De terror

Sé que el mundo es más amplio que Facebook, pero intuyo que las opiniones y tomas de partido que allí se vierten son un muestrario más o menos representativo de la sensibilidad política de este tiempo, en particular de ese cada vez más vago y heterogéneo universo que solemos llamar izquierda. Opinar sale gratis. Formarse un juicio y avalarlo con argumentos y datos ya cuesta algo más. Esta constatación quizás explique la abundancia de afirmaciones ligeras (hasta frívolas) basadas en premisas falsas, información inverificable, justificaciones éticas discutibles, si no aberrantes, que he tenido oportunidad de leer sobre los atentados de París. Lo que sigue es un breve inventario de esas afirmaciones.

¿Por qué no hablamos de otra cosa?”

La justificación más frecuente para eludir una condena categórica de los crímenes de París (muchos de mis interlocutores no los justifican, pero aclaran que los “comprenden” y, por supuesto, no los condenan) es que “los medios” no hablan de los muchos otros crímenes que ocurren u ocurrieron en el pasado reciente o remoto (aquí cabe casi cualquier cosa, desde la muerte de niños sirios hasta los atentados en Irak, Líbano o Mali pasando por los asentamientos israelíes en Cisjordania y un inacabable etcétera). No vale la pena detenerse demasiado en este alegato, es esperpéntico, por decirlo en una palabra. En primer lugar, es falso. Los medios sí hablan de todos los atentados y todas las muertes. En segundo lugar, si nos aviniéramos a esta pretensión, no se podría hablar de nada sin hablar de todo, lo que nos condenaría a la mudez. Y en tercer lugar, quienes pretenden que hablemos de otra cosa revelan que es poco y nada lo que tienen para decirnos del asunto en cuestión.

Occidente es responsable del terrorismo”, “El terrorismo es una respuesta a los bombardeos (o a la política) de las potencias occidentales contra los pueblos de Siria e Irak”.

El yihadismo nace de una interpretación rigorista del Corán que tiene mucho más tiempo del que George W. Bush lleva en el mundo y es anterior a que se lanzara una sola bomba sobre las posiciones del califato en Irak y Siria. Los yihadistas alegan que esos bombardeos son contra el Islam y los musulmanes en general, un recurso propagandístico que –a juzgar por lo que repite el buenismo multicultural y progresista— ha calado en una parte de la opinión pública de Occidente. Pero no hay tal guerra contra el Islam. Las potencias mundiales sólo están en guerra contra los grupos terroristas, no contra los musulmanes, a quienes no quieren exterminar, sino seducir para integrarlos al mundo capitalista globalizado.

Hay que decir que la confusión se nutre del antiamericanismo más elemental y de una idea pueril de eso que llamamos Occidente. ¿Qué es Occidente? Es George W. Bush pero también la Ilustración, Reagan y Marx, el fascismo y la libertad de expresión, el derecho a la disidencia, la separación entre religión y Estado, la idea de que, más allá de diferencias culturales, los humanos tenemos los mismos derechos, la democracia en suma… una de cuyas ventajas es la libertad de que gozan los relativistas en Occidente para proclamar a los cuatro vientos que las imperfectas democracias bajo las que vivimos no son, en el fondo, ni peores ni mejores que el califato de Irak y Siria, cuyos súbditos apenas tienen derecho a respetar las reglas de la versión del Islam que pregona el yihadismo, que incluyen la lapidación de las adúlteras, la esclavización sexual de las adolescentes, matar a los homosexuales arrojándolos al vacío y decapitar a los infieles, entre otros usos y costumbres tan respetables al parecer como cualesquiera otros. Es cierto que las promesas de la tradición ilustrada están lejos de haberse realizado, pero nótese que lo que los islamistas repudian no es el incumplimiento de esa promesa, sino la promesa misma.

A quienes pretenden que asistimos a un enfrentamiento entre las potencias hegemónicas y los desheredados del mundo islámico se les perdió un dato por el camino: que las víctimas de los yihadistas son principal y mayoritariamente los propios musulmanes. En 2014 murieron en el mundo algo más de 32.600 personas en atentados terroristas, de las cuales unas 25.000 fueron masacradas en cinco países (Irak, Afganistán, Siria, Pakistán y Nigeria)*. En los países occidentales las víctimas no pasaron de algunas decenas. Tal vez quienes afirman que tales masacres son “una respuesta” (injustificable pero comprensible) a la soberbia neocolonialista de Hollande y Obama puedan explicarnos qué relación existe entre las masacres de Boko Haram en aldeas remotas de Nigeria y Chad −cuyas víctimas son niños, trabajadores y campesinos− o los bombazos en una mezquita de Kerbala y la causa antiimperialista que algunos le atribuyen a estos cruzados. Las víctimas del Estado Islámico, Al Qaida y Boko Haram no son únicamente los que quieren democracia y libertad de conciencia. Es cualquiera que no se someta a sus planes redentores en cualquier rincón del mundo islámico. Nuestros progres relativistas, que comprenden pero no justifican a los fundamentalistas, estarían en su mira si al Estado Islámico se le diera por abrir una sucursal en Sudámerica. No les perdonarían su mal ejemplo, su vida disipada, su incorregible defensa de las libertades democráticas, de la igualdad sexual, del “derecho a la diferencia” y su inclinación por la buena vida. Pero no la abrirán, porque su guerra es esencialmente contra los herejes del Islam, por más que Hollande pretenda otra cosa. Francia y Europa en general apenas sufren los coletazos de una guerra implacable que muestra su peor rostro en Siria, Irak, Nigeria, Mali. En comparación con lo que allí ocurre, los atentados en París, Londres y Madrid son escaramuzas menores, propaganda armada al servicio de la gran causa del califato.

IrakA no confundirse, los yihadistas no representan ninguna insumisión colectiva, no son la expresión de ningún pueblo oprimido; la mayoría, la abrumadora mayoría de los musulmanes, les teme o los repudia. Su enorme capacidad de hacer daño nada demuestra acerca de su número ni de su representatividad: para sembrar el terror bastan unos centenares de hombres imbuidos de una fe inquebrantable y decididos a matar y morir (por cierto, los nuevos califas, de relativistas, nada de nada).

Tampoco hay que apresurarse a sacar conclusiones de tipo sociológico, como por ejemplo que la disposición de algunos (pocos) jóvenes de origen árabe de los suburbios londineses o parisinos a convertirse en “mártires” se debe a la pobreza que padecen (por cierto, esta es una más de las tonterías que dice el Papa, pero no pasa de ser sociología de taberna). Si el terrorismo fuese hijo de la pobreza, los terroristas no se contarían por decenas o centenares, sino por centenares de miles o millones.

Conviene detenerse en esta “explicación”, pues es el resultado de una creencia muy extendida: la de que el terrorismo necesariamente tiene que obedecer a alguna injusticia presente o pretérita, a que no hemos educado convenientemente a nuestros jóvenes o a que algunos gobiernos se empeñan en no respetar sus sagradas tradiciones. Pues no, a veces el terrorismo también puede nutrirse de la pura fe, de la nostalgia del Absoluto que la modernidad ha socavado.

La prueba más irrefutable de lo extraviados que están los “izquierdistas” que alegan que la política exterior de los gobiernos occidentales son el combustible que hace andar la maquinaria yihadista, es el propio discurso del fundamentalismo islámico: ellos matan y mueren en nombre de Alá, matan para combatir la decadencia, la disipación, el libertinaje, la libertad de crítica, la duda, el escepticismo, la ciencia, todos asuntos que minan la única y verdadera fe, la de Alá y su profeta. Pero resulta que en Occidente tenemos a unos intérpretes de ese inequívoco y contundente mensaje, que nos vienen a decir que en realidad no matan por lo que dicen que matan a título expreso y a quienes los queramos oír. No, víctimas al fin, ellos matarían por causas y fenómenos que ignoran, por determinaciones de las que no tienen conciencia… o sea, no matarían por lo que ellos dicen, sino por lo que sus intérpretes occidentales alegan que matan. Ya sea la marginación social, el colonialismo, las cruzadas o cualquier otro desmán que Occidente haya cometido en el pasado reciente o remoto sirven para “explicar” los atentados contra víctimas ajenas a las justificaciones que invocan. Con lo que los intérpretes suministran a estos cruzados todos los atenuantes del caso.

Ahora bien, las preguntas que sería interesante que respondieran los relativistas-que-no-justifican-pero-comprenden-el terrorismo son las siguientes: ¿quién es el autoritario, paternalista, etnocentrista y demás adjetivos culposos que en estas horas están a la orden del día (en Occidente)?, ¿quienes pensamos que los islamistas son sujetos morales, responsables de lo que hacen (al igual que usted, estimado lector, y yo), y que cuando matan a unos tipos que están tomando cerveza en un bar de París deben asumir las consecuencias de sus actos y ser condenados sin atenuantes? ¿o el que viene a decir “no, lo que pasa es que están jodidos, son una minoría oprimida del Tercer Mundo, víctimas de un sistema global de dominación”?

Son todos iguales, es una guerra entre ‘ellos’. No tengo por qué tomar partido”.

Lo que late detrás detrás de esta negativa a tomar partido es un relativismo ético que no tiene más remedio que incurrir en monumentales contradicciones. Entre otras cosas, encuentra atenuantes y explicaciones que jamás hallaría si atentados indiscriminados como los cometidos en París, Londres o Nueva York se cometieran en Montevideo.

Empecemos por el principio, el responsable de matar es quien mata. Quien pone una bomba con el propósito de matar, le pega un tiro en la nuca a un civil inocente o degüella a un “hereje” es el responsable de esos actos odiosos. Ni las invocaciones a los males del mundo ni la transferencia de la propia responsabilidad a las cuentas de la historia pueden revocar esta constatación. Es inaceptable convertir a otro individuo en medio para un fin ulterior (matar para sembrar el terror y conseguir algo). Al margen, digamos que en las democracias contemporáneas las culpas no se heredan. Un francés actual no es responsable de lo que hicieron los galos, las tropas napoleónicas o los militares franceses en Argelia.

Se alega que los bombardeos estadounidenses y franceses dejan víctimas civiles inocentes. De modo que estarían empatados. Ambos bandos serían demonios intercambiables. ¿Son equivalentes e intercambiables las muertes concienzudamente planificadas por los yihadistas y las de civiles inocentes provocadas por un bombardeo americano o francés? Sí, si nos guiamos por la ética de la responsabilidad, por los resultados de los propios actos, porque una víctima inocente es una víctima inocente y no hay causa primera que pueda disimular esa tragedia. Podría “comprender” la campaña con drones de Barack Obama para perseguir a los combatientes yihadistas en Yemen, Pakistán o Afganistán, pero pienso que las muertes de civiles inocentes en bombardeos deben ser denunciadas y condenadas.

Sin embargo, hay una diferencia en la que sería necio no reparar, que concierne a los universos político-culturales de unos y otros: para los defensores de la guerra santa la muerte de inocentes es una estrategia deliberada para sembrar el terror con la expectativa de que el miedo colectivo termine generando una presión de la opinión pública sobre los gobiernos que los combaten para que no se metan con ellos; y hay que reconocer que el recurso a veces da resultado (el miedo a sufrir un atentado a veces puede más que la necesaria condena del terrorismo). Los terroristas buscan y celebran esas muertes porque para ellos son la medida de su éxito. Para los gobiernos occidentales, en cambio, esas muertes de civiles por los bombardeos suponen un fracaso, un enorme costo político, entre otras cosas porque tienen una prensa crítica, oposición política, organizaciones de derechos humanos que los fiscalizan y porque invocan principios cuya violación no sale gratis. Es un problema, no un recurso estratégico. Las denostadas democracias occidentales permiten apelar al intercambio de razones, están basadas en principios de legitimidad, permiten que los relativistas impugnen a gobiernos y presidentes. Existe eso que llamamos libertades políticas. Esto permite pensar en la posibilidad de poner fin a las muertes de civiles por bombardeos y a los bombardeos mismos. Para los relativistas, nuestras imperfectas democracias y el orden imperante en el califato de Siria e Irak son más o menos lo mismo. Ninguno sería más valioso que otro. No habría por qué tomar partido.

Tomar partido no quiere decir apoyar la estrategia de Obama, Cameron y Hollande ni convertirlos en santos. Quienes saben de estas cosas, ya han concluido que con bombardeos aéreos no se pondrá fin a los desmanes del Estado Islámico. Claro que ese compartible escepticismo acerca de los resultados de los bombardeos no significa adherir a la ilusión de que “hablando la gente se entiende” o de que “hay que ir a las raíces del terrorismo”. A los yihadistas no se los persuadirá con argumentos ni con reformas sociales. De nuevo: su yihad no es contra la injusticia.

Por otro lado, ¿qué es un asunto “nuestro” en este tiempo? ¿Aquello que ocurre entre el río Cuareim y el río de la Plata? ¿Hasta que no nos pongan un bomba en Montevideo seguiremos con el mantra de que una matanza en una aldea de Nigeria es un “asunto interno” de los nigerianos? ¿No decían algo semejante los dictadores de este país cuando Amnistía Internacional o la ONU denunciaban las violaciones de los derechos humanos?

Las potencias occidentales financian al Estado Islámico”. O más radicalmente “El Estado Islámico es una criatura concebida por las potencias occidentales”

Se trata de una de las afirmaciones más extravagantes (e indemostrables) de todas las que he leído estas semanas. Washington y París estarían suministrando dinero y armas al Estado Islámico. ¿De modo que los gobiernos de Estados Unidos y Francia dedican recursos económicos y humanos a combatir a los yihadistas y al mismo tiempo los fortalecen? La vida social queda sumergida en el miedo y la parálisis durante días enteros en algunas ciudades occidentales, los ciudadanos se ponen irascibles con sus gobiernos, en Francia crece como la espuma el Frente Nacional, pero Hollande y Obama les entregarían armas a los responsables de provocar ese terror (presentar el hecho de que las armas que Washington suministró a la oposición siria terminaron cayendo luego en manos de los combatientes islamistas como prueba de que está armando al EI es una conclusión insostenible).

Pero aceptemos por un momento el juicio de los teóricos de la conspiración. Los abogados y jueces saben que no hay crimen sin motivo. ¿Cuál sería el motivo por el que Obama y Hollande fingirían combatir a los terroristas mientras los patrocinan? ¡Comprarles el petróleo que trafican, vender más armas!, grita el coro. Hay que decir, sin embargo, que ambos disponen de todo el petróleo que necesitan y si algo pone en riesgo el crudo que ahora fluye, incesante, a sus refinerías es precisamente un conflicto bélico en la zona del mundo que lo produce. Y lo de las armas equivale a dar por bueno el simplismo de que Obama es un mandadero de la industria armamentista en cuyo caso no se entiende por qué ha retirado a decenas de miles de soldados de Irak y Afganistán o no invade de una buena vez Siria. Decididamente, el petróleo y la venta de armas no están detrás de todas las aventuras bélicas, como supone cierta holgazanería intelectual.

No faltaron tampoco los que llegaron al extremo de afirmar que los propios atentados fueron organizados por los servicios de inteligencia franceses y la CIA. Estaríamos asistiendo a un nuevo montaje de la política contemporánea, a la enésima puesta en escena.

Vivimos en un mundo opaco e intransparente, en el que las cosas no se agotan en sus signos, ni muestran su “verdad” de buenas a primeras, en un mundo incomprobable por uno mismo, siempre mediatizado, de segunda mano, y en un mundo así se explica que el anhelo de autenticidad y transparencia (en oposición a la simulación, el engaño y la conspiración) figure, junto a la sospecha y la desconfianza, en lugar destacado entre las preocupaciones del ciudadano contemporáneo. Nada debería sorprender menos, pues, que esta generalizada inclinación a ver complots a la vuelta de cualquier esquina.

* Indice Global sobre Terrorismo, elaborado por el Institute for Economics and Peace a partir de la Base de Datos Global sobre Terrorismo (GTD) del National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism (START) de la Universidad de Maryland.

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12 respuestas a De terror

  1. Marcos dice:

    excelente artículo Coco. Se han dicho estupideces imperdonables por los “ilustrados” de izquierda sobre este tema. Es importante la defensa que haces de la ilustración y las mejores tradiciones de occidente. Abrazo!

  2. Compartido en feis. Gran esfuerzo y gran resultado.

  3. Luis dice:

    Muchas gracias por el texto. No se me ocurre algo más sincero que eso.

  4. Oliverio Jitrik Mercado dice:

    Excelente este texto. Lo difundiré cuantas veces pueda.

  5. RFBV dice:

    “Opinar sale gratis” para citarle. Cae exactamente en lo critica, oh ironía.

    • Rodolfo Rodriguez dice:

      Que “opinar sale gratis” depende en que lugar o país opine uno.
      El concepto se lo utiliza con cierta frecuencia, aunque en realidad el mismo siempre paga un determinado precio. En países como el nuestro; democrático y donde se respeta la libertad de opinión, el precio es tener que aceptar la crítica que se nos haga por aquellos que no compartan nuestras opiniones. Pero en los lugares que la democracia no existe y la libertad de opinión menos aún, el precio a pagar es infinitamente mayor, y va desde la censura, la cárcel y hasta la muerte. Lo vivimos en carne propia, con nuestra vernácula dictadura militar, y también lo viven todos lo que viven bajo dictaduras de todo tipo, ya sean de derecha o de izquierda, o bajo regímenes teocráticos como el Estado Islámico, que no encaja en las clásicas divisiones entre izquierda y derecha.
      En todos ellos existe una “verdad oficial” de todo lo que existe en la sociedad y todos deben acatarla o atenerse a las consecuencias. “Piensa como yo, o muere.” es una frase de Voltaire que resume el espíritu de los fanáticos de todo tipo, ya sean de la religión, la ideología, o de cualquier otra creencia.
      Por lo demás comparto con Barreiro todo lo que ha señalado. Gran parte de nuestra izquierda, tiene una actitud que podríamos llamar vergonzante frente a estos hechos como el terrorismo. Como también la ha tenido con muchas dictaduras de todo signo, a las que indirectamente y a veces directamente ha apoyado, por el mero hecho de tener actitudes y discursos anti-imperialistas.

  6. Luis dice:

    Bueno, sí. A RFBV opinar le sale gratis porque, precisamente, vive en una democracia y no en una dictadura teocrática. También aprovecha el anonimato y acusa de opinar gratis a quien da la cara, y ni siquiera se toma el trabajo de dar un solo argumento. Y ni siquiera corrige lo que escribe. Coincido con Rodolfo Rodrigez. Estoy harto de discutir con izquierdistas apologistas de dictadores y terroristas. No sólo harto, también me duele porque, se supone, estamos en el mismo lugar y parece que hablamos idiomas diferentes. No sólo eso, hasta son capaces de tildarme de “derechista” por no demonizar a USA o a Europa o por considerar (créase o no) que los terroristas Islamistas son los primeros responsables de las matanzas que ellos mismos cometen.
    Saludos

  7. Luis y Rodolfo: coincido con vuestros juicios. En algunos lugares, opinar tiene consecuencias terribles. No es el caso de este espacio y este país, que eran en los que estaba pensando cuando escribí el artículo. En cualquier caso, mi afirmación de que opinar sale gratis se refería sobre todo a la percepción de que (siempre en este ámbito geográfico y cultural) cualquiera puede decir cualquier cosa sin que nadie le pida argumentos, avales, informaciones, datos empíricos que sostengan lo que se dice (una afirmación paradigmática: “Todo lo que hace EEUU en política internacional es para quedarse con el petróleo”). Así es el tiempo que nos ha tocado vivir: como todos tenemos el derecho a opinar (se sabe que por aquí nadie va preso por decir disparates), todos lo ejercen con impunidad y nadie siente la exigencia de dar razones para decir lo que dice. A esa “gratuidad” me refería.

    Por cierto, creo que gran parte del simplismo con el que muchas veces se abordan estos temas obedece al anti-americanismo más miope de gran parte de la izquierda. Es un lastre terrible, les impide comprender y pensar. El izquierdista típico señala en el mapa un lugar donde hay un conflicto y pregunta qué posición tiene EEUU. Y se responde: “yo, en la vereda de enfrente”. Así, nada debería sorprender menos que las ambigüedades que tienen con los terroristas islámicos o que consideren a Putin, a Asad, a Maduro, a las FARC, como a uno de los suyos. Basta con que cualquiera pronuncie algún anatema contra EEUU para que una parte de la izquierda los considere ipso facto un amigo de la casa. Además, siguen con la idea de que EEUU lo único que quiere es invadir países y robarles sus recursos. Yo, en cambio, creo que es necio sostener que Bush y Obama son lo mismo. Bueno, la seguimos. Saludos.

  8. Luis dice:

    Está muy claro a qué refiere el artículo con “opinar sale gratis”, Jorge. Precisamente, a raíz del atentado múltiple de París, me encontré discutiendo con muchos opinadores gratuitos que mezclaban la guerra de Argelia con los intereses de USA, el petróleo y los pobres de origen musulmán que viven en Francia. No daban ningún argumento, sino que creían que argumentaban recitando esas cosas y mezclándolas. Eso sí, siendo acérrimos defensores del multiculturalismo dejaban en claro que la responsabilidad toda del hecho era de Europa y/o USA (ni siquiera encuentran matices entre las políticas de los unos y los otros y, desde ya, jamás mencionan a Rusia y a Putin), reduciendo a los yihadistas a un pobre grupo de tipos oprimidos, sin discernimiento ni voluntad propios, que son manipulados por las potencias occidentales. No me extraña, también suelen pensar que quienes votan como ellos son iluminados y quienes no lo hacen son malos, tontos o están manipulados por los medios. Ni hablar de las reacciones que puede producir aquí en la izquierda argentina una discusión sobre un tema como Malvinas o el posicionamiento con respecto a Cuba o Venezuela. Incluso ahora, luego de defenestrarlo por un par de días, se volvieron devotos del Papa. No logro salir de mi asombro y de mi pena.
    Un saludo afectuoso.

  9. Luis dice:

    Añado como muestra el comentario de la decana de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Plata a raíz del atentado contra Charlie Hebdo: “Los crímenes jamás tienen justificaciones pero sí tienen contextos”. La condena se la guardó, parece. La siguió con otro tweet: “El terrorismo sólo se combate con paz”. Esas fueron todas sus reflexiones.

  10. Luis dice:

    Gracias, Jorge. Muy bueno el artículo. Léase como contrapartida el siguiente artículo (delirante) como ejemplo de la postura de los “izquierdistas” que apoyan el “socialismo del siglo XXI”:
    http://www.telesurtv.net/opinion/Atentados-de-Paris-no-es-terrorismo-es-geopolitica-20151228-0045.html

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