La tentación populista/y 3

populismo1Por uno u otro camino se llega al nudo de siempre: la representación política. Se puede ser de izquierda radical, fascista declarado o liberal, pero todos comparten la desconfianza en la mediación, la convicción de que la representación necesariamente falsea, traiciona, ignora a sus mandantes, los representados. Al parecer sería algo inexorable. Se ha puesto de moda ahora el concepto de cercanía o proximidad para poner remedio a los supuestos males de la representación. Un reciente sondeo de opinión preguntaba a los votantes en la elección interna del Frente Amplio qué sugería para que ese partido mejorara como fuerza política. La respuesta más frecuente fue: “estar más cerca de la gente”.

Así, el mejor político sería el que más comprende, escucha y está cerca de los ciudadanos, de sus preocupaciones (con independencia, al parecer, de lo que quieran o les preocupe); y la proximidad sería el antídoto para el mal de la autonomización de las élites políticas.

La primacía de la generalidad, que es de lo que se ocupa la ley con su carácter impersonal y abstracto, también sería algo a corregir o al menos a atenuar. La idea de proximidad o cercanía presupone la creencia en que cada situación tiene una originalidad irreductible que se debe tener en cuenta. Quizás por eso la semejanza del representante y el representado es particularmente valorada. El representante ideal sería, desde este punto de vista, el que piensa, habla y vive como sus mandantes. No ha desaparecido la idea de que el gobernante debe tener competencias para gobernar. Pero esa lógica de la distinción (“elijo a los que me parecen mejores”) convive, o compite, cada vez más con la lógica de la identificación (“elijo a los que se me parecen”).

La modernidad –dice el filósofo Daniel Innerarity– “venía del centro, la distancia era sinónimo de imparcialidad, eficacia y legitimidad (la proximidad ha evocado siempre privilegios y desigualdad, arbitrariedad y favoritismo). En este contexto resulta muy significativo de las actuales transformaciones el hecho de que (…) ahora el acento se ponga en la proximidad”. “La distancia”, agrega, siempre fue necesaria “para un ejercicio sereno del poder a fin de proteger a quienes tienen que decidir de las presiones. Uno de los problemas que plantea la proximidad es justamente la despolitización y el clientelismo (porque) apunta a una transformación del ciudadano en cliente individualizado”.

El elogio de la cercanía se basa en la indemostrable convicción de que el pueblo es una especie de reserva inagotable de sabiduría y virtud. Pero sugerir que tenemos a los peores políticos y a los mejores ciudadanos, que los representantes son culpables y los representados, inocentes, que nuestros dirigentes son incapaces y que los dirigidos saben perfectamente lo que hay que hacer es sencillamente insostenible. Si así fuera, no se entiende cómo los segundos han elegido a los primeros.

La defensa de la representación suele ser negativa (o defensiva): consiste en alegar que otras formas de democracia, la directa por ejemplo, son difíciles de implementar en sociedades complejas y de millones de personas. Y efectivamente lo son. No es lo mismo una democracia asamblearia para decidir qué se hace en mi barrio, que para decidir cómo resolvemos los problemas de una sociedad de 10, 20 o 50 millones de habitantes. Pero la necesidad de la representación descansa, a mi juicio, en otro lado. No es meramente un problema de escala, sino cualitativo y, lo que es mucho más importante, sin ella se me ocurre que la política resultaría una tarea mucho más difícil de lo que ya es.

Pero sigamos por un momento la lógica populista y la sensibilidad de la gran mayoría de los ciudadanos de todas las ideologías que despotrican diariamente contra unos representantes que supuestamente se han vuelto sordos y ciegos a los clamores populares y exijamos que el papel de los representantes sea el de representar fielmente a los representados, obligarlos a que no se aparten un ápice –a través de un mandato vinculante, un contrato o lo que fuere– de las aspiraciones de sus electores (que se conocerían por vías inexploradas hasta ahora), que rija la exigencia absoluta de que sean el eco y nada más que el eco de los intereses y las aspiraciones de sus votantes, que concurran a la arena política única y exclusivamente a hacer valer hasta las últimas consecuencias esos intereses. ¿Qué ocurriría bajo esas idealizadas condiciones? Simplemente que la política, como mediación, arbitraje y síntesis de los diferentes intereses y aspiraciones (y cuyo horizonte sería justamente definir algo parecido al bien común o la voluntad popular) sería una tarea imposible. Si ningún representante estuviera autorizado a “traicionar” (permítanme este verbo con sus correspondientes comillas) el mandato de sus votantes, si no hubiera intereses o aspiraciones que pudieran ser postergados (en aras de la justicia), o si todos debieran satisfacerse porque “para eso están los políticos, para hacerlos valer en su condición de meros representantes”, es decir si rige el sueño adolescente de que es posible satisfacer todos los intereses y todas las aspiraciones al mismo tiempo y que nadie puede sentirse decepcionado (ni siquiera por una decisión legítima que ha pasado todos los filtros democráticos), entonces el único camino que queda para dirimir ese magma de intereses y aspiraciones es la fuerza, es decir la renuncia a la política.

El problema tampoco se solventaría apelando a una siempre deseable, aunque a veces mitificada, participación ciudadana. Un generalizado involucramiento en la acción política podría contribuir desde luego a tomar decisiones más fundadas y democráticas porque se escucharían todas las voces y se conocerían todas las aspiraciones (cosa que actualmente no ocurre, por cierto), pero eso no nos ahorraría el problema resultante de que todos pretendan que las suyas se satisfagan simultáneamente.

Si aceptamos, en oposición a lo que alguna vez creímos en la izquierda, que ninguna clase, partido o ideología es la portadora del bien común, esas decisiones acerca de qué aspiraciones se postergan y cuáles se anteponen, o sobre cómo aumentar la autonomía de las personas para que puedan elegir el tipo de vida que quieren llevar, sólo puede tomarse en ese diálogo, en ese intercambio de argumentos que son propios de la vilipendiada democracia. Claro que para hacerlo posible el representante no puede ser nada más que “el portavoz” de sus electores, tiene que gozar de cierto grado de autonomía. La distancia de los políticos respecto de los ciudadanos debería entenderse, pues, también desde esta perspectiva. Debería discutirse, problematizarse, no demonizarse y condenarse siempre. Esa autonomía, ese “darle la espalda” a sus votantes es (perdonen la herejía) condición de posibilidad de la política.

En el fondo, el desprecio de la representación y la denuncia de la autonomía de los representantes están emparentados con cierta visión liberal de la política, para la que el ciudadano, mero homo economicus, carente de virtud cívica, concurriría al espacio público únicamente para hacer valer sus preferencias supuestamente definidas, además, de una vez y para siempre en la esfera privada y no susceptibles de ser modificadas por la deliberación y la persuasión. (Agregado para los que piensan que la política es solo lucha de intereses: reconocer que hay intereses en juego no impide, como dice el ensayista Félix Ovejero, que se discuta sobre ellos, como tampoco el hecho de que las emociones dominen a veces la conducta de “la gente” significa que haya que renunciar a introducir algo de razón en la política. La política es el ámbito en el que se tramitan los intereses y las preferencias, se los problematiza y se lauda sobre cuáles hay que priorizar. Cuando se los quiere dirimir por la fuerza –al margen de que en ese caso ya se sabe que los poderosos tienen todas las de ganar–, nos situamos fuera de la política).

¿Significa esto que las cosas discurren por el mejor de los mundos? En absoluto (aunque tampoco es que discurran por el peor, como sugiere la izquierda melancólica). Significa que sólo una mejor política nos puede sacar de los males y las perversiones de la política. Pretender acabar con los vicios de la representación en vigor suprimiendo la representación misma, como pretenden el generalizado encono contra los políticos y las ensoñaciones sobre una democracia directa de la que desaparecerían mágicamente todos los problemas que aquejan a la indirecta, sería como arrojar a la criatura con el agua sucia.

Otro tanto sucede con los partidos. Hubo una época en que eran el vehículo por excelencia de la mediación, en ellos delegaban los ciudadanos su capacidad decisoria (por identificación ideológica, de clase o lo que fuere) y por eso mismo los dotaban de cierta autonomía de acción. Es cierto que ya no cumplen bien la función de mediación/representación de la diversidad social que cumplían, lo que constituye un grave problema que apenas puedo mencionar aquí. Deberíamos lamentar esa crisis, porque si hay algo peor que los denostados partidos que hoy tenemos –anémicos, sin casi debate programático interno y convertidos en una suerte de comités de promoción del líder máximo–, es una democracia sin partidos. Los partidos políticos dotan (o dotaban) de cierta coherencia a los puntos de vista que circulan en la sociedad. Impiden (o impedían) que las demandas y preferencias se presenten desaforada y caóticamente en la arena pública, introducen un cierto orden y previsibilidad en las aspiraciones colectivas y en la acción política. Ahora esa función ha sido reemplazada en parte por una democracia de audiencias, que reaccionan histérica y espasmódicamente, por el grito de esa tribuna que son las redes sociales, por la votación en un estudio de TV o por los sondeos de opinión. Como ahora todo puede decirse en vivo y en directo, sin bozales ni filtros (incluso sin esa fastidiosa necesidad de pensar y argumentar), se impone, de nuevo, la equivocada impresión de que la sociedad ya no necesita intermediaciones.

La explicación de esta evolución no reside principalmente en los propios partidos, sino en la individualización de una sociedad cuyos miembros ya no tienen un único y exclusivo criterio de identificación partidista: la ideología o  la clase social, como ocurría en la era de apogeo de la democracia de partidos.  Hoy las identificaciones políticas y las demandas de los ciudadanos han estallado en pedazos, ya no están definidas por la pertenencia a una clase o el corte izquierda/derecha. Por eso mismo los partidos tienen enormes dificultades para representarlos. Da la impresión de que en lo que atañe a la representación estamos en un momento de transición hacia no se sabe bien qué. Y el único mediador/representante “seguro” que hemos encontrado mientras tanto es uno digno de la democracia de mercado y de la personalización de la política: el candidato.

Va de suyo que la democracia representativa necesita muchas correcciones, pero como dice el citado Innerarity “no tiene todavía un candidato para sustituirla”. El entusiasmo por otras formas alternativas de democracia serían “un intento de huir de la lógica política, es decir, de la acción plural y el compromiso, el sueño de una sociedad en la que fueran superadas definitivamente las limitaciones de nuestra condición política”, y esa ilusión de dejar atrás la política que late detrás de las condenas, reprobaciones y vituperios a que es sometida, parecen compartirla, oh sorpresa, gentes que aparentemente están en posiciones antagónicas. Unos por razones ideológicas, otros por interés.

No podemos prescindir de la representación sin que la comunidad política pierda coherencia y capacidad de acción. Exijamos que se mejore la representación, que se rindan escrupulosamente cuentas, un mayor control de los representantes, la transparencia que se considere necesaria, asuntos todos que tienen más que ver con el diseño de las instituciones políticas que con culpas personales. Pero no busquemos “soluciones” que agravarían el problema y que terminarían en una suerte de desregulación de la política no menos problemática que la del mercado. ¿Cuáles serían las (mejores, se entiende) alternativas a la representación política?

El populismo, por ejemplo, cuando llega al poder confina la política propiamente dicha a un lugar insignificante y degenera fácilmente en dictadura (el chavismo, por ejemplo, fue típicamente populista en la oposición y en sus primeros años en el gobierno, pero una vez que copó todos los poderes del Estado mostró su cara más dictatorial. Fujimori, otro tanto de lo mismo). La otra es el gobierno de los expertos o cualquier otra forma de gobierno contramayoritario (jueces, consejos de sabios o ancianos), que no ha sido investido en ninguna elección ni tiene que rendir cuentas ante ningún representado, una tecnocracia en suma. El peligro de las quimeras posmodernas acerca de una sociedad radicalmente despolitizada es que da la impresión de que ignoran que en el pasado esas ensoñaciones terminaron en pesadillas totalitarias. Y si el horno global no está hoy para bollos totalitarios (una buena cosa de estos tiempos), ¿cómo se abordarían los asuntos colectivos, inherentes a la vida en común?, ¿o acaso bastaría el mercado como “cemento” de la sociedad?

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: