¿Hacia un nuevo oscurantismo?/1

a mis contertulios de Lauro Müller

 

La prestigiosa universidad de Cambridge acaba de ceder al griterío de activistas universitarios y decidió expulsar a un joven investigador, Noah Carl, después de que académicos y estudiantes de diversas partes del mundo pidieran en una carta abierta que se le abriera un proceso por nada que tuviera remotamente que ver con sus méritos o deméritos como investigador, sino porque las conclusiones de sus investigaciones les parecían políticamente discutibles. Convencido de que la ciencia no debe tener temas tabú como raza, genes o coeficiente intelectual, Carl se internó en ese campo minado y en la carta se lo terminó acusando de –adivinen– “racismo pseudocientífico”(!).

Un poco antes, otra turba estudiantil de la Universidad de las Artes de Filadelfia pidió que no se dejara hablar, y se despidiera, a la profesora (y feminista) Camille Paglia, una de sus académicas más prestigiosas, por sus críticas al feminismo hegemónico, a la teoría posmoderna del constructivismo sociocultural, personificado, según ella, en Foucault y Derrida, para la que no hay una forma de ser del mundo en sí, independiente de sus descripciones, y a su oposición a la discriminación positiva en favor de las mujeres por considerarla una forma de minusvalorarlas. Aquí el resultado fue otro: el rector se negó en redondo a las pretensiones de los estudiantes.

En algunas universidades australianas incluso las carreras de los astrónomos y astrofísicos no dependen solo de sus méritos académicos, sino también de sus identidades personales (varón, blanco y heterosexual lo tienen muy mal), y de los antecedentes en asuntos de “diversidad”. Para aspirar a cargos y recursos (¡en astronomía!) se exige al interesado que escriba una “declaración sobre diversidad”.

A la psicóloga y socióloga estadounidense Linda Gottfredson le cancelaron no hace tanto una conferencia en la universidad de Gotemburgo por sostener cosas tan “inauditas” como que hay investigación y evidencia de que la inteligencia y algunas pautas conductuales no obedecen solo a factores sociales, sino también a los genéticos. Se le comunicó que su invitación había sido anulada debido a las protestas de otros investigadores que sostenían que “las conclusiones no igualitarias” de Gottfredson contravenían las normas éticas del organizador (como si la ciencia tuviera necesariamente que concluir que la naturaleza es igualitaria… y buena).

Pero los problemas no se suscitan solo con la ciencia; el oscurantismo también afecta a principios democráticos y de igualdad largamente arraigados en nuestra tradición política, como la presunción de inocencia y el derecho a un juicio imparcial, y a la libertad de creación artística, que ya suponíamos a resguardo de los imperativos religiosos o morales. La meteórica carrera académica del profesor y abogado Ronald S. Sullivan Jr., el primer decano negro de la historia de Harvard, parece haber llegado a su fin hace unas semanas cuando las autoridades de la universidad anunciaron que no le renovarán su mandato. ¿Su pecado? Haberse sumado al equipo de defensa de Harvey Weinstein, el productor de Hollywood acusado de abusos sexuales y que disparó la creación del movimiento MeToo. Un masivo movimiento de estudiantes consideró que Sullivan ya no era de fiar como académico. Se deduce que para los estudiantes y, lo que es peor aun, para las autoridades de Harvard, una conquista civilizatoria como la presunción de inocencia (Weinstein tiene previsto ir a juicio recién en setiembre) y el derecho a disponer de abogados defensores son detalles que pueden y deben sacrificarse en el altar de la lucha contra el sexismo.

En marzo un grupo de activistas impidió la puesta en escena de Las suplicantes, la tragedia de Esquilo, en la Sorbona porque los actores, llevaban, al estilo clásico, máscaras blancas para los habitantes de Argos y negras para los personajes provenientes de Egipto, una manifestación “evidente” de racismo.

Hay muchos más ejemplos de este tipo de descalificación moral de los científicos y creadores “heréticos”. No estoy exagerando. La prueba más rotunda de este fenómeno es la reciente creación de una revista en inglés, Journal of Controversial Ideas, para que los académicos que escriben sobre temas controvertidos (¿habrá algún tema científico que no haya sido controvertido en algún momento?) puedan publicar anónimamente (!!). Uno de sus promotores, el profesor de filosofía de la universidad de Oxford Jeff McMahan, recordó que “la necesidad de discusiones abiertas es cada vez más aguda. Hay una creciente inhibición en los campus universitarios a asumir determinadas posiciones por temor a lo que pueda suceder (…). Miedo a la derecha como a la izquierda. Las amenazas de fuera de la universidad suelen provenir más de la derecha. Las amenazas a la libre expresión y a la libertad académica en el seno de la universidad suelen provenir más de la izquierda”.

No discuto que aquí aún estamos lejos de esas desmesuras, pero no nos engañemos, no vivimos en un sistema planetario diferente. Sobre el clima intelectual imperante en una de nuestras facultades, la de Ciencias Sociales, el profesor Nicolás Trajtenberg ha escrito un artículo cuya lectura les resultará mucho más ilustrativa de lo que yo pueda señalar aquí; destaca la estigmatización y la descalificación de quienes no adhieren a las corrientes de la izquierda identitaria hegemónica. Ustedes ya saben: cualquiera que se atreva a desafiar el canon, que incluye eso que llaman marxismo cultural, feminismo de género, políticas identitarias en general, es tachado de “neoliberal” (o fascista llegado el caso). No es difícil adivinar que no se trata de una atmósfera apropiada para que prosperen la confrontación de ideas y teorías y el debate libre y abierto. Para no alargar demasiado esto, en otra oportunidad les hablaré del ahora exprofesor universitario que publicó fuera del país, con seudónimo y en inglés, un libro sobre la función adaptativa que cumplieron las (diferentes) conductas de varones y mujeres a lo largo de la evolución de nuestra especie.

Por supuesto que no faltará quien alegue que siempre se puede ir en contra de la corriente, que solo hace falta tener audacia, coraje. Pero resulta que cuando el coste personal de la discrepancia es demasiado elevado, como ocurre en algunos de los ejemplos citados y en muchos otros que ustedes seguramente conocerán, se termina ocultando o falseando las propias preferencias, lo que da una imagen distorsionada de las preferencias de los individuos y, llegado el caso, de la sociedad. No decir en público lo que se piensa en privado por temor al descrédito o el estigma es una experiencia bastante común. Y hasta hay investigación empírica que avala la conjetura de que para ir en contra de la corriente muchos necesitan el paraguas protector de un mínimo de discrepantes.(1)

El asunto no es para minimizarse, creo yo, porque cuando el coste de defender posturas políticamente “inconvenientes” (contrarias a la corriente dominante) en ciertos ámbitos académicos, mediáticos y/o políticos puede consistir en el aislamiento, el rumor mezquino, el daño a la reputación personal o la ruina de una carrera profesional, no son pocos los que terminan por renunciar a decir en público lo que piensan en privado, porque no tenemos vocación de héroes. Y esto erosiona la libertad académica y de expresión en general, el progreso del conocimiento y hasta algunos principios del orden democrático.

No se trata aquí de juzgar el contenido de los trabajos de Carl, de Paglia, de Gottfredson  o de nuestro anónimo antropólogo. El 99% de los lectores y yo mismo somos unos perfectos analfabetos en los campos en los que ellos enseñan e investigan, lo que no parece impedir a muchos pronunciarse de forma categórica cuando su oceánica ignorancia les lleva a creer que determinados hallazgos coinciden con algún “ismo” o fobia que les disgusta. Lo que quiero subrayar es que en estos episodios de censura (no se los puede llamar de otra manera) no se suscitaron auténticas controversias científicas. Si así fuera, se hubiera permitido que las investigaciones y tesis objeto de controversias se expusieran a la luz pública. Pero a los detractores de los hallazgos científicos “inconvenientes” de Carl les preocupan poco y nada la verdad o falsedad de sus conclusiones, sino los usos políticos que puedan derivarse de ellos. En el comunicado que justifica el despido se afirma (lean atentamente por favor) que existía “un serio riesgo de que la confirmación del doctor Carl en su puesto contribuyera a que el instituto fuera directa o indirectamente usado para promover puntos de vista que inciten al odio racial o religioso y contribuyan a su desprestigio”. Para los que tienen dificultades con los eufemismos: lo que se sostiene es que les importa un rábano si el hallazgo científico es verdadero o no; lo que importa es si contradice las creencias de la mayoría del activismo estudiantil y docente (progresista de izquierdas por lo general). La advertencia para los futuros investigadores es clara: hay temas “sensibles” que no conviene abordar.

He aquí el núcleo de todo este asunto: cualquier hallazgo científico (y aquí hablo tanto de las ciencias naturales como de las sociales) puede ser impugnado, contradicho o cuestionado. Es parte del quehacer de la buena ciencia. Las conjeturas y las refutaciones, que diría Popper. No sólo no hay nada de reprochable en ello, sino que sería bienvenido. ¿Por qué no refutar a Carl, a Paglia. a Gottfredson y a Sullivan?, ¿por qué no discutir sus puntos de vista? Quién dudaría de que el desarrollo del conocimiento se vería beneficiado. ¿Cuál es el temor a que expongan sus teorías y hallazgos?, ¿qué mal podría derivarse de confrontar ideas rivales? Pero los nuevos cruzados de las políticas identitarias no discuten, sino que se proponen silenciarlos, acallarlos, censurarlos, sembrar dudas sobre su integridad moral o sospechas sobre las intenciones que impulsan su actividad en y fuera de la academia, porque no es diferente la suerte que corren periodistas, artistas o intelectuales que osan desafiar a la corriente. El discrepante pasa a ser sexista, racista, homófobo, islamófobo o facho según el contexto y el asunto, porque cuando se va escaso de argumentos, no hay mejor recurso que una buena etiqueta y una atribución de (malas) intenciones previa alegación de ofensa. En otros tiempos se los llamaba herejes o apóstatas, pero el propósito sigue siendo el mismo: intimidar para silenciar, nunca dirimir las controversias en el terreno de la ciencia o de la teoría social.

Los ya célebres “espacios seguros” que reclaman los estudiantes en los campus anglosajones no refieren sólo al acoso sexual. Un “espacio seguro” es también aquel en el que se halla uno a resguardo de las ideas que le hacen mal, que le provocan inseguridad, es decir las que no confirman aquello que creen acerca del mundo. Por tanto, piden que las supriman. Obviamente no se prepara así a los estudiantes para la vida, para una vida que ofrece resistencia a nuestras creencias y que no resulta dócil a las alucinaciones buenistas. Conviene tomarse en serio la recomendación de Jonathan Haidt: “les aconsejo tomar medidas ante los primeros síntomas: si ven a jóvenes hablando sobre libros o ideas no en términos de acierto o error, sino de seguridad o peligro deberían alarmarse”.

Los más radicales en esto de censurar a los investigadores que traen noticias “inconvenientes” sobre nuestra condición suelen tener asimismo una idea eco-romántica de la naturaleza, a la que por definición consideran “buena”. El concepto “natural” suele estar automáticamente asociado con lo compasivo, clemente, incluso con la sabiduría y la generosidad. “La naturaleza es sabia” o “generosa”, son expresiones que se esuchan a menudo. Cuando esos lugares comunes han hecho su recorrido, no debería extrañar que las descripciones o explicaciones que no confirman esa idea benigna y dócil de la naturaleza y los humanos resulten irritantes y a ojos de unos cuantos meras coartadas para amparar injusticias.

 

1. Timur Kuran, “Private Truths, Public Lies”.

 

Leer la segunda parte: https://jorgebarreiro.wordpress.com/2019/07/11/hacia-un-nuevo-oscurantismo-2/

One Response to ¿Hacia un nuevo oscurantismo?/1

  1. Armando Castro dice:

    Algo que se debería recordar por todos y no sólo los académicos, es que en el momento en que existe un pronunciamiento a favor o en contra de algo, sin ser suficientemente bien documentado, argumentado y pensado, todo lo que se haga será solo una imposición. Será una Yugoslavia cultural con el mismo final desastroso. O será como todo aquello que se aceptó en la Edad Media como verdad para después venir a ser desmentido por otra corriente. Actuar de esa manera solo lleva a actuar como niños.

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