Trump como síntoma; Trump como esperanza

trump2De las muchas reacciones que ha suscitado la victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos me interesan dos. Por un lado, la extendida convicción de que ese triunfo se explica básicamente por un profundo y extendido malestar social y, por otro, la difusa o explícita esperanza (expresada entre otros por algunos intelectuales de renombre, considerados de izquierda para más datos) de que tal vez con el triunfo de Trump se consume un cambio, “un gran despertar”, la inauguración de no se sabe bien qué pero en cualquier caso de algo mejor, “una oportunidad” para repensar el orden global, que se confirme que “una revolución es posible”.

La mayoría de los análisis destacan que quienes votaron a Trump están furiosos con las consecuencias que la globalización ha tenido sobre sus vidas. Y, como suele ocurrir cuando los ciudadanos están enojados por las condiciones en las que tienen que vivir (en Estados Unidos y en casi cualquier otra parte del mundo), votan en contra de los que están en el gobierno y a favor de los que les dicen que ellos pondrán remedio a sus padecimientos y, con particular entusiasmo, a quienes además les dicen que han identificado a los culpables de sus desgracias: la casta, la élite, el 1%, y otra infinidad de denominaciones que designan a los que les habrían jodido la vida a conciencia. El establishment, la burocracia de Washington, en el lenguaje de Trump; “los políticos” o “la política”, en la mayoría de los de su misma estirpe.

En cualquier caso, no se trataría de todos los estadounidenses si tenemos en cuenta que en la votación popular Trump perdió frente a Clinton (49,9% a 50,1%), lo que complica bastante los análisis que concluyen que “los” estadounidenses votaron como votaron por tales o cuales motivos. En rigor, los ciudadanos no votaron de una sola manera, sino de varias (por no hablar de la elevada abstención) y supongo que por motivos también muy diferentes. Razón por la cual habría que ir con cautela a la hora de sacar conclusiones políticas demasiado rotundas, del tipo de las que adora el anti-americanismo más ramplón, hasta ayer inclinado a atribuirle a esa abstracción que es el “pueblo estadounidense” la condición de estúpido e irresponsable. Se me ocurre que ni ayer eran tan tontos ni hoy son un ejemplo de ciudadanía informada y virtuosa que ha descubierto el engaño al que habría estado sometida por la élite liberal.

Dicho esto, coincido en que el triunfo de Trump es el síntoma de un malestar, o de varios malestares diferentes que nuestra sociedad posmoderna podrá andar escasa de ciertas cosas pero nunca de malestares‒, que muchos no supieron o no quisieron ver (por elemental decencia intelectual reconozco que me contaba entre los que descartaban una victoria del magnate). Ahora bien, ¿malestar de quién y con qué? Aquí hay de todo, como en botica. Y salvo que se considere que todas las protestas, todas las indignaciones y todos los malestares son siempre dignos de respeto y consideración, por aquello de que al pueblo siempre le asiste la razón, convendría separar la paja del trigo… para comprender los diferentes malestares, que es el primer paso para lidiar con ellos, pero también para discernir si acaso algunos son el vehículo de aspiraciones y anhelos que no consideramos valiosos para una sociedad democrática y justa. Hay malestares disparatados, que no están suscitados por un afán de justicia sino por interés de grupo o que son atribuidos a las razones equivocadas.

Como se ha repetido una y otra vez, en primer lugar malestar de la clase obrera tradicional cuyos empleos fueron deslocalizados a China, México y tantos otros países como consecuencia de la globalización económica. Y asimismo de quienes no han perdido sus empleos pero se sienten amenazados por la misma desterritorialización de la economía, de los empleos y de las relaciones sociales en general. Vivimos en un mundo plagado de incertidumbres en el que nadie tiene asegurado el lugar que ocupa en él y esto es fuente de angustia y desasosiego, que las visiones más autocomplacientes con el curso actual de la globalización no suelen ver.

Pero también malestar con la llamada “crisis de valores” con la que se indignan los conservadores de derecha e izquierda cada mañana al levantarse y que sin embargo es una constante de la historia moderna en la que “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Que se consienta el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, la igualdad racial, que un negro haya sido presidente durante ocho años también pueden ser, y de hecho son, motivo de escarnio y experimentarse como amenaza a la propia seguridad, al lugar que se tenía en el mundo hasta antes de ayer y a las certezas de toda la vida. También esos malestares arrimaron votos a Trump.

Otra fuente de malestar directamente asociada a la globalización ha sido la inmigración masiva y descontrolada, vivida por muchos estadounidenses como amenaza a sus empleos y condiciones de vida pero también a sus “identidades”, cualquiera sea el alcance y valor que se le quiera dar a esa palabra.

Y por supuesto, faltaba más, también malestar con la política, pues los fenómenos señalados son atribuidos a un campo político, por lo general ubicado en una relación de exterioridad con la sociedad, y al que se le atribuyen todos los males. La élite política sería, por ineptitud o egoísmo, la responsable de la deslocalización de los empleos, de la crisis de valores, de la inmigración ilegal y de todos los males habidos y por haber.

Trump les dijo a todos esos indignados: “vuestro malestar está completamente justificado, y los objetos de vuestra ira están bien identificados”: el gobierno, la globalización, o el resto del mundo; y, en segundo lugar, “yo voy a terminar de una buena vez con estos problemas” (nada muy diferente a lo que suelen decir los demagogos y populistas). Trump, como suele decirse, surfeó la ola de indignación, fue el vocero de ese malestar.

De acuerdo, el éxito de Trump es el síntoma de un malestar. Pero al malestar no hay que sacralizarlo ni rendirle tributo a cualquier demanda de la sociedad (ya sabemos que las hay reaccionarias, clasistas, egoístas, caprichosas). Se me ocurre, pues, que deberíamos interrogarnos acerca de su naturaleza y no verlos a todos como dignos de atenderse, que es lo que parecen decir los “neotrumpistas de izquierda”, si se me permite la expresión. Sobre todo, cuando la furia está depositada en el lugar equivocado: esos mexicanos ladrones y violadores, los musulmanes terroristas, los taimados chinos que nos hacen trampas con el comercio, el relajamiento de las costumbres, la globalización o el gobierno.

 

II

 

Queda, por fin, el otro asunto que me trajo hasta aquí: la esperanza, explícita o sugerida por algunos, de que las propuestas de Trump resolverán los problemas a los que la globalización no fue capaz de poner remedio. O más precisamente, la esperanza de que pondrá freno a la globalización, que enlentecerá su andadura, que debilitará los compromisos de Estados Unidos con las instituciones globales, que tendrá una presencia más discreta en el escenario mundial y estará más ocupado en sus propios asuntos, lo que para todo anti-estadounidense que se precie siempre es una buena noticia. “Ya no someteremos a este país al falso canto de la globalización”, dijo en uno de sus discursos preelectorales. Estoy hablando de sus propuestas (u ocurrencias) de campaña al margen de si las implementará o no. Ese es otro asunto que no voy a abordar aquí (en todo caso creo que sería de agradecer que no lo haga).

Me importan esas ocurrencias porque revelan algo del imaginario de quienes se sintieron seducidos por ellas. Me temo que no resolverán los problemas que supuestamente pretenden resolver, porque lo que vienen a proponer es más muros, menos comercio, más protección frente a los otros, que cada cual atienda su juego y se abroquele frente al mundo, blindajes para evitar ser “contaminados” por entes extraños. Pretender poner fin a los problemas de la globalización volviendo a los tiempos preglobales me parece que sería (además de una utopía reaccionaria, por decirlo a la manera marxiana) como procurar hacer frente a un tsunami bajando las persianas de casa. Sí, la globalización no ha resuelto unos cuantos problemas, aunque no todos son atribuibles a ella: la desigualdad, por ejemplo, tan estudiada en estos últimos años, tiene múltiples causas y los sistemas impositivos nacionales están entre las más relevantes (por cierto, Trump propone bajarle los impuestos a los ricos), pero cualesquiera sean ellos, aspirar a resolverlos desandando el camino de la globalización me parece un desatino. Lo que necesitamos es una globalización con otros énfasis, en la que el mercado no tenga la voz de mando, pero no idealizar el mundo que la precedió. Experimentaría como una pérdida que volviéramos a un mundo en el que las personas ya no se movieran del lugar donde nacieron y dejáramos de intercambiar ideas, artes, objetos por temor a “contaminarnos” los unos de los otros o para proteger nuestra industria manufacturera (por cierto, el generalísimo Franco fue uno de los más firmes defensores contemporáneos de “su” industria local).

Debo decir que no me sorprende la aparición de los “neotrumpìstas de izquierda”. Finalmente esa fobia anti-global, ese rechazo a “lo de afuera” conecta con una de las dos almas de la izquierda, aquella que siempre vio en la internacionalización de la economía y en la globalización social y cultural en general nada más que una amenaza, acaso como la peor peste que nos pudo haber caído. De modo que ahora no debería sorprender que algunos consideren la defensa de la propia industria manufacturera local como el desideratum del ser de izquierda en el siglo XXI. Desorientados ante aquello que no terminan de comprender, esos mismos individuos no atinan a otra cosa que a idealizar un mundo que va desapareciendo. Están enfermos de melancolía. Precisamente esas fibras fue las que tocó Trump. Por si todo eso no fuera suficiente, asistimos a otro clásico del imaginario de la izquierda melancólica: la idea de que cualquier enemigo de Estados Unidos es un amigo de la casa. Y Trump trabó una simpática amistad nada menos que con el gran rival de Washington, Vladimir Putin, lo que constituiría otra buena señal.

Trump, sin embargo, no se conformó con decir que le va a ajustar las tuercas a los chinos por su competencia desleal, que va a traer todos los empleos deslocalizados de nuevo al país (¡nada menos!), que levantará muros, que no dejará entrar a nadie a Estados Unidos, sino que para completar su obra, revisará todos los tratados de libre comercio y todas las alianzas internacionales de Estados Unidos y se retirará de aquellas instituciones que haga falta. Y con esto sí, ya terminó por hacer que los neotrumpistas de izquierda cayeran rendidos a sus pies. La idea de que el “imperio”, el responsable de todos los males del mundo, se retire del escenario global y se dedique a sus asuntos internos es “lo máximo” que podían imaginarse.

Pero de nuevo aquí “la solución” a los problemas globales no parece que consista en que el país más importante del mundo se retire de las instituciones internacionales, deshaga sus acuerdos comerciales, no suscriba los tratados sobre cambio climático (un invento de los chinos para hacerle perder competitividad a Estados Unidos, ¿no lo sabían?), considerar a los crimimales del Estado Islámico un asunto interno de Irak o Siria o que cada cual resuelva el problema de la inmigración “a su manera”. No hay soluciones locales a problemas globales (desde la pobreza, las migraciones ilegales, la crisis ambiental, el terrorismo, la desigualdad), que sólo pueden ser resueltos por una política global, en la que necesariamente debe estar involucrada la mayor potencia mundial. Al igual que a escala doméstica, o acaso más, es dudoso que con menos política y menos leyes globales, vayamos a estar mejor. La desregulación total de la política mundial sólo es un augurio de lo peor. A no equivocarse, Trump no desprecia las instituciones globales porque crea que son injustas, mejorables o inútiles, sino porque las considera un obstáculos para que Estados Unidos vuelva a ser great again.

Hay datos que deberían llamar la atención de quienes abrigan ilusiones en el eventual cambio de rumbo de Trump: el futuro presidente de Estados Unidos no nos anuncia exactamente que su país se ocupará menos del mundo (en rigor, por su condición de gran potencia, eso es casi imposible), sino que lo hará de otra manera a como lo viene haciendo Obama: lo que dice es que ya no pactará con nadie, que Estados Unidos no necesitará negociar porque volverá a ser great again y porque el multilateralismo es poco menos que cosa de mariquitas.

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2 Responses to Trump como síntoma; Trump como esperanza

  1. Luis dice:

    Excelente. No podría estar más de acuerdo. Saludos.

  2. Totalmente de acuerdo. ¿Cómo pensará hacer con la tecnología? Con los vehículos sin chofer y la robótica que seguirán desplazando obreros?

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