¿Hacia un nuevo oscurantismo?/3

La entrega anterior terminaba con una mención a la diferencia entre hechos y valoraciones que me parece que está detrás de varias confusiones y, para decirlo de una vez, de unos cuantos disparates. Entre lo descriptivo y lo normativo hay un foso que ningún triple salto mortal puede sortear fácilmente. La ciencia se ocupa de describir cómo son las cosas y los humanos, y a veces de explicar por qué son como son, pero no puede prescribir normas morales ni cómo debe organizarse la vida social. De lo segundo se suelen ocupar la política, la moral y la religión, aunque desde luego no nos ofende que la ciencia contradiga los relatos religiosos.

En otras palabras: una teoría científica podrá describir y explicar de forma adecuada la realidad y anticipar de modo plausible fenómenos naturales y eventuales consecuencias de nuestros actos, pero nunca podremos deducir nada normativo de ella. A ese salto sin red desde los hechos, desde lo que es (o de lo que sabemos acerca del mundo), a las normas que deben regir nuestra vida en común, al deber ser, se le ha dado el algo pomposo e intimidante nombre de falacia naturalista. De ella se ocupó ya David Hume hace casi tres siglos. No hay ninguna ética que pueda seguirse de los hallazgos de la ciencia acerca de cómo somos los humanos ni de la naturaleza en general. Si hasta está uno tentado de gritar: “No teman, de la ciencia no se derivará ninguna ética, ni principios morales o de justicia, no encontraremos en ella ningún mandato para la acción”.

Digámoslo ya para evitar malos entendidos: tan necesario como combatir el prejuicio anti-científico es eludir la tentación del cientificismo, esa convicción de que la ciencia puede establecer qué ideales debemos intentar alcanzar y de que los principios normativos podrían deducirse automáticamente de los procesos descritos por la ciencia. Los científicos no tienen más autoridad que el resto de los ciudadanos para definir las leyes que deben regirnos. Esa definición no tiene que quedar en manos de los expertos, sino que debería ser el resultado del diálogo público (del que sería deseable que participaran los científicos, dada la creciente complejidad del mundo en el que vivimos). La recomendación de tener en cuenta los descubrimientos de la ciencia de ninguna manera puede confundirse con la recomendación de dejar la toma de decisiones políticas en manos de los científicos o en algún comité de sabios.

Aceptar hallazgos que cuentan con no pocos avales en biología, psicología evolutiva y neurociencias, o que al menos constituyen conjeturas serias que son objeto de investigación, como que hombres y mujeres tenemos cerebros diferentes, que los celos (en ambos sexos) han sido un recurso adaptativo a lo largo de la evolución de nuestra especie y no un invento machista (recordemos que los cazadores-recolectores no conocían los análisis de Adn), que podría haber relación entre herencia genética e inteligencia, que tendemos a cuidar más a aquellos con los que tenemos lazos de parentesco que al resto de nuestros semejantes, que la evolución nos ha hecho egoístas y altruistas según los contextos, que no somos páginas en blanco con una plasticidad infinita y dóciles a cualquier ingeniería social, todo eso, digo, no tiene por qué conducirnos a defender desigualdades políticas o económicas entre hombres y mujeres ni a atenuar un crimen debido a los celos ni a justificar el racismo ni a aceptar resignadamente la indiferencia frente al sufrimiento de los que no pertenecen a nuestra familia o comunidad.

No, estimado lector, hablar de biología y evolución no equivale a simpatizar con el nazismo. Aunque asumir que todo es resultado de constructos socioculturales se haya convertido casi en un dogma, la naturaleza cuenta. Cuando se piensa en la selección natural y en la teoría de la evolución se suele pensar cómo produce adaptaciones tales como garras o alas, y en última instancia, nuevas especies. Sin embargo, ambas se aplican también, a la mente. Eso es lo que estudia la psicología evolutiva. Nuestra mente no es solo el resultado de las influencias socioculturales, sino de decenas de miles de años de evolución. Esto no lo digo yo, obviamente, sino una gente que viene estudiando el asunto desde hace una larguísima temporada. Vale la pena leerla y entenderla antes de crucificarla porque un grupo de estudiantes le bajó el pulgar en Facebook.

Tal como sostiene el doctor en psicología de la universidad de Nottingham Steve Stewart-Williams, mucha gente cree, equivocadamente, que, si algo es un producto de la selección natural, no se puede cambiar. Pero que algo sea producto de la evolución no supone que no se pueda alterar. Solo “significa que no podemos cambiarlo fácilmente”, al  menos no tan fácilmente como con rigor punitivo, discriminación positiva o monsergas moralistas. Y agrega: “una especial preocupación es la que suscita la idea de que hay diferencias psicológicas evolutivas entre los sexos. Muchas personas odian esa idea, porque puede parecer contraria a los objetivos del movimiento de liberación de la mujer. No creo que realmente sea así; podemos tratar a las mujeres con respeto y justicia, aunque los hombres y las mujeres no sean iguales”.

Sospecho que detrás de no pocas reticencias a aceptar determinados hallazgos de la ciencia está la sombra de la falacia naturalista. Pero deberíamos estar curados de ella, pues ya la desmontaron humanistas e ilustrados, que defendieron la idea de que los humanos podemos elegir, que no estamos enteramente determinados (ni biológica ni históricamente). La libertad, ese rasgo que nos distingue del resto de las criaturas vivientes –que nos convierte en seres perfectibles, diría Rousseau–, es la que nos habilita a elegir las peores vilezas (¿dónde residiría la libertad si estuviéramos determinados a hacer el bien?) pero asimismo a preocuparnos por nuestros semejantes, por el bien común, a domar nuestras inclinaciones naturales y rasgos menos encantadores (que el buenismo se niega a reconocer) en aras de la convivencia con los demás. Si no nos apartáramos de nuestra “naturaleza”, como recomienda cierto discurso romántico, seríamos sobre todo seres que rivalizan por sobrevivir y procrear. La libertad nos convierte en sujetos morales, en humanos a secas podría decirse. Es racionalmente insostenible alegar que carecemos de libertad y al mismo tiempo hacer juicios morales sobre los actos propios y de otros. Nuestra libertad es la refutación más concluyente de la falacia naturalista. (Por razones obvias, es imposible abordar aquí la discusión sobre si la moralidad fue un imperativo necesario de la evolución (sin altruismo, nuestra especie no hubiera sobrevivido, dicen unos; si fuera así la posibilidad del mal no seguiría abierta, como sabemos que sigue, dicen otros, porque la evolución ya hubiera zanjado el asunto en favor del altruismo) o si fue el resultado de una larga conquista de la civilización.)

Una precisión necesaria, dada la abundante confusión que existe al respecto: libertad no es omnipotencia. Digo, porque nunca falta el que dice “no puedo elegir sin restricciones, ergo no puedo considerarme libre”. La libertad sin restricciones se parece más a la libertad de los dioses que a la nuestra. Siempre (siempre) hemos elegido entre posibilidades finitas, limitadas. Y así será en cualquier futuro verosímil. La libertad se parece más a lo que puedo que a lo que quiero. Por consiguiente, que nos podamos apartar de nuestro “código” natural no significa que cualquier cosa esté a nuestra disposición y alcance.

Que de lo que es no se pueda inferir ningún deber ser no quiere decir, sin embargo, que podamos imaginar o imponer cualquier deber ser, porque un deber ser tiene en primer lugar que poder ser. Ignorarlo es peligroso. Y aquí la ciencia tiene mucho para decir y lo que dice por el momento es que no somos santos pervertidos por la ponzoñosa ideología del capitalismo y/o el patriarcado y que no hay garantías de que lo seremos si dejamos atrás al uno y al otro (en el caso de que en Occidente el segundo sea actualmente algo más que una figura retórica). Sin remontarnos muy atrás, cuando en el pasado siglo algunos pensaron –como piensan los que ahora están convencidos de que somos pura construcción sociocultural–, que la plasticidad de los humanos era poco menos que infinita, que cualquier deber ser era posible, que bastaba con tener voluntad y una buena ingeniería social (como las del nazismo y el stalinismo) para tener hombres “nuevos” y “buenos”, no se consiguió más igualdad y libertad sino campos de concentración atestados de individuos que no eran como “debían ser”. Salvando las enormes distancias del caso, por supuesto, parecida concepción late en la afirmación del comandante Chávez tras una devastadora inundación en Venezuela: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Por temor a que de la constatación de un fenómeno por la ciencia o un episodio del pasado por los historiadores o de las evidencias recogidas por la teoría social se pueda inferir algún principio normativo (indeseable), muchos optan por soluciones expeditivas: negar los hechos y las evidencias que mal o bien la ciencia ha aportado acerca de cómo es el mundo y de cómo somos nosotros.

Los que equiparan afirmaciones científicas verificadas con diferentes “ismos” (sexismo, racismo, fascismo, etc.) ponen a la moral como rehén de los hechos. Argüir, por ejemplo, que la afirmación “los genes pueden contribuir a explicar diferencias psicológicas entre las poblaciones humanas” es un enunciado racista implica: a) o bien que el enunciado tiene que ser necesariamente falso o b) si se demostrara que es verdadero, entonces el racismo quedaría científicamente avalado, lo cual, como señaló el citado Pinker, constituye un total sinsentido.

Que la ciencia se ocupe de resultados empíricos y no de valoraciones no significa que sea una buena idea ignorarla a la hora de pensar en cómo queremos ordenar nuestra vida en común. Hay una naturaleza humana compleja que no podemos ignorar a la hora de hacer propuestas políticas. Si se cree que todo es posible, la política pasa a ser nada más que un asunto de voluntad. Empeñarnos en negar las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres, por ejemplo, y que las mismas tienen vínculos con nuestras emociones y conductas no ayudará a terminar con el sexismo. Al menos eso es lo que sostiene Debrah Soh, doctora en investigaciones neurocientíficas de la universidad de York.

Antaño se incurría en la falacia naturalista, ahora en la falacia moralista: si algo me parece “mal” o “inapropiado”, decreto su inexistencia. En ese contexto se entiende perfectamente el preocupante desprecio que muestran no pocos activistas progresistas por algunos hallazgos de la ciencia natural y la teoría social, pero también por la creación artística, la historia y cualquier saber o quehacer que no se avenga a la corrección política; se exige así que se censure a los científicos que afirman que algunas diferencias conductuales entre hombres y mujeres se explican por razones evolutivas, que se reescriba la historia cuando nos recuerde las “maldades” del pasado o no destaque suficientemente el papel de las mujeres o los oprimidos, que se ignoren los hechos que nos parezcan condenables, que se censuren el arte y la literatura “inconvenientes” (he leído algún pedido de incluir en el Index a “Lolita” de Nabokov), que se desprecien progresos civilizatorios como la presunción de inocencia si de ellos se benefician personas que juzgamos indecentes y así sucesivamente hasta que todo cuadre en el Reino del Deber Ser.

 

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