Disculpen las molestias: Venezuela de nuevo

Sé que muchos prefieren que no se hable más de lo que está sucediendo en Venezuela, pero sabrán disculpar las molestias del caso: sucede que lo que allí ocurre también nos concierne. Hay quienes sostienen que la crisis venezolana es un asunto de los venezolanos. Según este punto de vista, los que no nacimos ni vivimos en ese país no tendríamos arte ni parte en lo que se denomina, algo tramposamente, el conflicto venezolano (“conflicto” sugiere que hay dos partes en litigio a las que les asisten parejas razones y responsabilidades). Pero la doctrina de la no intervención está averiada, hace aguas por todas partes, y de hecho es totalmente funcional a los propósitos del régimen chavista.

Las inconsistencias de la pretensión de que la “autodeterminación” y la “soberanía” de los venezolanos exige la neutralidad del resto son de todo tipo y color. Para empezar, las graves violaciones a los derechos humanos que se están produciendo ahora mismo, mientras escribo estas líneas, en Venezuela no son un asunto interno de ese país. Ninguna violación sistemática de los derechos humanos en cualquier parte del mundo ni mucho menos la instauración de un régimen dictatorial que arrasa con todos los derechos democráticos, como el que ya impera abiertamente en Venezuela, pueden considerarse un “asunto interno” de un país. Hay doctrina jurídica, hay antecedentes históricos, hay convenciones internacionales y regionales, instituciones de derechos humanos también internacionales que contradicen la interesada -y nada imparcial- idea de la “no intervención” en los asuntos internos de Venezuela. Avalar la pretensión de que la violación de los derechos humanos y la instauración de una dictadura son asuntos internos de cada país supondría, creo yo, un paso atrás en materia de legislación internacional sobre derechos humanos.

Ignoro si quienes propagan esta doctrina son conscientes de sus peligrosas implicaciones: llevada hasta sus últimas consecuencias supondría que todos deberíamos seguir una respetuosa neutralidad ante dictaduras, crímenes y genocidios, actitud que sin embargo nos incomoda moralmente, como pone en evidencia nuestra indignación con los organismos internacionales cuando no intervienen para evitarlos, como ocurrió en Ruanda, la antigua Yugoslavia y tantos otros lugares. En un mundo interdependiente, en el que ya no resulta evidente qué es un “asunto interno” y qué no, y en el que compartimos buena parte de nuestros problemas, es cada vez más complicado mantener la prédica de que cada uno atienda a su juego y eludir elementales compromisos de reciprocidad. Para los defensores de la no intervención, a los que no somos ciudadanos de esos países no nos es dado siquiera el derecho a la denuncia, a la crítica. Hay bastante evidencia de que los más fervorosos defensores de estas teorías son los tiranos de todas las latitudes e ideologías. Y se comprende perfectamente que así sea.

Hay quienes alegan que todo eso está muy bien pero no se aplica al caso venezolano, porque allí no habría una dictadura. Pero la verdad es que lo que hay se parece, y mucho, a una dictadura. Hagamos un sumarísimo inventario de sus hazañas. Desde que el chavismo perdió las últimas elecciones legislativas y el control de la Asamblea Nacional, suspendió todas las demás convocatorias a las urnas -elecciones de gobernadores, referéndum revocatorio– y, lo que es igualmente grave, declaró en desacato a ese mismo Parlamento y le suprimió de hecho cualquier capacidad efectiva de legislar. Dicho en español básico: no hay Poder Legislativo funcionando en Venezuela, todo lo cual hace bueno el juicio de que el chavismo respeta el resultado de las elecciones… cuando las gana. El chavismo tiene además bajo control total y absoluto a los jueces. El Trbunal Supremo de Justicia no emitió un solo fallo contrario al gobierno desde 1999. Sus miembros son peones del gobierno y le profesan una obediencia canina, como quedó en evidencia hace unos meses durante el tragicómico episodio de la asunción de funciones legislativas por el Tribunal Supremo y su posterior rectificación “a pedido del gobierno”. Y como a su manera vuelve a demostrarlo el trato de “traidora” que en estos días se le dispensa a la fiscal general Luisa Ortega por negarse a cumplir el papel de notaria del enterramiento de la democracia (sólo quien considera que la fiscal general debe obedecer al gobierno, la puede tildar de traidora).

El gobierno chavista controla prácticamente todos los grandes medios de comunicación tras una firme y sostenida campaña de años para acallar a las voces críticas. Se sirve de ellos como medio de propaganda oficial; prohíbe a dirigentes opositores ser candidatos, encarcela y condena mediante juicios amañados a los disidentes, incluidos legisladores en actividad (ha llegado a destituir a cargos electos, como el alcalde de Caracas). La deriva represiva ha llegado a su cumbre en los últimos meses: la Guardia Bolivariana dispara contra los manifestantes; ya han muerto más de ochenta, hay miles de detenidos, que están siendo juzgados por tribunales millitares y denuncias de torturas avaladas por organizaciones de derechos humanos. Los llamados colectivos, auténticos grupos parapoliciales al mejor estilo camisas pardas mussolinianos, siembran el terror en los barrios, atacan a los que protestan y, llegado el caso, también disparan.

El último episodio que retrata al régimen ha sido la ocupación de la Asamblea Nacional por las patotas chavistas, atizadas por el vicepresidente, que atacaron salvajemente a varios diputados opositores ante la indiferencia de las fuerzas de seguridad.

De modo que, disculpen de nuevo las molestias, los gobiernos, como mínimo los de la región, los partidos y organizaciones que dicen defender principios y sistemas democráticos y rechazar las dictaduras, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y demás organismos del continente sí pueden, y deben, seguir “interviniendo” en Venezuela; pueden y deben denunciar los atropellos y crímenes, las violaciones diarias de la propia Constitución bolivariana, la ignorancia permanente de los derechos políticos de los ciudadanos.

Pretender que algunas de esas denuncias y exigencias suponen violar el derecho a la autodeterminación del pueblo venezolano suena a chiste. En primerísimo lugar porque se funda en la indemostrable premisa de que ahora mismo el pueblo venezolano se está autodeterminando. Quien socava la autodeterminación y la soberanía de los ciudadanos de Venezuela no son las legítimas denuncias y exigencias de organizaciones extranjeras, sino el gobierno venezolano.

Disculpen también la molestia que les pueda ocasionar recordar la siguiente incoherencia: ¿no reclamamos esa misma “intervención” en nuestros “asuntos internos” cuando en este país y en otros muchos de América Latina sufrimos dictaduras y aprobábamos las denuncias de torturas y desapariciones por Amnistía Internacional y las Naciones Unidas?, ¿acaso no pedíamos a gobiernos y Parlamentos extranjeros, a partidos y sindicatos, iglesias, a intelectuales y artistas que presionaran a nuestros tiranos, que les impusieran sanciones comerciales? ¿Cómo se puede haber clamado en su momento por la solidaridad internacional y pedido la intervención de otros gobiernos y organizaciones para detener los crímenes de las dictaduras militares en Uruguay o Argentina y sostener ahora que eso mismo constituye una intervención inaceptable en los asuntos de otros países? Eso, ¿cómo se puede?, ¿cómo se puede reclamar solidaridad cuando se padece una dictadura e ignorar, despreciar incluso, la solidaridad con los que padecen otra?

* * *

Con todo, no es esto lo que suscita más estupor, sino el hecho de que algunos asistan con entusiasmo, diríase que hasta con algarabia, a la deriva represiva y dictatorial por la que se despeña el chavismo: esa creciente violencia del régimen es a sus ojos, como a los de tantos otros antes, la prueba de la autenticidad de un proceso revolucionario. Las grandes causas, dicen, exigen siempre un sacrificio. En otras palabras, no niegan lo que ocurre en Venezuela, sino que lo avalan, se ufanan de su solidaridad y apoyo a una “revolución” cuyo mayor éxito ha consistido en destruir un país en el lapso de quince años.

Por si no se entiende: me estoy refiriendo a esa buena parte de la izquierda uruguaya (y latinoamericana) que siempre despreció la democracia o, más precisamente, que tuvo, y por lo visto tiene, una concepción instrumentalista de la democracia: su aprecio y defensa de la misma siempre dependió de si contribuía o no a aumentar su influencia y su poder políticos. Por supuesto que no se atrevió a formularlo de ese modo tan crudo, sino en nombre de causas más nobles, como la justicia, la igualdad, la liberación. Tal como otros arrasaron y siguen arrasando con la democracia y las libertades políticas en nombre de la patria o de Dios.

Cómo percibe y se posiciona cada uno ante lo que ocurre en Venezuela es interesante precisamente porque revela la forma en que cada uno concibe la política. A mí me preocupa que quienes desprecian la democracia o aceptarían subordinarla a la realización de algún bello ideal (como si se pudieran alcanzar bellos ideales a través del crimen y la infamia) están aquí entre nosotros, son parte de la gran familia de la izquierda gobernante, la que supuestamente encarna los ideales de autonomía, democracia, igualdad y fraternidad. La izquierda chavista (la última versión de la izquierda castrista) es en Uruguay más ideológicamente influyente que numerosa, tan influyente que la otra izquierda no se atreve a enfrentarla abiertamente. Hay una forma chavista de pensar que se halla en mayor o menor medida en casi todas las tiendas de izquierda. ¿Sería descabellado conjeturar que ante una situación parecida a la de Venezuela, esa izquierda reaccionaría como lo están haciendo sus camaradas de ese país? ¿Por qué habría que descartarlo si un día sí y otro también manifiestan su apoyo y su solidaridad a Maduro, y en el fondo están convencidos de que está bien darle palos pa’ que aprendan a los liberales, “fachos” y “burgueses”? (ya sé lo que están pensando: nunca ocurrirá algo parecido en Uruguay. Lo mismo decían los venezolanos hace 15 años).

Pienso, espero, que esta defensa/justificación de la dictadura chavista les cueste caro políticamente hablando. Una mirada pesimista o resignada concluiría que no hay que hacerse demasiadas expectativas, que después de todo esa parte de la izquierda defendió durante setenta años a los regímenes más criminales y autoritarios del siglo XX y no parece que tal cosa le haya pasado factura o inclinado a rectificar. Parece más bien imbuida de la convicción de que “la próxima sale”. Creo, sin embargo, que la izquierda chavista no saldrá indemne de la crisis venezolana –y tal vez tampoco la no chavista si no es capaz de enfrentarla–, porque a pesar de las extendidas quejas y decepciones con la democracia, los ciudadanos no están dispuestos a renunciar a ella como hace cincuenta o sesenta años. Están enojadísimos sí, pero el horizonte de ese enojo no es la no-democracia, sino una democracia mejor. La democracia, digan lo que digan algunos relativistas y multiculturalistas, es un ideal que hoy no tiene rival. La criticamos, con razón, la despreciamos irresponsablemente a veces, le exigimos que enmiende todos los males, pero la inmensa mayoría de las personas en los cinco continentes preferimos, por decirlo con una fórmula prestada, la peor democracia a la mejor dictadura. Si no estoy equivocado, esa defensa de una dictadura por la izquierda tendrá tarde o temprano consecuencias. Y así lo intuyen quienes, muy tardíamente, están tomando distancia del régimen de Maduro.

Mi esperanza de que el chavismo (venezolano y latinoamericano en general) tenga tiempos complicados por delante se basa en esta convicción. Y en que se vuelva a oir la voz de otra tradición de izquierda, heredera de la Ilustración, el socialismo decimonónico, la razón, el internacionalismo y el universalismo, para la que la democracia nunca fue un asunto de eficacia, sino un fin en sí mismo, una tradición que siempre renegó de los líderes providenciales, la religión y el irracionalismo, de las identidades comunitarias, el populismo, el nacionalismo, el antiamericanismo primario y, por descontado, de las dictaduras. Pero, ¿aún queda alguien ahí?

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3 Responses to Disculpen las molestias: Venezuela de nuevo

  1. Pablo Artigas dice:

    yo lo llamaria Madurismo a esta altura. Porque si bien es cierto que esto pudo empezar antes, la dictadura vino despues de Chavez. No me melentiendas, no soy partidario de Chavez, no lo fui, pero una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Un abrazo Pablo

    • FEMENINO dice:

      La única diferencia entre Chávez y Maduro es que Chávez contó con mucho dinero y popularidad. Ya el trabajo de control de la prensa y las instituciones, además de crear instituciones paralelas, estaba en camino. El caso, por ejemplo, del alcalde metropolitano (por el que se creó un gobierno paralelo, se desmantelo de recursos y funciones al elegido por la mayoría y luego se encarceló al alcalde) ocurrió durante el gobierno de Chávez, así como tantos otros casos que ejemplifican el totalitarismo, y sobre todo, el militarismo que existe en Venezuela. Pero Chávez, no tuvo necesidad de recurrir a la represión salvaje y abierta que sí ha hecho Maduro, porque contaba con votos… sin embargo, las bases las sembró Chávez, para quien siempre la oposición fue un enemigo a aniquilar

  2. Mi respuesta ya fue por Facebook: creo, en efecto, que la dictadura ha sido impuesta por Maduro. Pero me parece que no se sostiene la teoría de que el gobierno de Maduro no tiene “nada que ver” con Chávez, tiene mucho que ver. Una cosa es una cosa y otras cosa es otra cosa. Abrazo.

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