La tentación populista/1

En nuestro tiempo, si se quiere hablar sobre política, debe empezarse por los prejuicios que todos nosotros, si no somos políticos de profesión, albergamos contra ella”. (Hannah Arendt)

 

Con el ascenso de Donald Trump se ha desatado el pánico. Convengamos en que la primera impresión sobre el hombre justifica la alarma. Pero no nos engañemos, Trump es de este mundo, una criatura que entiende la acción política tal como la entiende la mayoría (aunque un poco más a lo bestia) y si tiene la popularidad que tiene es porque a su manera conecta con la sensibilidad (anti) política de millones de personas. Los pilares de su discurso son pocos y nada sofisticados: que se puede confiar en él porque no proviene de la nauseabunda política, porque es un outsider, un hombre que se ha hecho a sí mismo desde abajo; que su voz es el eco de los anhelos del pueblo sencillo, de sus miedos y angustias frente a un mundo cambiante plagado de incertidumbres e inseguridad. Él va a arreglar todo eso y cumplir con “la voluntad del pueblo norteamericano”.

Por ejemplo, frenará la expansión comercial de China y llevará de nuevo a Estados Unidos todos los empleos deslocalizados a causa de la globalización (una tarea sencilla, al parecer) y construirá un muro en la frontera con México para resolver de una buena vez el tema de la inmigración ilegal. Por fin, Trump ha encontrado al culpable y dispone de la receta: el culpable es el establishment, la burocracia de Washington, y la receta, tal como lo explicó en la convención republicana, es hacer en lugar de hablar. Me imagino que no es la primera vez que oyen o leen algo semejante.

¿Una rareza? No me lo parece. Lo único excepcional son algunas de sus recetas, pero no el hecho de tenerlas, ni la pretensión de que los problemas del mundo se resolverían con menos política ni la idea de que el pueblo siempre tiene razón ni de que la culpa de los males es de los políticos. No es difícil percibir estos rasgos en varios políticos y movimientos exitosos de los últimos años en buena parte del mundo: Podemos en España, los partidarios del Brexit, Chávez, Marine Le Pen, el movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia, los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynski en Polonia, el cómico Jimmy Morales en Guatemala por mencionar apenas los más conocidos. Todos ellos se presentaron en su momento o se siguen presentando como ajenos a la decadente política y tienen a los enemigos del pueblo identificados: “la casta”, la UE y la insensible burocracia de Bruselas, el imperialismo, los medios, la globalización, los inmigrantes y, por supuesto, sus soluciones sencillas que aún no sabemos por qué diablos nadie termina de poner en práctica. Aunque sí sabemos que no bien acceden –o se aproximan– al poder, las mismas figuras parecen caer en la cuenta de que los culpables no eran tan evidentes ni las soluciones tan sencillas. No pretendo sostener que todos estos líderes y movimientos sean idénticos y representen exactamente lo mismo (ahorrémonos, pues, esa discusión), pero sí que comparten los rasgos señalados, que son propios de lo que comúnmente se entiende por populismo.

Sé que se está haciendo hábito lo de emplear el epíteto de populista como arma arrojadiza para designar demasiadas cosas, por lo general unas que no nos gustan. Se sabe, populistas son siempre los demás. Como facho o liberal en otras circunstancias. Sin embargo, aunque no siempre esté del todo claro si el facho es el acusado o el acusador ni si ser liberal es más grave que ser anti-liberal, cuando se pronuncian esas dos palabras se está hablando de unas ideologías políticas, de una tradición. No faltan los desacuerdos acerca de si lo característico de una u otra son tales o cuales rasgos, pero hay un (cierto) consenso sobre lo que significan esos términos. No ocurre lo mismo con el populismo. Lo único que sabemos es que nadie quiere ser populista.

Populismo no es sinónimo de demagogia, como indica el prejuicio, aunque casi siempre le hace compañía. No, el populismo es, a mi juicio, la idea, la ficción habría que decir (a veces encarnada en un movimiento político formal, otras en la fascinada adoración de la muchedumbre y otras en el extendido sentido común), de que existe un pueblo único, homogéneo, que como tal pueblo constituye un sujeto político evidente e inmediato, cuyos deseos y aspiraciones estarían disponibles para quien quiera escucharlo y, por lo tanto, no necesitaría de las engañosas mediaciones de la representación ni del trabajo de elaboración y síntesis propio de la política; es, además, la idea de que el bien está en la sociedad y el mal en la política, la pretensión de que existe un pueblo “en estado natural” cuya sabiduría y auténtica voluntad deberían rastrearse más allá de la política. Un pueblo puro y desinteresado que tiene un enemigo, la élite, que falsea y engaña, un pueblo depositario de la virtud y la justicia, en oposición a unos políticos incapaces de escuchar su voz y que le dan la espalda.

Digamos algo antipático: ese pueblo sacralizado y deificado no existe. Ahora se lo llama la gente, pero da igual, los términos del problema se mantienen inalterados. El pueblo es plural, tanto en intereses como en opiniones y lo que los populistas llaman “la voluntad del pueblo” no está disponible como tal en una plaza pública, en un sondeo de opinión, tal vez ni siquiera en el resultado de una elección, que a lo sumo traduce las preferencias de la mayoría por un representante, raramente las aspiraciones y convicciones y nunca las de “todo el pueblo” sino, como queda dicho, de una mayoría circunstancial.

No puede haber pueblo, salvo en términos puramente demográficos (los habitantes de un país, los miembros de una sociedad) o en política como ficción necesaria, de la que se han dotado todas las constituciones modernas a la hora de fundar la comunidad política.

Como la voluntad de ese pueblo único no es obvia ni evidente, ni se la puede identificar fuera de cualquier duda, al punto de que su invocación nunca refiere a algo concreto, sino que es vaga, indeterminada (y a pesar de que nadie puede definirla con precisión, todos estamos convencidos de que los políticos la desprecian), el populismo ha encontrado una solución a este problema aparentemente irresoluble: el pueblo somos todos menos la minoría enemiga, que puede ser la “élite política”, los ricos, el imperialismo, el 1%, los medios, Wall Street, la UE, la globalización. El populismo suele venir con enemigo y líder carismático incluidos; y el segundo establecería con las masas una relación directa, sin mediaciones, capaz de interpretar el sentir y el latir de la multitud e identificar, por ende, esa voluntad popular única e indivisible.

La dimensión populista que me interesa abordar aquí no es la de los partidos, movimientos o líderes formalmente tenidos por tales (en América Latina los hubo en abundancia en el pasado siglo y da la impresión de que somos muy dados a esa forma de entender la acción política), sino a la que fluye sin cesar por las venas de la política actual, una versión vaga y difusa del populismo que en mayor o menor medida todos hemos interiorizado y que forma parte del sentido común compartido, que está en la indignación del periodista ante la “pasividad de las autoridades”, en la prédica moralista siempre inclinada a encontrar culpables antes que soluciones, en la inclinación a transformar los problemas políticos e institucionales en asuntos personales, en el desprecio de la política como asunto más o menos vil, en la denuncia de que los políticos “son todos iguales”, en el escarnio al que se los somete en las redes sociales, al parecer incapaces de, o indispuestos a, resolver unos problemas que, se sugiere, tienen soluciones obvias, tan obvias que ni hace falta describirlas, en la condena de los partidos como antros donde se cocinaría la traición al pueblo y el reparto del botín, en cierto desprecio (latente a veces, explícito muchas otras) de la deliberación argumentada, de los intelectuales, del pensamiento, asuntos ajenos al pueblo sencillo −siempre más inclinado, se alega, a manejarse con emociones que con razones−, y sobre todo (sobre todo) en la discutible convicción de que las perplejidades, problemas y conflictos actuales se solventarían “escuchando a la gente”. Volveré sobre esta oposición imaginaria entre una política autista e infame y una sociedad altruista y sabia.

El populismo no es ajeno a los miedos y al desasosiego generalizados de un mundo plagado de incertidumbres en el que todo lo sólido se disuelve en el aire y casi nadie está seguro del lugar que ocupa en él, porque en esta atmósfera es fácil que las personas abracen “soluciones” simples, se encomienden a redentores variopintos y encuentren chivos expiatorios. Es también un vástago del diseño institucional de nuestras democracias, organizadas en torno al horizonte de acceder a, o conservar, el poder, y nadie gana elecciones exponiendo la complejidad de los problemas o anunciando dificultades, sino con promesas de bienestar universal, destacando la nulidad de los rivales y especialmente exculpando siempre a los ciudadanos, al pueblo-víctima. Por eso creo que llevan razón quienes sostienen que este diseño institucional empuja a los actores a tener comportamientos irresponsables y una dosis mayor o menor de populismo.

Pero además de tributario de la democracia puramente electoral representativa, el populismo contribuye con su prédica anti-política a consolidar sus peores defectos, en una relación perversa que se retroalimenta sin cesar. La del populismo no es, pues, una discusión bizantina o puramente semántica, sino una que atañe a un asunto de primer orden político que, para complicar un poco más las cosas, no se deja comprender por la división izquierda-derecha. El populismo es un fenómeno transversal, como tantos otros del mundo actual. Hay populistas de izquierda y de derecha.

Una buena parte de la izquierda, sobre todo la menos democrática, se ha dejado seducir por estas “soluciones” populistas. Fidel Castro, por ejemplo, llegó a establecer un tipo de diálogo con el pueblo en la plaza consistente en “consultarlo” a través de preguntas que eran respondidas con los monosílabos “sí” o “no”. El líder carismático vendría a ser como un sustituto imaginario, más simple, de la complejidad de la política democrática, con sus instancias de mediación, deliberación y arbitraje; y el “enemigo del pueblo”, un remedo de oposición aunque sin derechos y condenada de antemano.

Esa parte de la izquierda no encontró mejor alternativa para enfrentar la versión más radical del liberalismo político, con su idea de libertad negativa, que establecer relaciones carnales con el populismo, alejándose así de una tradición republicana como la democracia deliberativa, en la que se inspiró el socialismo. En contra de toda lógica, esa izquierda y el populismo están convencidos de que la argumentación, el diálogo y la ley son cuestiones formales que solo benefician a los poderosos y perjudican a “la gente”.

Parte 2: https://jorgebarreiro.wordpress.com/2016/08/10/la-tentacion-populista2/

 

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6 respuestas a La tentación populista/1

  1. Alejandro Baroni dice:

    Me interesó y te cito textual: ” Aunque sí sabemos que no bien acceden –o se aproximan– al poder, las mismas figuras parecen caer en la cuenta de que los culpables no eran tan evidentes ni las soluciones tan sencillas”. No es fácil hacer política, hasta dónde escuchás y levantás demandas, hasta donde escuchás y no levantás demandas. Es un camino sin reglas, me parece, partidos y líderes hacen parte y parte y construyen su camino. No son los a priori principios los que dan consejos acertados. Estoy de acuerdo en que hay populismo de derecha e izquierda, pero más bien los reaccionarios a los cambios acusan de populismo a todos aquellas propuestas de cambio. Saludos

  2. Estoy de acuerdo en que no hay un a priori que indique fuera de cualquier duda qué demandas hay que escuchar y cuáles atender e ignorar. Escuchar se pueden (hay que) escucharlas todas y no solo a las más ruidosas, que son las que tienen más recursos y poder para hacerse escuchar. Ahora, a cuáles se atiende, creo yo que no está dicho de una vez y para siempre. La única garantía de que no se tomen decisiones arbitrarias o injustas reside en la política, en la deliberación pública. No creo que esas garantías estén depositadas en un líder, en una clase o en un partido.

    También digo en el texto que el adjetivo populista se usa como arma arrojadiza. Pero yo trato de afinar un poco la puntería y, no sé si con forrtuna o sin ella, definir mejor los términos y usarlos con un poco más de rigor. Abrazo

    • Alejandro Baroni dice:

      No veo ninguna garantía para nada, con deliberación o sin deliberación. La deliberación pública, con buenos métodos, es constructiva de verdad, como construcción que es ella, pero no significa que acierte en la mejor solución o camino a recorrer. Es muy probable que según la elección de método de deliberación posible, la solución tenga aspectos arbitrarios dejando fuera a unos cuantos. La política debería ser un acto democrático, pero mejor dejar de lado la justicia y la arbitrariedad en abstracto. Nunca se será justo con todo el mundo, nunca se será leal con todo el mundo, siempre habrá decisiones de corte, de exclusión, y que parezcan arbitrarias para esos excluídos. Abrazo

  3. No tengo la menor duda de que la justicia no consistirá nunca en dejar a todos contentos. No veo ninguna contradicción con lo que afirmo. Mientras no vivamos en la abundancia, una hipótesis muy incierta con la crisis ambiental, siempre habrá aspiraciones que no podrán ser satisfechas, que tendrán que ser postergadas. Lo que digo es que la decisión de qué intereses deben postergarse y cuáles contemplarse es mejor que se tome en una deliberación democrática en la que se tengan en cuenta todos los intereses y todas las razones…cosa que no siempre ocurre, porque en la actualidad las voces que más se escuchan son las de los que tienen más poder para hacerse escuchar (hay reivindicaciones e intereses más audibles que otros). Luego, la decisión final, estoy convencido de que no va a gustar a todos. Tenidos en cuenta quiere decir escuchadas sus aspiraciones y argumentos, no que vamos a satisfacer todos los intereses. No, no estaba pensando en los reyes magos. En eso consiste el barro de la política en una sociedad donde no reina la armonía y hay intereses en conflictivo. ¿La alternativa cuál sería? ¿Un poder centralizado que diga: ‘hágase esto, porque esto es lo justo’?

    PD: Por si no quedó claro: una democracia deliberativa no es una descirpción de lo real; es más bien una aspiración normativa. Otro abrazo

    • Alejandro Baroni dice:

      Lo que intentaba señalar es que “lo justo” no puede ser señalado por un poder centralizado ni por un poder democrático que haya deliberado. Este- que también prefiero- tomará sus medios para que la mayor parte intervenga, y lo que resultará es lo que la mayoría decida, no lo justo ni lo acertado. Se verá luego si la decisión fue acertada. Abrazo

  4. Bueno, obviamente que la justicia no es una ciencia exacta y ni que hablar que no es seguro que la mayoría vaya a tomar siempre las decisiones más justas. Eso es lo que quiero destacar: que por la simple regla de la mayoría no tenemos ninguna garantía de que se tomen las decisiones más justas. Precisamente por eso (precisamente por eso) la toma de decisiones –que siempre se hace por mayoría– debería estar precedida por una deliberación lo más profunda y abarcativa posible. Me parece que vos estás poniendo el énfasis en la decisión final, que se toma en una votación, y yo lo que trato es de poner el énfasis en lo que la precede, la discusión. En la democracia electoral-representativa el voto casi nunca está precedido de una deliberación. “¡Votemos!” es siempre el grito cada vez que hay una controversia importante. Aquí tenemos una gran, enorme, discusión: ¿la democracia es un simple PROCEDIMIENTO NEUTRO para tomar decisiones, que tiene vedado pronunciarse acerca de si hay decisiones más valiosas que otras?, ¿o nos importa también tomar determinadas decisiones, es decir decisiones lo más justas posibles? Los liberales adhieren a una visión procedimentalista de la democracia: “lo justo” es lo que decide la mayoría y punto. Y tal parece que esa sacralización de lo que decide el pueblo, decida lo que decida, también la comparten los populistas. Yo sé que en algún momento habrá que votar (sean los ciudadanos o los representantes de los ciudadanos), lo que planteo es que nos preguntemos si votar es lo esencial de la democracia, o lo esencial es lo que lo precede.

    Para no repetirme, aquí va un link en el que me extiendo sobre el asunto.

    https://jorgebarreiro.wordpress.com/2009/12/15/primera-entrada/

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