¿Hacia un nuevo oscurantismo?/2

Si los episodios narrados en la entrega precedente se generalizaran terminarán dinamitando la razón de ser de la institución universitaria y de la investigación científica: la búsqueda de la verdad (no la “verdad” conveniente a nuestros principios morales o políticos). Lo mismo ocurriría en otros ámbitos, como el de la política y los medios que albergan el debate público. En rigor eso ya está pasando: los juicios de intenciones, la estigmatización y la descalificación moral son el menesteroso pan nuestro de cada día.

Está en juego la libertad académica, la libertad para investigar. En particular para difundir los resultados de esas investigaciones, la libre exposición de las ideas, el contraste de las teorías disponibles, el intercambio de argumentos y, en no menor medida, la distinción entre hechos y valores. Pero hay quienes creen que no hay que exagerar ni alarmarse, que no es para tanto.

¿Por qué son importantes la ciencia y la teoría social escrupulosa? Recurro a la comodidad de la cita(2): porque “sin una buena cartografía no hay manera de orientarse en la vida. Ni en la personal ni en la compartida. Para curarnos, para ser felices, para modificar el mundo, hay que conocer cómo son las cosas y cómo pueden llegar a ser. (…) La ciencia no es un fin en sí mismo. Por eso, entre otras cosas, no toleramos ciertos experimentos con seres humanos u otros animales. [] La prioridad de –y la subordinación [de la ciencia] a– la razón nada tiene que ver con el desprecio del conocimiento presente en muchas reflexiones de la izquierda reaccionaria”, algunas de cuyas heurísticas se dejan ver en “las disparatadas reacciones frente a los desarrollos naturalistas. (…) Dichas reacciones son frecuentes en la academia ‘humanística’, dispuesta a penalizar a investigadores que rocen la biología en los asuntos o tesis que considera de su patrimonio (aunque) la oposición de principios entre humanidades o ciencias sociales y ciencias naturales resulta a estas alturas simple oscurantismo, chisporroteo solemne para ignorar los problemas”.

Hasta no hace tanto, agrega Ovejero, los intelectuales tenían que ser necesariamente de izquierda. Los que dedicándose a tareas de reflexión se identificaran con puntos de vista conservadores o liberales eran unos impostores. Pero ahora “el carnet sindical de intelectual solo resulta accesible a los ‘humanistas’… como si la ciencia no fuese parte –la mejor– de la alta cultura”.

Nadie mínimamente reflexivo y culto debería ser indiferente al creciente desplazamiento de las humanidades en los sistemas educativos de casi todo el mundo, a la reducción de horas y presupuesto que están padeciendo las disciplinas humanísticas. Una sociedad sin conocimientos históricos, sin reflexión filosófica, sin el aprecio de las artes y las letras y de actividades “inútiles” a fines inmediatamente prácticos sería una sociedad más pobre, qué duda cabe. Pero no se trata de incurrir en una falsa oposición, no tenemos que optar entre ciencias o humanidades, división que, como dice Ovejero, a estas alturas resulta insostenible, tanto como la vaga insinuación de que las humanidades son el coto vedado de la izquierda. El saber es uno solo y el progreso del conocimiento solo puede provenir de una integración más profunda si cabe de todas las disciplinas.

Al igual que Ovejero, Steven Pinker cree que la ciencia es tributaria de la razón. Por muy importantes que sean los descubrimientos sobre nuestra irracionalidad (y lo son), manifestada en innumerables sesgos cognitivos estudiados por la psicología cognitiva, sería un error considerar que refutan el principio ilustrado de que los humanos son actores racionales. “Los ilustrados no desconocían que los humanos también tenían conductas irracionales, lo que defendían era que “deberíamos” ser racionales, aprender a reprimir las falacias y los dogmas que con tanta facilidad nos seducen y que podemos ser racionales colectivamente, si no individualmente. Y podemos porque la razón no es un principio al que adherimos, sino una facultad. No creemos en la razón, sino que la usamos”.(3) Desde el momento en que quienes niegan la razón abren la boca, han perdido la batalla, porque al hablar se comprometen con principios de racionalidad; no es posible negar la razón sin recurrir de alguna manera a ella. Lo mismo ocurre con la verdad. Quien afirma “la verdad no existe” se contradice a sí mismo, porque esa afirmación tiene pretensión de ser verdadera.

Somos una especie cognitiva que depende de las explicaciones del mundo, asegura Pinker. “Dado que el mundo es lo que es, independientemente de lo que la gente crea sobre él, existe una fuerte presión selectiva en pro del desarrollo de explicaciones que sean verdaderas”.

Sin embargo, el “régimen de la opinión” propio de las actuales democracias liberales acepta que toda persona tiene derecho a tener la suya y de expresarla. Se acepta que ideales epistémicos, como la precisión, el rigor o la verificación de los hechos, son menos valiosos que los sentimientos personales. Se invoca, por ejemplo, el sentimiento de ofensa para blindarse frente a cualquier crítica, para no tener que exponer razones: “¡me has ofendido!”… fin de la discusión. La alegación de ofensa se ha convertido en un arma política de primer orden para acallar a los supuestos ofensores. Carl, Paglia, Sullivan y tantos otros deben ser rechazados no porque estén diciendo falsedades, sino porque ofenden a unos jóvenes vulnerables. También se niega la posibilidad del intercambio racional cuando en el espacio público, “en el que buscamos argumentos válidos para todos, la cultura de la identidad dice: ‘no, yo tengo una percepción del mundo que es muy singular, que es mía y que para ti resulta ininteligible‘”. Por ejemplo, soy gay, negra o mexicano, ergo estamos congénitamente incapacitados para intercambiar razones y remitirnos todos a una realidad que nos trasciende.

Según Pinker, la razón principal de las discrepancias en torno a lo que dice la ciencia no es la falta de comprensión ni la mala difusión de los hallazgos científicos, sino que las posturas que asumen las personas frente a asuntos como el cambio climático, las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, la relación entre genes e inteligencia, por seguir con nuestros ejemplos, dependen de sus filiaciones político-ideológicas. Muchas personas prefieren mantener un orgulloso analfabetismo científico antes que apartarse de la creencia dominante del grupo de pertenencia. Asumen, por ejemplo, que las actividades humanas son en buena medida responsables del cambio climático (que lo son) o que todas las diferencias entre hombres y mujeres son socialmente construidas (lo que es falso), simplemente porque asumen que “ser de izquierda” implica tener tales convicciones. Y ser de derechas, todo lo contrario. Las personas, particularmente los jóvenes con entusiasmo, tienden a posicionarse sobre asuntos sumamente complejos, tanto en lo que atañe a la ciencia natural como a la teoría social, a partir de criterios políticos simples.

Conozco el reparo de que los avales de la ciencia no son mejores ni más serios que los de cualquier otro “relato”, que la ciencia es ella misma un relato, cuyas “verdades” dependen esencialmente de la “hegemonía cultural” que supuestamente ejercen sus defensores, y que existen creencias y relatos rivales ignorados y despreciados que legitimarían un cauto (o desaforado) relativismo.

Sin embargo, la idea de razón (y con ella la de ciencia) remite a métodos de justificación que no son ni locales ni relativos, métodos, sostiene Thomas Nagel,(4) que distinguen las inferencias universalmente legítimas de las ilegítimas y que “aspiran a alcanzar la verdad en un sentido no relativo. Aunque estos métodos pueden fallar, ésta es su aspiración, y si las justificaciones racionales llegan a su fin en algún punto, no pueden terminar con un ‘para mí’ o ‘para nosotros’ si plantean esa exigencia”. Los relativistas piensan que los desacuerdos sobre creencias o métodos se deben a diferentes marcos de referencia, pensamientos, prácticas o formas de vida entre las que no existiría ninguna forma objetiva de juicio. Pero un enunciado científico (la Tierra gira alrededor del sol) o uno moral (“hombres y mujeres deben tener los mismos derechos”) solo admiten ser refutados con argumentos científicos y morales, no con explicaciones antropológicas (“¡pero los aborígenes del archipiélago X piensan que la Tierra es el centro del universo!” o “muchas musulmanas aceptan que hombres y mujeres no deben tener los mismos derechos”). Una teoría astronómica solo puede ser refutada por otra mejor. El argumento de que algunos no “creen” en esa teoría no califica como argumento.

En este contexto, la verdad objetiva es reemplazada por las verdades particulares de una etnia, una clase, un género. Contra esta pretensión relativista ya nos advirtió Chéjov: “No existe ninguna ciencia nacional, como tampoco existe ninguna tabla de multiplicar nacional”.

Las políticas identitarias, en las que una parte de la izquierda parece haber encontrado el rumbo que estaba buscando, recelan de la ciencia porque no aceptan la premisa de que ésta tiene procedimientos metodológicos y empíricos propios para tasar sus conjeturas. Para esa izquierda y esas políticas, tributarias del marxismo más vulgar, esa pretensión solo puede ser un engaño: no puede haber procedimientos imparciales para avalar el conocimiento; la ciencia, por ende, vendría a ser casi una ideología más. Tampoco nadie podría desprenderse de su marca de origen, de clase, de raza, sexo o cultura; la vida del espíritu no tendría autonomía de esas determinaciones identitarias. Popper se anticipó a estas impugnaciones de la ciencia: “Si me preguntaran: ¿cómo sabe usted? ¿Cuál es la fuente o la base de su información? Respondería: no sé, mi afirmación era una simple conjetura. Poco importan las fuentes de las que ha podido surgir. Las cuestiones de origen o de genealogía tienen en todo caso poco que ver con las cuestiones de verdad. Pero si el problema que he intentado resolver a través de mi hipótesis les interesa, pueden ayudarme criticándola tan severamente como quieran (…) y si pueden diseñar un test capaz de refutarla, les ayudaré encantado”, pues así funciona la ciencia, por conjeturas y refutaciones, no por inducción o verificación.

Una confusión muy habitual es atribuirle a la ciencia (a la Ilustración y a la razón) males que afectan a la humanidad desde tiempos inmemoriales, como el racismo, el sexismo, la conquista y la esclavitud. La ciencia no inventó el racismo ni la esclavitud, que se racionalizaba por la creencia de que determinados pueblos eran intrínsecamente aptos para la servidumbre. Atribuir la esclavitud a la ciencia sería como atribuir las cámaras de gas a la arquitectura. Tampoco puede inculparse a la ciencia propiamente dicha por sus aplicaciones tecnológicas menos gloriosas. Obviamente, entre los científicos hubo, hay y habrá sujetos indecentes. Pero sospecho que la tasa de hijos de puta entre los científicos no debe de ser muy diferente a la que hay entre los cerrajeros o los músicos.

El origen de la indignación con ciertas verdades científicas (o con las teorías sociales “inapropiadas”) reside, a mi juicio, en la incapacidad de distinguir entre hechos y valores, entre descripciones y normas, entre el ser y el deber ser. La ciencia se ocupa de describir y, cuando puede, de explicar, no de valorar. Una distinción que no parece preocupar a los moralistas ni a ningún promotor de las grandes causas. Cuando lo que bien o mal la ciencia o la teoría social logran establecer acerca de cómo es el mundo y cómo somos los humanos no se aviene a un cierto deber ser de las cosas, entonces se declara que eso que es no puede ser. Pero de esto me ocupo en la próxima entrega.

 

2. Félix Ovejero, “La deriva reaccionaria de la izquierda”, Página indómita, Barcelona, 2018.

3. Steven Pinker, “En defensa de la Ilustración”, Paidós, Barcelona, 2018.

4. Thomas Nagel, “La última palabra”, Gedisa, Barcelona, 1997.

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