes de africanos. ¿Tenemos una única identidad (nacional, religiosa, sexual, étnica, cultural)? ¿La identidad es una elección y una responsabilidad de los individuos o es algo que “le viene dado”? Hay que andarse con cuidado a la hora de responder estas preguntas, porque de las respuestas dependerá de que asumamos la identidad como una cárcel o apenas como una circunstancia más de la vida que pretendemos llevar.

La confusión acerca de la idea de identidad convierte a seres multidimensionales en criaturas unidimensionales. Cuanto más obsesivamente unidimensional es la identidad, tanto mayor es el riesgo de la violencia, advierte Amartya Sen. Porque, claro, si considero que un único y exclusivo rasgo es lo que me define y me constituye como ser humano, es posible que experimente cualquier crítica o irreverencia hacia ese rasgo como una ofensa imperdonable. Si sólo puedo tener una identidad, no es extraño que la elección de mis diversas adscripciones –nacional, racial, cultural, sexual o política– asuma la forma de “o lo uno o lo otro”, del “todo o nada”.

Se me ocurre que solo es posible sobrellevar esta idea unidimensional de identidad incurriendo en monumentales contradicciones o en dolorosas amputaciones. Sin una aceptación razonada de las diversas filiaciones que nos constituyen, no habría forma de conciliarlas. La vida sería una permanente renuncia a una parte de nosotros mismos. Sin el recurso a la razón, una mujer autoidentificada como feminista y que además se considere de izquierdas, tendría serias dificultades para armonizarlas y sucumbiría, por ejemplo, frente al dilema de votar a una mujer de derechas o a un candidato varón de izquierdas.

Nunca se pondrá suficiente énfasis en el papel del razonamiento y la elección en el reconocimiento de nuestras identidades múltiples. Se nos dice que no podemos pensar fuera de la cultura en que nacimos. Es cierto que pensamos en determinado contexto espacial y temporal. Esa constatación no autoriza, sin embargo, a concluir que únicamente podemos sopesar y juzgar normas y actitudes desde los valores de la propia comunidad de pertenencia, porque los humanos no somos como los árboles, que están irrevocablemente condenados a permanecer en el lugar donde fueron plantados. Dotados de razón –facultad universal si las hay–, no estamos determinados a permanecer en el mismo lugar físico o espiritual en el que vinimos al mundo. Podemos comparar y elegir. Propio de los humanos es no quedarse únicamente con aquello que heredamos. Entre otras cosas, eso es cultura después de todo. El enfoque identitario, en cambio, convierte al comportamiento de los individuos en algo inexorable, que no se lleva nada bien con la idea de su autodeterminación.

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Una respuesta a Sobre identidad y política

  1. Victoria dice:

    Me gusto mucho tu articulo. Seria importante estimular muchas duscusiones al respecto ya que percibo que es un tema para nada asumido, mas bien rechazado por tantos.

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